@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Existe un patrón universal de expectativas hacia una consulta médica que podría resumirse del siguiente modo:

Paciente: Tengo el problema TAL.
Médico: Tómese la pastilla CUAL.

Nos guste más o menos, la mente del paciente suele estar programada para pensar así. Y la verdad es que suele funcionar ridículamente bien.

Paciente: Me duele la garganta.
El paciente espera que el médico le recete algo.
Médico: Tome este fármaco: paracetamol.
El paciente ve sus expectativas cumplidas.

Cuando digo que funciona ridículamente bien es porque pocos pacientes llegan a plantearse realmente si la pastilla que se les prescribe la tendrían realmente que tomar. Si el paciente espera que se le recete una medicación, parece menos probable que critique la prescripción de un medicamento. Evidentemente, este experimento sería completamente antiético de realizar, pero sí muy interesante:

Paciente: Me duele la garganta.
El paciente espera que el médico le recete algo.
Médico: Tome este fármaco: digoxina.
El paciente ve sus expectativas cumplidas.

La digoxina sirve para la insuficiencia cardiaca, no para el dolor de garganta, es bastante tóxica y ¿qué porcentaje de pacientes llegarían a tomarla simplemente porque lo lógico era que se les prescribiese una pastilla?

Esto no sería un gran problema si no hubiera un número bastante considerable de enfermedades que no se tratan con medicinas. Todos los que alguna vez nos hayamos visto en esta situación sabemos que esta consulta:

Paciente: Me duele la garganta.
El paciente tiene la garganta achicharrada por reflujo, aparte de hernia de hiato y estar ultramegapolimedicado.
Médico: Tome este fármaco: omeprazol.

Tiene un mayor grado de conformidad del paciente y de cumplimiento terapéutico que esta otra:

Paciente: Me duele la garganta.
El paciente tiene la garganta achicharrada por reflujo, aparte de hernia de hiato y estar ultramegapolimedicado.
Médico: Eleve el cabecero de la cama y se pondrá mejor.

Cuando lo cierto es que la segunda es mucha mejor práctica clínica que la primera, al menos según la Evidencia.

Esto es bastante duro porque, en el caso de las enfermedades en las que no es necesario poner fármacos (y en mi especialidad hay unas cuantas) recomendar lo que la Evidencia dice que hay que hacer tiene un menor grado de satisfacción que hacer una prescripción innecesaria. Tratar con esta situación es bastante complejo, así que últimamente he encontrado una estrategia que suele funcionarme bastante bien:

Paciente: Entonces, ¿no me va a recetar nada?
Yo: Pero vamos a ver, si hubiera un fármaco que yo supiera que le iba a poner mejor, ¿usted cree que yo soy tan mala persona de no dárselo?

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La primera vez que me ocurrió tenía 10 años. Era un viernes de primavera a mediodía y se había roto la cerradura de la puerta de casa. Mi madre, que de repente se vio con su familia en la calle a la hora de comer, tomó la decisión de ir a almorzar al VIPS.

Yo, que conocía el VIPS de los fines de semana, aquel en el que las familias jóvenes llevaban a sus hijos a comer comida con patatas fritas, quedé horrorizado al comprobar cómo era ese restaurante un viernes a mediodía. No había familias; las mesas dobles estaban separadas para que muchos señores, todos de chaqueta y corbata, almorzaran solos mientras leían el ABC. Aquella estampa me conmocionó; siempre me quedaré con el deseo oculto de preguntarle a toda aquella gente por qué comían solos un viernes, si es que no tenían familia o lo que no tenían era tiempo para verla.

Desde entonces, no puedo evitar sentirme muy triste cuando veo a gente sentada sola en el VIPS. Lo cual es muy idiota. En primer lugar, porque al menos una vez al mes, yo mismo me veo obligado a parar solo en un VIPS a tomar algo y, al menos hasta donde mi yo consciente alcanza a ver, no siento pena de mí mismo. En segundo lugar, porque es ridículo sentir pena por gente que puede permitirse sentarse a almorzar en una cafetería, cuando el hambre en el mundo es una realidad mucho más común y que soy perfectamente capaz de ignorar la mayor parte del tiempo.

Pero, en fin, hace tiempo aprendí que uno no puede elegir siempre los motivos por los que sentirse triste. Así que cuando me siento solo en el VIPS, siempre estudio de forma sigilosa quién está ocupando las mesas individuales. En ocasiones, he observado historias que me han desgarrado el alma, como la del hombre que pidió unas tortitas con nata y fue incapaz de comérselas. Esa aún es capaz de hacerme saltar las lágrimas.

Aunque, para ser justos, las mesas individuales están ocupadas la mayoría de las veces por gente que parece que quiere pasar de puntillas por la vida (y por ese almuerzo), así que yo, con mi chaqueta y corbata, saco mi móvil y me refugio en Twitter o en la versión digital de Expansión, habiéndome convertido en uno de esos señores que vi cuando tenía diez años.

Hace unos días, la experiencia se intensificó cuando creí conocer a uno de los señores que se sentaba en una de las mesas, pero estaba lejos y no sabía de qué. Pronto desistí en mi tarea de identificar a una persona que bebía sola y a sorbitos una Coca-Cola. Entonces escuché un comentario que provenía de la mesa situada a mi espalda:

-Mira, ahí está sentado fulanito, solo, el imputado en tal caso de corrupción.

Acostumbrado a verlo en los periódicos, no lo había reconocido a simple vista. Era más o menos de mi altura; es decir, tirando a bajito y parecía muy indefenso ante la vida. El imputado en cuestión pagó su refresco y salió del local sin que nadie más lo reconociera. En ese momento, sentí no solo pena, sino también cierta compasión. Al fin y al cabo, imputado no quiere decir culpable y ¿qué decisiones había tenido que tomar esa persona a lo largo de su vida para tener que dar cuentas a la Justicia y, a la vez, tomarse una CocaCola solo en una de las malditas mesas individuales de un VIPS?

-Podría haber sido aún más triste -dijo la persona que hablaba detrás de mí, como si hubiera quedado empapada por la tristeza que en aquel momento manaba de mi cuerpo. Podría ser que la CocaCola fuera light.

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Esta mañana me llamaba un amigo, que me daba la enhorabuena por haber finalizado la quinta edición del MIR 2.0, con 70 voluntarios, 28 blogs asociados y un resultado final de 217 netas sobre una puntuación máxima de 235.

Desde luego, no se puede decir que el proyecto haya quedado olvidado. En las dos primeras semanas tras el MIR, ha recibido más de 150.000 visitas. Teniendo en cuenta que el proyecto ha salido adelante gracias a 70 personas voluntarias, se puede deducir que parece que la información que produce una sola persona le ha servido a 2.000 lo que, si bien es una estadística ligeramente tramposa, es suficiente para que cada voluntario sienta un poco de vértigo.

De esta edición del MIR 2.0, tengo que destacar tres cosas muy positivas:

1. La velocidad de adquisición del examen, dado que personas ajenas al proyecto se encargaron de proporcionárnoslo el domingo a primera hora de la mañana, mucho más rápido que otros años.
2. La premura que han tenido los voluntarios encargados de responder preguntas: el miércoles estaba respondido el 90% del examen, y eso es mucho más rápido que cualquier otro año.
3. El compromiso del grupo de formateado, que ha facilitado muchísimo una tarea que siempre nos atrasaba, permitiéndonos centrarnos en otras tareas.

Yo, a mi amigo, le he dado las gracias, contento por la felicitación, aunque en el interior de mí se ha quedado la duda de no saber exactamente a quién le sirve el proyecto y para qué.

Y esta quizás es la pizca de sabor amargo que me queda. No acabo de comprender cómo es posible tener 150.000 visitas y que la interacción del consumidor del proyecto MIR 2.0 sea tan baja: apenas hemos recibido correos y tuits de personas ajenas al proyecto; parece como si las respuestas que hemos ofrecido hubieran sido aceptadas como dogma de fe, y eso que algunas de ellas no estaban exentas de controversia.

Por tanto, debería pensar para el año que viene cómo mejorar el debate acerca de la información que proporcionamos. Pero bueno, aún queda por delante todo un año para reflexionarlo, un año que espero que esté lleno de momentos hermosos.