@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Querido yo a los veintitrés (al chico que empezó a escribir un blog):

Hace un par de años, vi un corto en el que unos estudiantes de Medicina, que acababan de terminar su carrera, escribían cartas a sus yos del pasado. Yo también puedo escribirte para contarte algunas cosas, que no te habrían venido mal saber.

Querido yo a los veintitrés, te sientes en un hoyo; vas a salir de ese hoyo. Ah, y caerás en otros peores.

Querido yo a los veintitrés, tienes mucha más paciencia de la que te crees y la demostrarás con jefes y pacientes.

Querido yo a los veintitrés, el examen MIR no es para tanto y te darás cuenta una hora tras entregarlo.

Querido yo a los veintitrés, muchos pacientes te darán las gracias; con unos pocos te equivocarás. De los errores te acordarás de por vida; las felicitaciones las olvidarás enseguida.

Querido yo a los veintitrés, tú te crees que ya sabes lo que es sufrir por amor; pues déjame que te diga que no tienes ni idea.

Querido yo a los veintitrés, sigo sin haber aprendido a descansar más y trabajar menos.

Querido yo a los veintitrés, todas esas enfermedades mortales que creíste tener mientras estudiabas, evidentemente, no las tenías.

Querido yo a los veintitrés, una de tus mayores preocupaciones era pedir dinero para echarle gasolina al coche. Resolverás el problema muy eficientemente: renunciando al coche.

Querido yo a los veintitrés, escribir tu blog ya no te resultará tan motivante como antes. Pero a cambio, te transformarás en uno de los mejores entrenadores de Pokémon tipo planta a nivel nacional.

Querido yo a los veintitrés, sigo sin saber si merece la pena haber estudiado Medicina y, por supuesto, sin tener ni idea del sentido de la vida.

Atentamente, tu yo del futuro.

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Existe un patrón universal de expectativas hacia una consulta médica que podría resumirse del siguiente modo:

Paciente: Tengo el problema TAL.
Médico: Tómese la pastilla CUAL.

Nos guste más o menos, la mente del paciente suele estar programada para pensar así. Y la verdad es que suele funcionar ridículamente bien.

Paciente: Me duele la garganta.
El paciente espera que el médico le recete algo.
Médico: Tome este fármaco: paracetamol.
El paciente ve sus expectativas cumplidas.

Cuando digo que funciona ridículamente bien es porque pocos pacientes llegan a plantearse realmente si la pastilla que se les prescribe la tendrían realmente que tomar. Si el paciente espera que se le recete una medicación, parece menos probable que critique la prescripción de un medicamento. Evidentemente, este experimento sería completamente antiético de realizar, pero sí muy interesante:

Paciente: Me duele la garganta.
El paciente espera que el médico le recete algo.
Médico: Tome este fármaco: digoxina.
El paciente ve sus expectativas cumplidas.

La digoxina sirve para la insuficiencia cardiaca, no para el dolor de garganta, es bastante tóxica y ¿qué porcentaje de pacientes llegarían a tomarla simplemente porque lo lógico era que se les prescribiese una pastilla?

Esto no sería un gran problema si no hubiera un número bastante considerable de enfermedades que no se tratan con medicinas. Todos los que alguna vez nos hayamos visto en esta situación sabemos que esta consulta:

Paciente: Me duele la garganta.
El paciente tiene la garganta achicharrada por reflujo, aparte de hernia de hiato y estar ultramegapolimedicado.
Médico: Tome este fármaco: omeprazol.

Tiene un mayor grado de conformidad del paciente y de cumplimiento terapéutico que esta otra:

Paciente: Me duele la garganta.
El paciente tiene la garganta achicharrada por reflujo, aparte de hernia de hiato y estar ultramegapolimedicado.
Médico: Eleve el cabecero de la cama y se pondrá mejor.

Cuando lo cierto es que la segunda es mucha mejor práctica clínica que la primera, al menos según la Evidencia.

Esto es bastante duro porque, en el caso de las enfermedades en las que no es necesario poner fármacos (y en mi especialidad hay unas cuantas) recomendar lo que la Evidencia dice que hay que hacer tiene un menor grado de satisfacción que hacer una prescripción innecesaria. Tratar con esta situación es bastante complejo, así que últimamente he encontrado una estrategia que suele funcionarme bastante bien:

Paciente: Entonces, ¿no me va a recetar nada?
Yo: Pero vamos a ver, si hubiera un fármaco que yo supiera que le iba a poner mejor, ¿usted cree que yo soy tan mala persona de no dárselo?

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La primera vez que me ocurrió tenía 10 años. Era un viernes de primavera a mediodía y se había roto la cerradura de la puerta de casa. Mi madre, que de repente se vio con su familia en la calle a la hora de comer, tomó la decisión de ir a almorzar al VIPS.

Yo, que conocía el VIPS de los fines de semana, aquel en el que las familias jóvenes llevaban a sus hijos a comer comida con patatas fritas, quedé horrorizado al comprobar cómo era ese restaurante un viernes a mediodía. No había familias; las mesas dobles estaban separadas para que muchos señores, todos de chaqueta y corbata, almorzaran solos mientras leían el ABC. Aquella estampa me conmocionó; siempre me quedaré con el deseo oculto de preguntarle a toda aquella gente por qué comían solos un viernes, si es que no tenían familia o lo que no tenían era tiempo para verla.

Desde entonces, no puedo evitar sentirme muy triste cuando veo a gente sentada sola en el VIPS. Lo cual es muy idiota. En primer lugar, porque al menos una vez al mes, yo mismo me veo obligado a parar solo en un VIPS a tomar algo y, al menos hasta donde mi yo consciente alcanza a ver, no siento pena de mí mismo. En segundo lugar, porque es ridículo sentir pena por gente que puede permitirse sentarse a almorzar en una cafetería, cuando el hambre en el mundo es una realidad mucho más común y que soy perfectamente capaz de ignorar la mayor parte del tiempo.

Pero, en fin, hace tiempo aprendí que uno no puede elegir siempre los motivos por los que sentirse triste. Así que cuando me siento solo en el VIPS, siempre estudio de forma sigilosa quién está ocupando las mesas individuales. En ocasiones, he observado historias que me han desgarrado el alma, como la del hombre que pidió unas tortitas con nata y fue incapaz de comérselas. Esa aún es capaz de hacerme saltar las lágrimas.

Aunque, para ser justos, las mesas individuales están ocupadas la mayoría de las veces por gente que parece que quiere pasar de puntillas por la vida (y por ese almuerzo), así que yo, con mi chaqueta y corbata, saco mi móvil y me refugio en Twitter o en la versión digital de Expansión, habiéndome convertido en uno de esos señores que vi cuando tenía diez años.

Hace unos días, la experiencia se intensificó cuando creí conocer a uno de los señores que se sentaba en una de las mesas, pero estaba lejos y no sabía de qué. Pronto desistí en mi tarea de identificar a una persona que bebía sola y a sorbitos una Coca-Cola. Entonces escuché un comentario que provenía de la mesa situada a mi espalda:

-Mira, ahí está sentado fulanito, solo, el imputado en tal caso de corrupción.

Acostumbrado a verlo en los periódicos, no lo había reconocido a simple vista. Era más o menos de mi altura; es decir, tirando a bajito y parecía muy indefenso ante la vida. El imputado en cuestión pagó su refresco y salió del local sin que nadie más lo reconociera. En ese momento, sentí no solo pena, sino también cierta compasión. Al fin y al cabo, imputado no quiere decir culpable y ¿qué decisiones había tenido que tomar esa persona a lo largo de su vida para tener que dar cuentas a la Justicia y, a la vez, tomarse una CocaCola solo en una de las malditas mesas individuales de un VIPS?

-Podría haber sido aún más triste -dijo la persona que hablaba detrás de mí, como si hubiera quedado empapada por la tristeza que en aquel momento manaba de mi cuerpo. Podría ser que la CocaCola fuera light.