@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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La primera vez que ves medicamentos a la venta en un supermercado estadounidense, se te cruzan algunas neuronas situadas en lo más profundo del cerebro y te quedas bizco.

Proviniendo de un país con un sistema de salud tan proteccionista como es España, cuesta trabajo comprender que no hagan falta recetas para comprar ciertos medicamentos, así como la publicidad tan agresiva que incita a adquirirlos.

Los antihistamínicos, por ejemplo, están todos juntos en la sección de síntomas de la vía aérea superior y presumen de quitar mejor los síntomas que los que se sitúan un metro más allá en la misma balda. En España, los sanitarios no tenemos muy claro si, en términos de efectividad para reducir los síntomas, existen antihistamínicos mejores que otros. En Estados Unidos, dicha discusión se traslada a la ciudadanía, que no sólo debe decidir qué antihistamínico comprar, sino que tiene la libertad de decidir cuándo tomarlo.

En el caso de los inhibidores de la bomba de protones, esomeprazol es la estrella en todos los supermercados y no sólo se encuentra en la sección de medicamentos, sino que puede ser encontrado… …junto a la comida mejicana. Un mensaje práctico y sencillo, pero ¿tiene la población general la capacidad de hacer un balance riesgo-beneficio efectivo y eficiente a la hora de protegerse el estómago? En el caso de síntomas farígneos por reflujo, ¿cuántos americanos elevarán el cabecero de la cama antes de tomar protectores? Y lo que es más interesante: ¿cuántos tendrán a alguien que les diga que es la primera medida que adoptar frente al reflujo?

La vacuna de la gripe, finalmente, tampoco necesita mucha prescripción. Vas a supermercado y allí te la ponen amablemente, tras haber abonado las tasas correspondientes. Sin recomendaciones, sin grupos de riesgo. A la carta.

Mientras tanto, ha llegado el otoño a España y los síntomas de reflujo derivados de la dieta estival se han ido sustituyendo por los catarros de vías altas. Aquí hace falta pasar por el médico para tener una prescripción de los medicamentos anteriores. Los médicos nos quejamos de la poca educación para la salud que tiene nuestra población, lo cual es completamente cierto; pero, mientras nos quejamos, olvidamos que nuestro sistema, muchas veces congestionado por una demanda por problemas banales de salud que no requieren, estrictamente hablando, asistencia médica, protege de una sobremedicación absurda.

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A veces me canso de escuchar hablar sobre las bondades de la dieta mediterránea. “Bebe dos litros de agua al día”, “toma cinco raciones de frutas y verduras diarias”, “los azúcares deben ser muy ocasionales”. Europa, como civilización más antigua que América, ha heredado el complejo de hermana mayor y se enfrenta a la obligación de dar ejemplo; pero, ¿a qué precio?

Ser los dueños de eso llamado dieta mediterránea nos ha traído mucha salud cardiovascular, pero también muchas otras cosas no tan buenas. Por ejemplo, no recuerdo cuándo fue la última vez que me comí un helado sin sentirme culpable. Tú, lector, que estás ahora mismo leyendo este texto, ¿podrías recordar cuándo fue la última vez que te comiste un donut sin pensar que no era comida sana?

Esta locura de comer saludablemente está repercutiendo, de una forma más o menos consciente, en todos nosotros. Parece que hubiésemos olvidado que comer es uno de los mayores placeres de los humanos. Si a la mayoría de la población nos afecta saltarnos un día la dieta, ¿cómo afectará a las personas que padecen de trastornos alimentarios? ¿Qué papel ha jugado la imposición de la dieta mediterránea en estas patologías?

Cuando estuve en Idaho, recordé lo maravilloso que es comer. Bollos rellenos de crema de queso; bocadillos de lascas de carne especiada y frita; hamburguesas con queso y más queso; huevos y no uno, sino dos y hasta tres; ensaladas en jugosas salsas; frutas recién cogidas de su árbol; batidos de helado que ponían a prueba tu saciedad y bebidas deliciosamente azucaradas.

Pero lo mejor no fue la comida. Lo mejor fue dejar atrás la culpabilidad.

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No recuerdo cuánto me costó exactamente el vuelo para llegar al Estado de las Patatas, pero sí sé que fue lo más caro del viaje, que duraba nada más y nada menos que 21 horas. Sea como sea, me parecía un tiempo lo suficientemente elevado para desajustar mi reloj biológico, así que decidí darle una ayuda química con zolpidem.

El zolpidem es uno de los hipnóticos más potentes que se pueden encontrar en las farmacias. Ya lo había probado otras veces y me había proporcionado un sueño agradable, así como una deliciosa sensación de amnesia mientras duraba su efecto. Pensé en que era el fármaco ideal para tomarlo y cruzar El Charco en un agradable trance.

Rafa, mi erre mayor, decía que todo me pasaba a mí y, en mitad del viaje, en algún punto por encima del Océano Atlántico, ocurre lo que pasa en lás películas: piden un médico en primera. En ese momento, yo no estaba en condiciones de atender pacientes, pero ¿qué hacer? ¿Cómo negarme a una llamada de auxilio? Como pude, me arrastré por el pasillo hasta primera, con cara de zombie, sin afeitar y envuelto en una vieja sudadera de C&A llena de bolitas tras muchos lavados. Afortunadamente, cuando llegué allí, ya había otros médicos, americanos y con camisas decentes; era sólo una crisis de ansiedad y pude retirarme a mi asiento.

No hablamos hoy de automedicación en médicos (que tiene mucho que criticar y que daría para muchas entradas) ni tampoco de la conveniencia de regular químicamente el ciclo circadiano. De lo que quiero hablar es: ¿tiene sentido que, durante un viaje en avión, la tripulación tenga que recurrir a los presuntos pasajeros médicos para atender una emergencia? ¿Qué habría ocurrido si hubiese sido el único médico, la emergencia hubiera sido grave y yo me encontrara seriamente indispuesto para actuar? ¿Hasta donde llega nuestra responsabilidad con la sociedad?

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