@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

XXVI

28.07.2009

Ayer me preguntó mi madre:

-Emilio, hijo, mañana es tu cumpleaños. ¿Estás satisfecho con la vida que llevas?
-Estoy bastante satisfecho -respondí. No digo que esté satisfecho del todo, porque si lo estuviera, mi vida se convertiría en algo muy superficial.

Hablando de caminos, esta noche ponen Camino en el cine de la Diputación. Quien quiera acompañarme será bienvenido; nos vemos en la puerta a las 21:45. Después, invito a una cerveza.

Desde luego, Estambul no era lo que me esperaba; es mucho más europea de lo que creía.

Estambul no está en medio del desierto, no hay dunas ni palmeras, y los turcos no llevan fez. Estambul está en un sitio paradisiaco, en el que no hace mucho calor y donde la humedad es perfecta. Estambul está llena de árboles, flores y jardines y no es raro encontrar turcos rubios de ojos claros. Me gusta derribar mis propios estereotipos.

Sin embargo, hay un tipo de europeización que no me ha gustado descubrir: a Estambul no le falta su calle comercial, de esas que hay en cualquier ciudad del primer mundo, con sus franquicias de la cadena Zara y su correspondiente tienda Nike.

No sabría decir por qué, pero me ha incomodado que allí pueda comprar las mismas zapatillas de deporte que venden a tres manzanas de mi casa.

Cuando ingreso a un paciente de urgencias, normalmente lo dejo en dieta absoluta; esto es, sin comer nada por boca. Esto lo hago porque es posible que, en las próximas horas, este paciente tenga que entrar en quirófano y a los anestesistas no le hace mucha gracia dormir a una persona que tiene el estómago lleno.

Es un poco más difícil cuando el paciente es diabético. Me da mucho miedo no darle de comer a un diabético, porque que se me puede hipoglucemiar antes de una operación. Por eso, normalmente, le pongo sueros con glucosa intravenosos, para evitar la hipoglucemia.

Sin embargo, lo que hago es sustituir un peligro por otro: con los sueros elimino el riesgo de hipoglucemia, pero introduzco el riesgo de hiperglucemia, y no sé cual es peor. En estos casos, no me queda otra que acompañar esos sueros glucosados pinchazos de insulina para evitar subidas de azúcar.

El mundo de las insulinas es complejo y farragoso. Hay muchos tipos de insulina, unas son rápidas y otras lentas; unas tienen más vida media que otras. En medio de mi aprendizaje de insulinización, un día descubrí una insulina especial: la insulina glargina, o “Lantus“, que es su nombre comercial.

La insulina glargina es estupenda. Un solo pinchazo al día asegura niveles de glucosa aceptables con un muy bajo riesgo de hipoglucemias. La glargina me facilita el trabajo.

Hace un mes, llegó una noticia que ha caído como una bomba. Se ha anunciado que podría ser que los pacientes tratados con insulina glargina tengan más riesgo de desarrollar cáncer.

No es algo demasiado raro. Al fin y al cabo, la insulina trabaja quitando azúcar de la sangre de un modo muy simple: le dice a las células del cuerpo “¡hay mucha azúcar en sangre! ¡empezad a comérosla ya!“. Así las células comen glucosa y crecen. Pero supongo que eso lo harán tanto las células normales como las cancerígenas…

No sé. Desde luego, ahora mismo la Agencia Europea del Medicamento ha dicho que: “la insulina es un tratamiento eficaz y seguro y no existe evidencia de que cause cáncer. Los resultados de los estudios, en caso de confirmarse, sugieren que determinados análogos de la insulina de duración prolongada podrían estimular el desarrollo de un cáncer ya iniciado“.

Ahora mi pregunta es: ¿comienzo a prescribir otras insulinas con más riesgos de hipoglucemia o sigo utilizando la glargina, que es más segura a corto plazo pero tiene un dudoso y leve riesgo de cáncer a la larga?