@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Tú y yo, y el resto de humanos somos tipos raros. Vivimos todos los días tan tranquilos sin acordarnos de los grandes enigmas de nuestra existencia: qué es el universo, por qué tenemos conciencia de nosotros mismos, cómo la muerte puede llegar a ser tan injusta o la razón por la que las personas guapas y con buen carácter tienden a emparejarse con los tipos más feos y malencarados.

Sí, vivimos cada día sin acordarnos de estos grandes enigmas y sin embargo no podemos soportar que tras el último capítulo de Perdidos, una serie de ciencia ficción, se hayan quedado algunas preguntas sin responder. Parece que nos sentimos engañados y con nuestras expectativas frustradas por un final que nadie esperaba. Han sido seis años en los que los perdidos éramos los espectadores y no los protagonistas y quizás por eso no nos hayamos dado cuenta de que lo más divertido han sido todos esos momentos de confusión que hemos sufrido.

Por ejemplo, cuando discutíamos en la cafetería del trabajo qué diantres era ese humo negro. O cuando mi padre descubrió por su propia cuenta que 4 + 8 + 15 + 16 + 23 + 48 sumaban 108. Ni cuando cinco días antes de mis oposiciones, me senté en el suelo del cuarto de baño, llorando nerviosamente por lo desgraciada que había sido la vida de Kate. Las largas conversaciones con Vientoblanco acerca de si Ben era muy bueno o muy malo, mientras nos turnábamos en la máquina de pectorales del gimnasio. El bote de arena de la playa de la serie que Guille y Diego me trajeron de Hawaii. El polo de la iniciativa Dharma que enviamos a Elenita a Alemania. Las teorías de Menelwen de los últimos días de la serie.

Somos tipos raros; nadie comenta todos esos buenos momentos que cada uno ha pasado. Los míos han sido tan agradables, que no voy a decir que haya sido una mala serie sólo porque al final hayan quedado cabos por atar. Salvando las diferencias, hay que reconocer que la gente recuerda El Quijote por los molinos de viento y las conversaciones con Sancho, y no porque todo acabara perfectamente hilvanado. ¿A alguien le importa acaso qué ocurrirá con Dulcinea después de la muerte del famoso caballero?

Llegué a casa a las tantas de la noche, después de un día agotador, dispuesto a enseñarle el piso a un compañero de trabajo que me había pedido verlo en varias ocasiones.

Abrí la puerta de mi piso y vimos a mis guiris. Me quedé de piedra y sólo acerté a decir:

-Pero, ¿qué estáis haciendo los dos en el sofá?

Fue un momento violento.

-…y es así como se tiene que tomar las medicinas, ¿me ha entendido?
-Sí, doctor -me responde automáticamente mientras que yo me huelo por dentro que no se va a tomar la medicación bien. Doctor, me tiene que hacer un justificante para el trabajo de que he estado en la consulta.
-El propio papel de la cita le sirve.
-No, no me sirve. Mi jefe quiere que en el justificante diga cuál es la enfermedad que tengo.
-Hombre, si quiere yo se lo pongo, pero usted tiene el derecho al secreto médico y su jefe no tendría que enterarse de qué es lo que le pasa.
-Ah, ¿no?
-No. Imagine que usted tiene… no sé… por ejemplo, imagine usted que se hubiera contagiado una sífilis faríngea. ¿Realmente querría que su jefe lo supiera?
-¿Qué es una sífilis faríngea?
-Ehm… da igual, pero mejor que su jefe no se enterara.
-Ya. Bueno, entonces, si no quiere poner la enfermedad, escriba en el papel que he estado dos días muy malo y que por eso no he podido ir a trabajar.
-Ay, pero yo no puedo firmarle eso, porque yo no tengo forma alguna de saber si antes de ayer usted estaba malo o no…
-Entonces, ¿qué puede poner usted?
-Pues mire, yo puedo ponerle que, con fecha y hora de hoy, usted vino a la consulta.
-Vale, pues póngame eso aunque sea. Me llamo “Fulanito de Tal y Cual”.
-Eso tampoco se lo puedo escribir.
-¿Por qué no?
-Porque yo no tengo la seguridad de que usted sea realmente “Fulanito de Tal y Cual”.
-Le puedo enseñar mi DNI.
-¡No lo haga! Los médicos no tenemos autoridad para pedir un DNI y si se lo pido, usted podría denunciarme por hacerlo.
-Pero, por Dios, ¿qué calidad va a tener el justificante que me va a hacer usted?

Al final, quedó así:

El que me dijo que se llamaba Fulanito de Tal y Cual, acudió a mi consulta médica con fecha de hoy, solicitando que yo dejara constancia escrita de que, según su propio criterio, la dolencia que le afecta le impidió acudir a su puesto de trabajo durante los dos días previos a la consulta.

Emilienko.

Claro que el justificante no lo firmé como “Emilienko”, sino que puse mi nombre real, mi firma y mi sellito en un folio con membrete. Sin embargo, por mucha oficialidad que le hubiese querido dar, el dichoso papel seguía sin decir absolutamente nada. Quizás porque los médicos estamos diseñados para hacer diagnósticos y poner tratamientos, y no para realizar tareas administrativas.