@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

No es raro que los pacientes tengan dolor en los postoperatorios de Otorrinolaringología.

Tampoco es raro que, después de haberles dado analgesia, a algunos les siga doliendo.

Cuando esto ocurre, médicos, enfermeros, auxiliares y celadores nos esforzamos en hacer todo lo posible para resolver el dolor del paciente.

Pero a menudo ocurre que, es cuando se le explica al paciente todo lo que se le está haciendo para calmar su dolor, empieza a notar mejoría. Se le pregunta al paciente si desea morfina y dice que no. Y el dolor desaparece.

¿Alguien sabe explicarme por qué ocurre esto?

Desde que era muy pequeño, he sido capaz de resolver el cubo de Rubik.

Aunque el juego siempre me ha parecido muy interesante, lo que me ha divertido más de él es la cara que se le queda a la gente que se ha pasado años rompiéndose la cabeza para intentar armarlo cuando, delante de sus narices, comienzo a mover el cubo rápidamente para dejar ordenadas todas sus caras en un par de minutos.

Raras veces he contado acerca del cubo que su solución tiene truco. Prefiero que se piense, como en el juego de un ilusionista, que he sido capaz de poner todas las piezas en su sitio gracias a complejos razonamientos lógicos.

Concretamente, para acabar este rompecabezas, hay que aplicar en su preciso momento sólo seis reglas diferentes, que yo memoricé hace años. Algunas las entiendo perfectamente; otras he sido incapaz de verlas espacialmente, aunque me he esforzado bastantes ocasiones en hacerlo.

Que el cubo haya perdido para mí su cara misteriosa para pasar a ser un pasatiempo de aplicación ordenada de algoritmos no implica que este juego de geometría me parezca enigmático en ocasiones, al ver cómo sus 27 piezas (3x3x3) son capaces de desordenarse tanto entre sí con relativamente pocos giros.

Hoy cumplo 27 años, el número de piezas del juguete. Mi vida ha sufrido también en este tiempo giros raros, responsables de mi situación actual. En ocasiones, han sido resultado de aplicar reglas que comprendía y otras, de aceptar normas impuestas que eran un acto de fe. Y también, cómo no, sigo viendo en mí una parte realmente enigmática que ni yo mismo entiendo.

Conversación imaginaria mantenida con un residente de Otorrinolaringología en el año 2030.

-Don Emilio, ¿le puedo hacer una pregunta?
-Llámame Emilio, por favor. Y de tú.
-Vale. ¿Es verdad que cuando tú eras residente se podía fumar dentro de los hospitales?
-¡No, hombre! Yo no soy tan mayor. No, mira, cuando yo era residente estaba más que prohibido fumar dentro del hospital. Los fumadores salían a la calle y a los que se quedaban dentro para hacerlo se les reñía y estaban muy mal vistos.
-Ah.
-Lo que sí se podía hacer cuando yo era residente era pedir alcohol en la cafetería.
-¡Anda ya! ¿En serio? ¡Se está usted quedando conmigo!
-No… es verdad. A mediodía se tomaban cervezas; en verano, tintos y algunos padres, cuando nacían sus hijos, pedían botellas de champán.
-Pero eso es una barbaridad. ¿Por qué se era tan intransigente con el tabaco y con otra droga tan perjudicial como el alcohol había tanta tolerancia? No tiene sentido.
-Beber alcohol estaba bien visto. Era común celebrar cosas con alcohol. Si lo hubieras vivido, no te sorprenderías ahora tanto.