@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Llevo meses en una de esas etapas de la vida muy productivas, en las que uno dedica mucho tiempo al trabajo esperando obtener resultados a corto o medio plazo.

Consecuentemente, llevo unos meses pegado al ordenador muchas horas y, cuando aprovecho para salir, me convierto ante mis amigos en un auténtico pelmazo que sólo sabe hablar de Medicina.

Tanto sedentarismo ha hecho que, las últimas veces que me miraba en el espejo, comenzara a notarme cómo me iba abultando cada vez más la barriga.

Esto no es nada -pensé. Nada que no pueda solucionar dentro de un tiempo cuando vuelva al gimnasio.

Hace unos días, me encontré con una amiga. Después de charlar un rato, me di cuenta de que no me miraba a los ojos.

-Disculpa, ¿qué estás mirando?
-Estás echando barriguita, ¿eh? ¡Cómo se te nota la vida de soltero!

Mañana por la tarde me apunto de nuevo a la piscina. Palabra. Dichoso mundo en el que es más importante el aspecto físico que el trabajo realizado.

Tengo amigos estupendos, de veintimuchos años, que antes se fumaban un par de cigarrillos diarios, coincidiendo con los momentos de diversión, pero que ahora fuman un paquete diario, haciendo cualquier cosa por un cigarro.

Tengo amigos estupendos, de treintaypocos años, con los que tomaba cerveza cuando antes salíamos por ahí, y que ahora se beben cuatro cubatas entre semana porque tomarse sólo uno les sabe a poco.

Veo en la consulta todos los días a pacientes de cincuenta años, con manchas en el pulmón y tumores en la laringe; con cirrosis descompasadas y aliento que huele a alcohol; con mal estado de salud.

Me da miedo pensar que mis amigos y mis pacientes sean las mismas personas, en diferentes momentos de sus vidas. Por eso, suelo animar a mis amigos a dejar de fumar y a beber menos. Tengo muy poco éxito.

Me falta un eslabón en mi cadena; no sé que ocurre durante la década de los cuarenta años. Ojalá ese eslabón que me falta no sirva para unir a mis amigos con mis pacientes. Por favor, que no sea así.

Las primeras prácticas que hice de estudiante fueron las de Ginecología.

Aún recuerdo lo impactante que me resultaban aquellas consultas: mujeres que, tras unas preguntas, eran invitadas a desnudarse de cintura para abajo para sentarse en el potro de exploración, con las piernas separadas y sin poder apoyar el trasero, exponiendo su genitalidad a varios desconocidos y recibiendo en esta posición desagradables exploraciones que se continuaban con peores diagnósticos: “parece que alguien te ha contagiado algo“, “creemos que tu feto no está todo lo bien que debería“, “tienes una lesión ahí de la que te vamos a tomar una biopsia“.

En aquel equipo de ginecólogos, había excelentes profesionales que ayudaban a que este difícil trago fuera más llevadero. Sin embargo, todo aquello me resultaba tan impresionante, que a menudo les contaba a mis compañeros de cursos inferiores lo mal que lo pasaban las pacientes allí. Un día, una amiga me dijo:

-Para mí, el ginecólogo es una experiencia tan horrible que nunca voy al de la Seguridad Social. Visito a uno privado, donde el trato es diferente. Estoy sola en la sala de espera, que no tiene sillas de plástico, sino cómodos sillones. La auxiliar siempre me sonríe, se sabe mi nombre de pila y me ofrece un café.

De lo que no se daba cuenta mi amiga era de que el acto médico que le ofrecía su ginecólogo privado consistía en casi lo mismo que el acto de la Seguridad Social. Su ginecólogo le invitaba a café, sí, pero en su visita seguían existiendo el potro, el pico de pato y las malas noticias.

La moraleja de esta historia es que la sala de espera del médico es un lugar muy importante, al que los médicos apenas le prestamos atención, y que influye mucho sobre la experiencia del usuario de los servicios de salud. Estoy interesado en mejorar las vivencias de mis pacientes, pero creo que el secreto del éxito no se esconde en ofrecer café gratis en las salas de espera ni tampoco en instalar mullidos sillones. En llamar a los pacientes por su nombre propio, quizás sí. Y también en reflexionar un poco acerca de cómo tratamos a los pacientes en este lugar, en el que no solemos pensar.

Os dejo con tres preguntas para que os planteéis si os apetece:

1º ¿Por qué dejamos que coincidan en la sala de espera varios pacientes con cáncer? Si uno de ellos está muy deteriorado, ¿qué piensa en ese momento el que aún continúa bien e incluso con posibilidades de curación? ¿Tendrá ese hombre la misma enfermedad que yo? ¿Acabaré yo como él?

2º Si sabemos que un niño que grita y llora en la consulta contagiará de su miedo a otros niños que lo escuchen desde la sala de espera, ¿por qué situamos las salas de espera tan cercanas a las consultas? ¿Por qué dejamos que a tan temprana edad asocien la consulta del médico al dolor y a la enfermedad?

3º ¿Por qué a estas alturas aún nos extraña que recibamos a algunos pacientes de Urgencias muy agresivos, cuando los hemos puesto a esperar en una sala llena de personas ansiosas y con dolor e incluso algunos muy cercanos a la muerte?