@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Hace dos días, cumplió cuatro años. El blog, digo. Y, al igual que muchas personas cuando ya llevan muchos años cumplidos, el blog y yo decidimos no celebrarlo. Ya somos muy viejos para celebraciones.

Porque tanto él como yo, últimamente pensamos lo mismo: ¿es esto realmente todo?

Nos sentimos atascados en muchas ocasiones; no faltos de creatividad, que de eso aún tenemos, sino atascados. Es paradójico sentirse atascado en este mundo, que tan pocos obstáculos tiene.

En este universo intangible, las reglas del juego son claras. Escribe tu opinión, encuentra a personas que piensan como tú o, al menos, a las que les agrada lo escrito. Entonces te sentirás dueño de la verdad absoluta porque, aunque seguramente también haya discordantes con tu texto, a la mayoría no los conocerás y, si por casualidad lo haces, será porque usan tu información contra ti o porque dejan constancia escrita de su opinión contraria en cualquier otro lugar de la Red, creándose luchas de orgullos ciegos que destruyen más que edifican.

No, esto no puede ser todo. Debe haber algo más, pero ¿qué?

¿No es este el mismo pensamiento que atormenta a las personas en la crisis de los cuarenta años? Mi blog es, en este sentido, precoz.

Es una obviedad decir que por muy bien que funcione cualquier organización sanitaria, ésta siempre es susceptible de mejora. Pero cuando lo que se pretende mejorar de una organización sanitaria es el personal, las cosas se ponen complejas.

Clásicamente, se han descrito dos formas de incentivar al personal de una organización, ya sea ésta sanitaria o no. Familiarmente, a esos incentivos se les ha llamado “garrote” y “zanahoria”.

El incentivo garrote pretende “castigar al malo” con el objetivo de que tanto él como sus compañeros eviten conductas improductivas. Por ejemplo, en algunas empresas, se ficha con la hora de entrada y salida de modo que los impuntuales son castigados para que cumplan todas sus horas de trabajo. A pesar de que los incentivos garrote son efectivos en gran medida, despiertan en los buenos trabajadores sentimientos negativos. Algo así como “si yo trabajo bien y soy puntual, ¿por qué mi jefe recela de mí con esta amenaza?”.

Sí, el incentivo garrote es cruel, pero peor aún es el incentivo zanahoria.

El incentivo zanahoria es el opuesto al anterior, dado que lo que hace es “premiar al bueno” para promover actitudes positivas. El incentivo zanahoria otorga premios, en ocasiones económicos, cuando se logran determinados objetivos. Pero las desventajas de cualquier zanahoria son dos:

1. Se lucha por el objetivo y no por lo que realmente importa, que es lo que motiva el objetivo. Por ejemplo, si se propone un premio al que ahorre más papel, los trabajadores intentarán consumirlo menos y se corre el riesgo de que dejen de escribir.
2. Cuando se deja de lograr el objetivo, no se obtiene la zanahoria y el trabajador no percibe eso como haber dejado de obtener un complemento salarial ya no merecido, sino como un injusto recorte del sueldo. Y es que a recibir dinero cualquiera se acostumbra rápido.

Debería entenderse que tanto garrotes como zanahorias pueden servir para estimular a los asnos, pero los trabajadores no somos asnos. Entonces, ¿cómo se debería promover una actitud de mejora? Sencillo. En el caso de los trabajadores sanitarios existe una ventaja que no está presente en otros sectores.

El trabajador sanitario suele ser un sujeto motivado; al fin y al cabo, todo el mundo habla de la vocación que hace falta para desempeñar nuestros puestos de trabajo. También es verdad que somos inconformistas crónicos, pero ¿acaso esto no es un reflejo de nuestro deseo por trabajar en un lugar mejor y por tanto de nuestra vocación?

Es así de fácil. Que nos pregunten qué no nos gusta, que nos consulten que es lo que aún puede ir mejor. Que nos hagan partícipes en iniciativas y proyectos de cambio consensuados por ambas partes y que cuando no sean posibles nos expongan los motivos por los cuales no lo son.

Porque la motivación en un sujeto vocacional es más fuerte que un golpe de garrote y sacia más que una dieta a base de zanahorias.

Todos mis compañeros de piso me acaban preguntando, tarde o temprano, las dudas de sus deberes de castellano.

En este sentido, hay dos niveles: los que aún tienen problemas para diferenciar los verbos ser y estar y por tanto usan indiscriminadamente y, por otro lado, los que ya han superado esta dificultad y que suelen hacer preguntas más difíciles.

Hace un par de semanas, un inglés, mientras preparaba su té de las cuatro, me hizo una pregunta que me resultó obvia en un primer momento:

-Emilio, ¿se dice Sevilla es bonitA o Sevilla es bonitO?
-Sevilla es bonitA.
-Entonces, ¿las ciudades son todas femeninas?
-Pues creo que sí, sí. O no. Jaén no. Jaén es masculino -dije mientras recordaba el famoso poema de Manuel Machado que dice “plateadO Jaén”.
-¿Y Madrid?
-Madrid… Madrid es femenino. Por ejemplo, se dice “Madrid estaba llenA de personas”. Y también… …espera, se dice “EL Madrid de los años cuarenta”; “LA Madrid de los años cuarenta” me suena raro. Madrid debe ser ambiguo. Sin embargo, Sevilla es claramente femenino; se dice “LA Sevilla de hoy” y no “EL Sevilla de hoy”, que se referiría al equipo de fútbol.

La cosa se puso más complicada cuando descubrí que “EL Sevilla de hoy” no sonaría demasiado raro en cuanto se hiciera mi oído. Ahora no tengo claro que Sevilla sea tan femenina, pero yo diría que sí, al menos por todos esos azulejos del centro que rezan “Sevilla, miarma, qué guapA eres“.

Este problema gramatical de género me dejó con la mosca detrás de la oreja, hasta que decidí comprobar si mi gramática de la R.A.E. decía algo respecto al tema.

En efecto, en la sección 2.5.1b, leí lo siguiente:

En el caso de los nombre propios de ciudades y países tienden a usarse como femeninos los que terminan en -a átona (Colombia, Córdoba). Cuando acaban en -á tónica, los nombres de países son masculinos (Panamá, Canadá), pero los de ciudades suelen ser femeninos (Bogotá). Los acabados en otra vocal o en consonante concuerdan por lo general en masculino (Toledo, Buenos Aires) aunque a menudo ambos géneros son posibles. Ambos géneros son posibles cuando se combinan con el cuantificador todo, pero se prefiere el uso de Madrid como masculino.

Así pues, deduje que el género de las ciudades es más bien una tendencia, siendo la elección final del hablante usar el masculino o el femenino. Sin embargo, aún me planteo si existen tintes subjetivos que nos hagan elegir un género u otro en función del contexto en el que se desenvuelva la ciudad.