@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Muchos médicos que no lo han probado argumentan en contra del modelo teleasistencial que, al facilitar la comunicación del paciente con el médico, crea a enfermos mucho más dependientes y, consecuentemente, se aumenta la carga de trabajo.

Yo, que soy como Santo Tomás, que hasta que no meta el dedo en la llaga no me lo creo, he tenido que facilitar mi correo, mi Facebook y mi Twitter a bastantes pacientes para probar el modelo y para acabar admitiendo que, efectivamente, con este sistema existe una tendencia a crear pacientes dependientes del médico. Esto es un gran problema porque, hoy en día, en nuestro Sistema, procuramos que el paciente asuma un peso importante de su propio cuidado en la medida de lo posible. ¿Entonces el modelo de teleasistencia que estoy ensayando, que pretende una relación directa médico-paciente, da un paso hacia atrás?

Lamentablemente, no estoy aún en situación para responder de forma rotunda esta pregunta, pero seguramente la respuesta sea gris. No todos los pacientes son candidatos al modelo. Por ejemplo, he notado una tendencia a que los pacientes que consultan por rinitis e insuficiencia respiratoria nasal me piden por correo revisiones más precoces que, tras producirse, no han alterado en ningún caso mi plan terapéutico. Así, he decidido que estos pacientes no serán candidatos de momento a continuar con mi experimento.

Sin embargo, en la mayoría de la patología no he encontrado que se cree ese temido aumento de la dependencia, al menos por el momento. Les mantendré informados acerca de tan inquietante cuestión.

En Berlín, los hospitales son silenciosos. En realidad, toda Alemania es silenciosa, pero los hospitales destacan por un silencio sobrecogedor, casi angustiante. Incluso los celadores bajando a los enfermos de las ambulancias lo hacen sin hacer ruido. Eso sí, al igual que en España, aparentando seguridad, uno se puede colar en un hospital para curiosear sin que nadie le pregunte a dónde va.

En Berlín, es difícil encontrar una red WiFi gratuita, mucho más que en otras ciudades de Europa. Pero lejos de ser esto un inconveniente, ha resultado ser muy liberador para poder desconectar (nunca mejor dicho).

En Berlín, ni el oeste parece tan rico ni el este parece tan pobre. Mucho tuve que patearme Berlín Este hasta encontrar un edificio de la época previa a la caída del Muro que aún estuviese sin restaurar. Eso sí, cuando lo hallé, pude meterme por sus patios interiores, por sus oscuras escaleras y sus pobres descansillos, paladeando cierto regusto a Historia Contemporánea que sé que cada vez será más difícil de encontrar.

En Berlín, la publicidad del tabaco es agresiva. En concreto, me impresionó un anuncio en una parada de autobús (¿está permitido eso en España?), que decía “¿Dejarlo o volver a dejarlo?”. Esta aparentemente inocente frase debilita los argumentos de los fumadores en fase contemplativa que se comienzan a plantear abandonar su hábito. Es una puñalada vil hacia una población diana muy concreta.

En Berlín, se puede tomar el sol en pelotas en el parque delante del Parlamento o de la residencia de la canciller sin que pase nada. Y aunque mi cuadriculada mente me hace ver esa actitud poco adecuada, nada me impidió imaginar la cara de nuestros José Luis y Sonsoles al despertar un día y mirar por la ventana de su dormitorio, descubriendo en la Moncloa a decenas de madrileños mostrando sin pudores la genitalidad nacional.

En Berlín, te puede morder un perro doméstico que nunca haya ido al veterinario. A mí en España nunca me había mordido un perro. Quizás aquí vayan más atados o haya sido simplemente mala suerte, sin más. Menudo hematoma en la pierna me traigo de recuerdo.

En Berlín, la palabra “Sommer” no debería ser traducida al español como “Verano”. Dejar la noche berlinesa en la que un jersey no está de más para entrar en los cuarenta grados de mi ciudad despoja de todo significado a Sommer.

Segunda forma de calcularlo (fácil)

Sabemos dos cosas: Una, la longitud de la cuerda más larga que cabe en la corona circular (diez centímetros) y dos, la más importante, que el problema tiene solución.

Por tanto da igual cuando midan los radios rojo y amarillo mientras que la cuerda mayor siga midiendo diez centímetros.

Si el radio amarillo midiera cero, la cuerda se convertiría en el diámetro del círculo (ver imagen). Como el área del círculo es Pi * el radio al cuadrado; esta debe ser de Pi * cinco al cuadrado, que son aproximadamente 78,5 centímetros.

En la práctica médica, muchas veces nos empeñamos en conocer detalles que en un principio podrían parecer útiles, como en nuestro problema son las longitudes de los segmentos amarillo y rojo. Sin embargo, sabemos de antemano que de poco van a servir, que no van a cambiar la decisión final.

Parece arriesgado atreverse a poner un tratamiento o a dejar de ponerlo conociendo sólo algunos datos, como sólo la TSH para descartar hipotiroidismo o prescindir de los leucocitos para dar o dejar de dar antibióticos a una amigdalitis con otros criterios. Se ve tan arriesgado como apostar por el área de la corona conociendo sólo la cuerda máxima.

Sin embargo, estas decisiones médicas están basadas en fundamentos tan sólidos como el teorema del área de la corona y por tanto, hasta que no se demuestre lo contrario, son más que fiables. Seguro que ustedes son capaces de aplicar la paradoja del problema de la corona a otros muchos aspectos de sus vidas cotidianas en los que con datos irrelevantes son capaces de estar seguros de la solución.