@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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¿Cuántos años han pasado ya desde el desalojo de Casas Viejas? Uno, dos, tres, cuatro y pico; eso es: cuatro años y pico.

Más de mil días con sus mil noches sin que nadie agradezca a aquel colectivo que, en medio de un barrio consumido por el narcotráfico, la prostitución y la dependencia, apostó por crear un lugar de acceso libre y gratuito para la discusión política y las artes escénicas.

-Eran “okupas”- dirán con el paso del tiempo. Okupas que molestaban con su ruido cada noche y que tuvieron que ser desalojados brutalmente por la Policía una mañana de diciembre de 2007.

Así se escribirá la Historia. Y, mientras tanto, ese mismo solar que alojó el centro cultural que impulsó parte del cambio del sector norte del centro de esta ciudad hasta convertirlo en el lugar idílico que es hoy, son ruinas tapiadas. Hoy es un solar que se incorporó demasiado tarde al proceso de especulación inmobiliaria y que, a día de hoy, se ha sido convertido en terreno muerto.

No tengo claro quiénes fueron los malos.

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En las últimas semanas, las protestas de los alumnos de la Facultad de Medicina de Sevilla se han hecho oír, tanto en la calle como en las redes sociales.

Entiendo sus quejas. Si en mi época ya protestábamos por la masificación de las prácticas y sólo éramos doscientos alumnos y pico por promoción; ahora que son más de trescientos, la situación debe ser aún más difícil. En concreto, en el último año vengo notando cómo algunos alumnos, para recuperar prácticas que no han podido hacer, vienen a buscarme por la tarde a las guardias, solicitando pasar algunas horas conmigo a cambio de una firma de asistencia en su ficha de evaluación.

Siempre me han gustado los alumnos voluntarios, quizás porque yo pasé muchas tardes de motu propio en el hospital. En las guardias suele haber mucho trabajo y es posible encargar alguna tarea sencilla y supervisada a los alumnos.

La semana pasada, una joven estudiante de tercero de Medicina me pidió apuntarse a una guardia de Otorrinolaringología. Mostró mucho interés por las otoscopias, las suturas y los nudos quirúrgicos, las cánulas de traqueotomía y algunas otras cosas típicas de mi especialidad. A última hora de la tarde, le sugerí que fuera a la habitación de algún enfermo, que se presentara y que le rehistoriara.

-Por favor, no me hagas esto. No me dejes sola.
-Pero si no tiene ningún misterio. Llegas, te presentas, dices que eres alumna en prácticas y le haces las tres preguntas básicas: qué le pasa, desde cuándo y a qué se lo atribuye.
-Pero es que no lo he hecho nunca. Ven conmigo.

No pude evitar comparar la situación con la que el domingo anterior me contaba Fidel acerca de sus prácticas de Enfermería. Según Fidel, durante el primer año de Enfermería, el estudiante pasa varios meses ejerciendo labores de auxiliar, haciendo camas y lavando y movilizando enfermos para familiarizarse con el hospital.

-Eso da mucha soltura para cuando, el segundo año, comienzas a coger vías, poner sondas y a realizar otras actividades invasivas.

Evidentemente, los planes de estudio de Enfermería y Medicina son diferentes. Pero, si un alumno de segundo de Enfermería se puede desenvolver bien con un enfermo y llevar a cabo diversas técnicas; que un alumnos de tercero de Medicina tenga dificultades para quedarse a solas con un enfermo y realizar una entrevista clínica denota que algo está fallando. Puede que ese alumno haya recibido una formación magistral en las asignaturas básicas: Anatomía, Fisiología, Histología, Bioquímica; sin embargo, carece de muchas competencias que son deseables en un médico.

Y ahora que estamos implantando un nuevo plan de estudios, ¿no sería hora de irse planteando si lo estamos haciendo bien o si, por el contrario, arrastramos en nuestro sistema docente la herencia de los sistemas de prácticas de otros planes de estudio, anticuados para la actualidad?

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Capítulo 2×09

No hay nada interesante al norte de esta isla. Los vientos arrastran las cenizas del volcán del Monte Cenizo por su ladera septentrional, cubriéndolo todo de una capa de polvo que le da al paisaje de esta zona su característico color gris.

En Pueblo Pardal viven una veintena de personas. No es de extrañar, teniendo en cuenta que las características geográficas locales no lo convierten en un destino atractivo para el turismo y que desarrollar la agricultura bajo una lluvia de ceniza es, siendo optimista, imposible.

-Aquí el negocio local es la ceniza -me dijo Blanca, con quien había cruzado de Sur a Norte el Monte Cenizo aprendiendo lo que ella me enseñaba de Pokémon de fuego. Los lugareños recogen la ceniza que se deposita en las hojas de las plantas, con paciencia, metiéndola en unas bolsas especiales. Es un trabajo duro, pero delicado.
-¿Y qué hacen después con ella?
-La malvenden a los fabricantes de vidrio del Sur. La industria del vidrio transforma las toscas cenizas en finas piezas de arte.

Personas tristes con la cara gris se intuían entre los arbustos, recogiendo pacientemente la ceniza que la atmósfera depositaba en el lugar.

-Son los únicos recolectores de ceniza del mundo. La industria del vidrio es muy dependiente de ellos y ellos lo saben.
-Entonces, ¿por qué venden tan barato su laborioso trabajo? ¿Por qué no emprenden ellos y crean su propia industria de vidrio?
-Las reglas son más complejas de lo que puede parecer en un primer momento. Aquí nadie les prestará el dinero necesario para emprender y, por otro lado, cobran tan poco que jamás lo conseguirán reunir por méritos propios. Aquí no tienen nada más que hacer. Sólo pueden seguir recolectando la ceniza y esperar un cambio.

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