@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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“La casa junto a la vía del tren” de Hopper es la imagen de mi escritorio del ordenador del hospital.

Estoy de acuerdo con que no es muy glamuroso poner una obra de arte como ésta detrás de los horrendos iconos de Windows: la pantalla azul pitufo de “Mi PC” o ese extraño paralelepípedo gris que llaman “Papelera de reciclaje” y que nadie tiene muy claro cómo mantiene el equilibrio y se logra quedar de pie.

El caso es que a mí me parece un cuadro que inspira paz y tranquilidad. Cómo si las cosas fueran bien. Sin embargo, a mi auxiliar de consulta le ocurre lo contrario: también le gusta el cuadro, pero le crea cierta angustia. Ve una casa del terror, un lugar para asesinatos. El sábado comprendí por qué.

Había mucha gente en el museo Thyssen, pero cuando entré en la sala de “La casa junto a la vía del tren”, nadie estaba delante. El cuadro tiene una fuerza desgarradora porque, cuando uno lo contempla con sus colores reales, y no en una foto, se da cuenta que la casa tiene dos fachadas principales: una de la de la luz y otra la de la sombra, que se enfrentan la una a la otra en ángulos de noventa grados.

Hasta el quince de septiembre podéis pasaros por Madrid y daros cuenta de si lo primero que veis de la casa es el lado iluminado o el lado de las tinieblas. Y sacar conclusiones.

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-¿Qué preferirías, que el Sistema Sanitario Público colapsara en la crisis económica actual o que se jugara con el miedo al derrumbe del Sistema Sanitario Público como herramienta electoral y arma arrojadiza entre partidos políticos?
-Vale, elijo la primera; definitivamente la primera.

Ayer me llegó la siguiente noticia a través de redes sociales: un anuncio de que, debido a los recortes del gobierno central, habrá que cerrar en Málaga tres hospitales públicos: Antequera, Carlos Haya y Axarquía.

Cuando uno lo piensa fríamente, se da cuenta de que, si estos hospitales en condiciones normales ya están llenos, ¿dónde meteríamos a todos esos pacientes de los hospitales que se pretenden supuestamente cerrar? ¿Nos están acaso diciendo que las cosas están tan mal que no hay dinero para pagar los servicios hospitalarios a aquellos que lo necesitan? ¿Que no hay dinero para costear suficientes camas y que, consecuentemente, el nivel de gravedad para ser candidato a una cama hospitalaria subirá?

No, no es posible, eso no puede ocurrir. No es posible que estén tan mal las cosas. Pero, si están así de mal, váyanmelo diciendo por favor. Que, aunque prefiera que jueguen con el miedo al derrumbe del Sistema antes de que el Sistema realmente se hunda, no está el horno para bollos y no me gusta que especulen con mi desesperanza.

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En primer lugar, quiero dar las gracias a mi amigo Emilio por prestarme su blog para contar esta historia. Ya sé que, a día de hoy, es gratuito abrirse un blog en cualquier plataforma, pero es un rollo comenzar en el anonimato, sin apenas lectores y sin impacto ninguno en internet. Mi historia tiene impacto suficiente como para merecerse un comienzo mejor.

Ya he cumplido los treinta años. No quiero decirles exactamente la edad que tengo, ni tampoco mi nombre, porque esta ciudad es pequeña y se me reconocería en seguida. Porque eso sí lo he decidido, desde ya les digo que nací en Sevilla y que sigo viviendo en esta ciudad.

Como no tengo nombre y eso es de mala educación, he decidido apodarme Keyman para ustedes. Sobre mi apodo quiero aclarar dos cosas. Para empezar, significa eso, hombre-llave. En segundo lugar, se pronuncia “quiman” con acento en la i. No se pronuncia “queiman”, que me recuerda a caiman o a queimada. No, no. Es “quiman”. Como He-Man. Yo soy de los ochenta.

Pero yo no me parezco a He-Man. Ni siquiera tengo el mismo pelo. Yo soy moreno y mileurista; es decir, me corto el pelo en casa con maquinilla. Tampoco tengo ni sus pectorales ni sus abdominales. Los pectorales son para los que pudieron ir al gimnasio en los primeros años de la Universidad y los abdominales para los que salen en ese programa de mediodía de Telecinco en el que un montón de tías se disputan a un chaval que las va seleccionando poniendo nota a las citas que mantiene con ellas.

Volviendo a lo que me traía por aquí, yo quiero ser conocido como Keyman porque soy capaz de abrir puertas cerradas. Da igual que le den dos vueltas a la llave, que pongan un cerrojo o que bloqueen la puerta con una clave de seguridad, que yo la abriré. Soy el Uri Geller de las puertas. Un poco mejor que Uri Geller. En internet dicen que lo de que Uri Geller doblaba cucharas era un truco y que lo de que ponía relojes a andar se debía a la batería residual de las pilas gastadas.

En lo mío no hay ni trampa ni cartón. Yo abro cualquier puerta cerrada. Sólo tengo que apoyar la mano en la hoja y ésta se abre. Mi técnica sólo tiene un problema. Luego soy incapaz de cerrar lo que abro.

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