@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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El miedo es algo inherente a la profesión médica. A mí, sin ir más lejos, hay muchas cosas que me dan miedo. Me da miedo, por ejemplo, que me llamen a las cuatro de la mañana, en lo más profundo de mi sueño, porque tengo que hacer una traqueotomía de extrema urgencia, saber que soy el único que la puede hacer y que como tarde mucho en conseguirlo, el paciente morirá asfixiado.

Ése es un miedo que conocía y que acepté gustosamente al comenzar mi profesión. Sin embargo, existen otros miedos, miedos que he tenido que aguantar durante la residencia y que nadie te cuenta. Miedos que yo había olvidado hace unos meses y que este fin de semana he recordado, hablando con mis antiguos compañeros, al hilo de la huelga de los MIRes.

Existe el miedo, por ejemplo, a no ser un buen residente. Se trata de un miedo bastante tonto, porque cuando estás fuera de la residencia te das cuenta de que las formas de evaluar a los residentes no son para nada las que definen a un buen médico; pero bueno, es un miedo, y es un miedo razonable. Hablando con varios MIRes en huelga, he descubierto que, con motivo de la huelga, muchos de ellos tienen miedo a que sus adjuntos tengan mal concepto de ellos: simplemente por defender lo que creen justo. En especial, en los casos en los que los adjuntos se encargan de hacerles saber a los residentes que está siendo así.

Luego está el miedo a las carencias formativas. A perder días de aprendizaje, a perder cirugías únicas y a perder ver de primera vista casos extraños. De nuevo se trata de un miedo comprensible; pero, visto desde fuera, tampoco es tan grande. Cuando uno acaba la residencia, descubre que tiene que seguir aprendiendo y estudiando cada día, que nunca lo sabrá todo y que, aunque perdiera un mes de formación, tampoco se iba a notar tanto al acabar el MIR.

Tampoco falta el miedo a la repercusión laboral: a que se tomen consecuencias y que haya un castigo por haber hecho huelga. Aunque esto puede parecer una barbaridad en un país democrático como el nuestro, ese temor existe. Existe el miedo a que si uno no es un “buen chico” perderá el trabajo, a que sufrirá marginación por parte del resto o a que tendrá que realizar trabajo extra para compensar su marcha.

Pero cuando hay mucha gente en huelga, uno se da cuenta que esos miedos no son tolerables, y que no pueden serlo dentro del país en el que queremos vivir. Entonces esos miedos evolucionan, se transforman y se antagonizan y se convierten en valentía. Y es cuando uno comienza a leer noticias sensacionales en internet. Como que los MIRes siguen luchando al octavo día de huelga indefinida. Que en Andalucía los adjuntos con contratos eventuales se reúnen y estudian adherirse a la huelga. Que en Madrid toda la Sanidad está en pie de guerra. O que algunos periodistas se revelan contra las órdenes que tienen de no cubrir la noticia y que, fieles a la ética periodística, cuentan lo que está ocurriendo.

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Tercer día de la huelga indefinida de los EIRes y comienzo a preocuparme. Por el lado de los residentes, parece que la huelga no ha perdido fuerza como se esperaba; sino más bien lo contrario: las fuentes extraoficiales cuentan en las redes sociales que cada vez se van sumando más profesionales a ella. Por el lado de la Administración, el silencio sigue siendo la norma.

Sin embargo, el silencio no está siendo la norma de los residentes, que cuentan en las redes sociales cómo se están viendo afectados los hospitales con su ausencia: servicios de Urgencias colapsados, quirófanos suspendidos, guardias sobrepasadas. Esta información no es oficial, pero los medios de comunicación más críticos comienzan ya a hacerse eco de ella.

Yo no he visto qué está pasando, pero comienzo a preocuparme porque, si bien soy médico de la sanidad privada, soy usuario de la sanidad pública. Y esta tarde podríamos necesitar sus servicios por algo grave yo o cualquiera de mis seres queridos. Me temo, por la información que me llega, que en ese caso tendría que esperar más de lo normal, que la sanidad no está funcionando al 100%.

Entiendo que haya discrepancias entre el colectivo de los EIRes y de la Administración, entiendo que no se puedan solucionar fácilmente y entiendo que eso repercuta en mi asistencia. Pero lo que no estoy dispuesto a aceptar es que una asistencia sanitaria, potencialmente vital, se me pueda ver afectada porque, al tercer día de una huelga grave de un colectivo imprescindible, la Administración ni siquiera haya aceptado sentarse a negociar.

Lo pido como usuario: por favor, aunque no lleguen a ningún acuerdo, acepten sentarse a hablar ya.

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Hoy comienza un pulso sin precedentes en la sanidad andaluza: la huelga indefinida de los especialistas internos residentes (EIRes). Para quien quiera conocer los motivos que han impulsado a los EIRes a la huelga, puede consultarlos en esta entrada de este mismo blog.

Se trata de un pulso muy arriesgado, puesto que una de las dos partes implicadas acabará cediendo debajo de la otra parte. La administración, por su parte, cuenta con la ventaja de que, mientras que dure la huelga, los EIRes no cobrarán. Sabe que una huelga a largo plazo es algo que económicamente los EIRes no se pueden permitir. También juega con el miedo de los EIRes a que éstos no completen los programas formativos y a que no se les reconozca su especialidad.

Sin embargo, a través de las redes sociales, estos miedos no parece que socaven la moral del colectivo EIR. Es más, diría que incluso los refuerza. El colectivo EIR tiene dos cartas en su mano. La primera de ellas es que sabe que la sanidad pública no puede funcionar sin ellos. Es posible que resista varios días pero, poco a poco, las goteras que los EIRes acostumbran a tapar en su día a día acabarán causando una inundación que descontrolará el sistema.

La segunda carta es precisamente la pérdida de sueldo. El abaratamiento de los sueldos ha conllevado intrínsecamente un abaratamiento del coste de la huelga. Cuando yo era residente, una semana de huelga podría costarme unos 450 euros; una semana de huelga ahora mismo sale por unos 300.

Esta misma mañana se concentrarán en la calle San Fernando todos los EIRes andaluces. Espero que ganen el pulso y se les reconozca la dignidad que se merecen; no sólo en salario, sino en condiciones de trabajo.

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