@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

830

Todos los días, cientos de veces, ves unas cosas que no sirven absolutamente para nada, pero que jamás se te ocurrieron que estaban de más. Esas cosas son las serifas.

Imagina, por ejemplo, una enorme P mayúscula. Si tienes cierta tendencia a la ornamentación superflua, seguramente hayas visualizado en el pie de la P un par de salientes a cada lado, como los de la imagen. Esos salientes se llaman serifas y, si lo piensas bien, la P se comprendería igual de bien sin esos salientes.

 

Nadie sabe muy bien de dónde proviene la tradición de colocarle serifas a las letras. Algunas teorías dicen que las serifas servían para que los antiguos escribas que debían grabar textos en barro y piedra tuvieran referencias de dónde debía comenzar y acabar cada letra.

Helvética, la tipografía en la que está escrito este blog, no tiene serifas. No soy un gran amigo de ellas y además, en estos tiempos de austeridad, cuantas menos cosas superfluas, mejor. Sin embargo, existen preciosas tipografías serifadas; si yo tuviera que elegir una, me quedaría con Clarendon.

Existen varias subcategorías dentro de las fuentes con serifa. Clarendon pertenece a las Slab Serif: en ellas la serifa es tan gruesa que resulta difícil dedidir dónde acaba la letra y dónde comienza la serifa. Las grafías de Clarendon son adorables: por un lado, parecen redonditas y suaves, pero por otro descansan en recias serifas de aspecto pesado.

Con estas características, Clarendon consigue que las cosas que dice parezcan amables y cercanas pero, a su vez, seguras. Tal vez por este motivo, fue la tipografía elegida por los seguros Ocaso.


El periódico El País también utiliza Clarendon en su título y sus titulares. Así otorga a sus noticias seguridad (por las serifas) y cercanía (por los trazos curvos).


Clarendon es fácil de reconocer a través de sus mayúsculas. La C sólo tiene serifa en el borde superior; tal es la inutilidad de las serifas que ni siquiera rematan todos los extremos de las letras. El trazo inclinado de la R apuesta por un gracioso giro de más de 270 grados que le da cierto toque divertido; ridículo si uno lo observa detenidamente. Y la S se enmarca en un cuadrado con una perfecta simetría radial.


Os invito a buscar a Clarendon en vuestra vida habitual y a utilizarla en aquellos textos vuestros a los que queráis darle cercanía y seguridad al mismo tiempo.

829

Cuando las cosas van mal, siempre tendemos a buscar un culpable. Durante esta crisis económica, que ya se va poniendo pesada y que cada día me molesta más que no quiera irse, hemos ido culpabilizando a diferentes colectivos.

Muy atrás quedan esos días en los que los malos eran los bancos. ¿Os acordáis de Lehman Brothers y la mecha que prendió todo? Aquella fue la primera fase de la crisis, en la que culpabilizábamos a los bancos y escupíamos fuego porque entidades privadas se habían dedicado a defender intereses privados; nos sentíamos engañados por un lobo con piel de cordero.

Pero poco a poco fuimos asumiendo que los bancos son eso: tiendas en las que dan dinero a cambio de más dinero del que dan. Entonces fue cuando comenzó la segunda fase.

-¿Quién ha permitido que los bancos actúen como lo han hecho?
-Pues serán los políticos, que para eso tienen responsabilidad.

Aquel día era el 15M de 2011 y queríamos cambiar el sistema. Poco a poco fuimos exigiendo responsabilidades a los políticos en un viejo y olvidado ejercicio de democracia. Nunca habíamos estado muy contentos con nuestros mandatarios pero, de repente, comenzamos a exigirles más de lo que habíamos hecho antes y a mirarlos bajo antenta lupa.

Desde hace unos meses, vengo notando que esa segunda etapa de culpabilizar a los políticos se viene pasando. Venimos a pensar que son simples hombres sin superpoderes, que no pueden luchar contra fuerzas mucho mayores que ellos. ¿Cómo van ellos solos a cambiar las políticas económicas que vienen impuestas de fuera?

Bienvenido a la tercera de esta crisis en la que el culpable eres tú, soy yo, somos todos. Porque no emprendimos en su día, porque despilfarramos nuestro dinero sin guardar nada en los bolsillos.

Pues no, mire usted, no. Yo no me siento culpable. Yo estudié y trabajé, todo lo que pude y más. No me eche usted la culpa porque yo no emprenda, que el espíritu del empresario no es algo innato, sino algo que se debe potenciar con la educación. No me culpabilice de despilfarrar el dinero, que yo gasté lo que creía que podía gastar. Nadie me enseñó la importancia del ahorro y guardé lo que creía oportuno.

En esta tercera fase, me niego a pensar que es culpa mía.