@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Una de las cosas que más me gusta de vivir en un barrio “alternativo” es que tienes vecinos fuera de lo común; Elia lleva tres años elaborando pan para los vecinos.

Me gusta mucho el pan de Elia, porque no se parece al pan que habitualmente se compra en las panaderías: es un pan denso y jugoso, con mucho sabor, a diferencia del pan industrial, que es más liviano y seco. Elia dice que el pan le sale así porque usa harina ecológica y masa madre en lugar de levadura; yo, que siempre fui un poco escéptico acerca de los productos ecológicos, simplemente estoy contento de desayunar un pan rico por las mañanas que tarda una semana en ponerse duro.

Me daba cierta rabia que un producto que yo considero tan bueno sólo lo disfrutáramos cinco o seis vecinos, así que hace un mes le propuse a Elia ayudarle con su proyecto.

Yo creo en ella, creo en su producto y quiero animarla para que dé un paso más allá. Elia, que ha estado tres años con una idea, es uno de esos jóvenes de este país que necesita apoyo para desarrollar su proyecto y a los que ni el Estado ni los bancos son capaces de responder bien a sus necesidades.

Hace unos días, Ángel comentaba en su blog qué era para él el dinero; para mí está claro: el dinero es algo que se necesita para vivir. Pero el dinero que no se gasta es un simple apunte contable, es un dinero que no existe como tal, es un número que un día escribió un banquero en una cuenta.

Yo soy médico y no tengo nada que ver con el mundo del pan, pero sí que puedo asesorarla sobre muchas cosas: la vida del trabajador autónomo, la contabilidad de una pequeña empresa o la estrategia en redes sociales e incluso hacer la pequeña inversión que necesita para montar su negocio.

Colaborar con Elia en la medida de mis posibilidades es lo que un humilde servidor aporta al país para salir de la crisis y quizás sea el comienzo de un nuevo modelo en el que las personas aportamos nuestros conocimientos para crear una realidad económica diferente.

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Una de las enfermedades más raras que se han popularizado durante la última década es la enfermedad del desembarco.

La enfermedad del desembarco, también conocida como “Mal de débarquement” o “Mal de terre”, es una mala pasada que puede jugarnos nuestro cerebro tras un viaje en barco. Como sabéis, el equilibrio de una persona depende de tres sistemas: los ojos, que nos mantienen equilibrados gracias a que ven la línea del horizonte; los oídos, que envían información al cerebro de la posición de la cabeza y los receptores de las piernas, que nos informan de la posición del cuerpo respecto al suelo.

Durante un viaje en barco, ninguno de estos sistemas es capaz de informarnos demasiado bien sobre nuestro equilibrio: el movimiento de las olas hace mecerse al barco, por lo que el cerebro recibe información contradictoria de los tres sistemas que rigen el equilibrio. Por ello, en los viajes en barco muchas personas se marean y tienen dificultades para mantenerse en pie.

Pero como seguramente habréis escuchado, el cerebro tiene una gran plasticidad y tiende a adaptarse casi a cualquier cosa. De hecho, en viajes en barco prolongados, el cerebro puede decidir “desatender” la información contradictoria de ojos, oídos y piernas para evitar la desagradable sensación de mareos. Por eso, en la mayoría de las personas, los mareos, poco tiempo tras iniciar una travesía, tienden a desaparecer.

Pero, ¿qué ocurre al desembarcar? Bien, en la mayoría de los sujetos, el cerebro vuelve a escuchar a ojos, oídos y piernas, dado que se da cuenta de que, en tierra, la información que estos mandan es fiable. Pero, en escasas ocasiones, puede ocurrir que el cerebro siga decidiendo ignorar a los sistemas del equilibrio a pesar de estar en tierra. Se dice que las personas a que les ocurre esto sufren una enfermedad del desembarco.

Las personas con enfermedad del desembarco se sienten mareadas e inestables en tierra firme y mejoran en coches y barcos. Hasta hace pocos años, era una entidad muy poco conocida; sin embargo, cada vez hay más literatura disponible acerca de ella y se comienza a identificar mejor.

Muchos casos se resuelven espontáneamente; sin embargo, hay otros que persisten durante años. Es en estos casos en los que se han propuesto diversos tratamientos. Parece que el tratamiento con fármacos no es demasiado efectivo; se estima que determinados ejercicios de rehabilitación vestibular pueden estimular al cerebro para que vuelva a escuchar la información que le proporcionan los sistemas del equilibrio en tierra firme.

Para los otorrinolaringólogos a los que nos apasiona el mundo del equilibrio, la enfermedad del desembarco supone uno de los mayores retos en nuestro ejercicio diario.

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Me despierto esta mañana y leo en El País un artículo acerca de que cada vez son más los médicos que, debido a la escasez de trabajo y a la precariedad laboral, se ven obligados a irse al extranjero. El año pasado, por estas alturas, ya comentamos en este blog este triste fenómeno. En los últimos 12 meses, la emigración médica, en lugar de ir disminuyendo, ha aumentado.

Quizás los lectores de El País, que se enfrenten durante el día de hoy a este artículo no sean del todo conscientes de la gravedad del problema. Al fin y al cabo, los médicos hemos sido tradicionalmente un colectivo con salarios superiores a la media española y con una tasa muy baja de desempleo; por eso muchos nos acusarán de llorones que hemos tardado mucho tiempo en notar en nuestras propias carnes los momentos de dificultad económica que atraviesa España.

Tal vez esto sea justo y por eso el artículo de El País debería haber recalcado más por qué la emigración del personal sanitario fuera de España es un problema tan grande.

Para empezar, los médicos hemos sido muy caros. Yo pagaba mil euros de matrícula universitaria cada año para estudiar Medicina, pero era consciente de que el coste real de mi carrera era muy superior a ese. El dinero para pagar mis estudios salió del bolsillo de todos ustedes. Ustedes invirtieron en mí con un propósito: que yo en un futuro consiguiera devolverle la salud a aquel que la perdiera. Un médico, con su trabajo, no produce riqueza directamente; pero si el médico consigue curar a un enfermo que ha dejado de producir riqueza, de forma indirecta contribuye a mejorar la economía del país.

¿Recuerdan ese juego llamado Age of Empires? Todas las tropas debían contar con monje que las curara mientras se encontraban en el campo de batalla; sin ese monje, la legión tarde o temprano acabaría muriendo. Producir monjes constaba mucho oro de los recursos del jugador, pero merecían sobradamente la pena. Los médicos somos en la vida real el equivalente a esos monjes del Age of Empires. Sin nosotros, la sociedad se va poniendo enferma y cada vez es menos productiva.

En el Age of Empires, si tu ejército era muy grande, requería muchos monjes. Del mismo modo, España necesita un número adecuado de médicos que permitan tiempos de consulta adecuados. Si los médicos no disponen del tiempo de consulta suficiente para cada paciente, comenzarán a hacer apaños. Hacen falta más médicos para descongestionar las consultas. El tiempo extra de cada visita es una inversión necesaria en educación sanitaria que redundará en una mayor productividad del trabajador.

Para finalizar, no tenemos que olvidar que la emigración de los médicos españoles adolece además de los mismos inconvenientes que la de cualquier español: se trata de una persona más que dejará de comprar en nuestros comercios, de visitar nuestros restaurantes, de ingresar en nuestros bancos y, en definitiva, de potenciar la economía interna del país. La emigración de cualquier español nos vuelve a todos los demás un poco más pobres.

Por todo esto, es necesario el artículo de El País de hoy.