@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

835

Capítulo VII

Odio los mosquitos. Los odio. No aguanto su amenazante trompeteo las calurosas noches de verano que anuncia molestas picaduras por el cuerpo. A veces, cuando estoy durmiendo, escucho a uno de ellos silbar en mi oreja. Entonces me debato entre desvelarme y encender la luz o intentar volverme a dormir e ignorarlo.

Lo mejor es encender la luz, que haya un mosquito y echarle insecticida. Eso me da la tranquilidad de que ese mosquito no me va a picar ni esta, ni las noches futuras. Despertarse y matar un mosquito suma diez puntos.

Por el lado contrario, tampoco está mal dormir toda la noche del tirón sin que los mosquitos te despierten. El problema de esta situación es que sé que los mosquitos están, y que aunque esta noche no me hayan despertado, puede que lo hagan las noches siguientes. Dormir del tirón sin mosquitos suma nueve puntos.

Lo peor es que haya un mosquito, decidir no encender la luz y, por perezoso, ser acribillado a picaduras. Es la situación menos deseable. Estas noches suman cero puntos.

También está bastante mal, despertarse por haber creído escuchar un mosquito, encender la luz y que el mosquito no aparezca. Pero no está tan mal como el supuesto anterior. Estas noches podrían sumar, digamos, unos dos puntos.

La pregunta es: ¿cuál debe ser mi nivel de alarma al creer escuchar un mosquito para arriesgarme a encender la luz y que, al cabo del año, haya sumado el máximo de puntos posible?

Esta pregunta es extrapolable al mundo de la medicina. Si los mosquitos son enfermedades y el encender la luz es una prueba para diagnosticar esta enfermedad, podemos fijar el umbral de la prueba para que la suma de puntos sea máxima. Esto se realiza a través de unas rectas llamadas rectas de isoutilidad.

Poco a poco vamos ahondando en el tema acerca del que trata mi tesis.

834

Mi cinturón marrón ha sido durante largas etapas mi único cinturón. Estuvo conmigo en el viaje de fin de curso. ¿En el de la Universidad? No en el de la EGB. Era marrón oscuro y universal. No había pantalón con el que desentonara, y tenía dos medidas: una para cuando estaba delgado y otra para cuando no lo estaba tanto.

Hizo conmigo todos los exámenes del instituto: desde los de Latín a los de Dibujo Técnico y se presentó conmigo a Selectividad. Viajó por Europa, tocó el piano e hizo teatro. Asistió a la sala de disección de las clases de Anatomía y se metió a hacer mis primeras historias clínicas y a ver mis primeros quirófanos.

Por supuesto, estudié el MIR con él e hicimos juntos el examen. Toda la residencia me ayudó a aprender mi especialidad: desde mis primeras operaciones hasta mis incertidumbres en el mundo de los vértigos. Se rió y lloró con muchos amigos. Vivió el paro y mi primer año como médico adjunto en la Medicina Privada.

Ayer, después de 18 años, se rompió por la mitad, su cuero se rajó de forma irreparable y soy incapaz de tirarlo.