@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Si la relación médico-paciente no fuera, ya de por sí, complicada, en el caso de la asistencia médica privada se mete por medio un tercero llamado compañía de seguros médicos. De este modo, se forma un extraño trío en el cual:

El médico quiere que la compañía le pague lo máximo posible, pero prefiere pacientes con bajo nivel de complejidad, dado que le reportan el mismo ingreso que los pacientes difíciles.
El paciente quiere contar con una cartera de médicos amplia y de calidad, pero quiere pagar lo menos posible a su compañía de seguros.
La compañía de seguros quiere contar con el mayor número de paciente posible y que estos tengan el mejor nivel de salud, pero disminuyendo el número de actos médicos realizados para minimizar sus pérdidas.

A pesar de que este trío de intereses parece complejísimo, el sistema funciona: los pacientes pagan a sus compañías de seguros y, cuando enferman, acuden a médicos que los atienden, pasando los médicos la factura a las respectivas compañías.

Sin embargo, el sistema no está exento de abusos. Los pacientes, por un lado, al tener mayor accesibilidad, acuden a la Atención Especializada más que a la Atención Primaria, elevando los costes de su enfermedad. Los médicos, al ser remunerados por cada acto realizado, luchamos contra la tentación de revisar al paciente más veces de las que realmente necesita y de solicitar más pruebas de las estrictamente necesarias para elevar nuestros ingresos. Las compañías de seguros, enfrentándose a un gasto cada día más elevado, han de decidirse entre subir las cuotas a sus asegurados, disminuir las tarifas de los actos médicos o ambas.

Todos sabemos que Estados Unidos no es el modelo a seguir a la hora de fijarnos en un sistema de salud; sin embargo, al tener un sistema casi completamente privado, han estudiado mejor que nosotros el problema de los gastos crecientes de la asistencia médica privada.

Así, algunas de las reformas que propone para solucionar este problema son:

Sistematizar las pruebas complementarias que son necesarias para cada síndrome, ahorrando en multitud de determinaciones de laboratorio y pruebas de imagen innecesarias que se solicitan día a día. En España, sigue bastante presente la idea (incluso en muchos médicos) de que cuantas más pruebas complementarias se soliciten a un paciente, mayor será la seguridad diagnóstica en dicho paciente. En plena era de la Evidencia Médica, la afirmación anterior es una solemne tontería. Otro motivo para solicitar más pruebas de las necesarias por parte de los médicos es el miedo a una demanda judicial por no haber pedido tal prueba o tal otra y no haber realizado un diagnóstico correcto. Sistematizar las pruebas necesarias para cada enfermedad, convierte estas demandas en carentes de sentido.

Cambiar el sistema de remuneración de la compañía de seguros hacia el médico desde el pago por acto al pago por problema resuelto. Por ejemplo, diagnosticar y tratar un catarro de vías altas tiene un precio, da igual que este proceso se realice en una visita médica o en cuatro, usando más o menos medios. Sin embargo, diagnosticar y tratar un cáncer de laringe tiene un coste superior, dado que el proceso es mucho más complejo. Son el médico y el paciente, de mutuo acuerdo, los que deciden el número de revisiones necesarias.

Si en Estados Unidos se está intentando imponer este sistema, en España tarde o temprano llegará. Por eso, considero prioritario que los médicos españoles comencemos a pensar en cuáles son las pruebas complementarias que cada síndrome realmente necesita, así en cuál debe ser la cantidad y periodicidad de las revisiones para importunar lo mínimo al paciente sin que las complicaciones de las enfermedades se queden sin ser detectadas.

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En los tiempos en los que la SGAE no metía las narices en todos lados, unos conocidos me propusieron que me encargara de la música de su boda. Me resultó muy curioso, porque yo de música no sé demasiado: no voy ni a bares ni a discotecas a menudo, ni tampoco escucho la radio.

-¿Pero queréis que sea yo el que haga eso? ¿Estáis seguros?
-Sí, sí. Nos encantaría que fueras tú.

Los meses posteriores se continuaron de largas horas de escucha de todo tipo de temas musicales a partir de los cuales elaboré una lista de ocho horas de música que sonó durante todo el convite.

Desde aquel día, siempre he sido muy crítico con la música que he escuchado en otras bodas. Vale, vale, de acuerdo. Yo no soy DJ profesional, pero sí que aprendí mucho con aquella experiencia. Y creo que no lo hice mal del todo; de hecho, algunos de mis amigos que se han casado me han pedido la lista de canciones que utilicé.

Por este motivo, me gustaría compartir con vosotros algunas de las cosas que aprendí, para que los que quieran casar aprendan de los errores y de los aciertos que cometí.

1. Pon música variada. Hay novios a los que les gustará el rock; a otros, el pop; a algunos, el flamenquito y a otros, el reggaeton. Pero que esa sea la música que le guste a los novios, no implica que sea la preferida de los invitados. ¿Has estado en alguna boda en la que la música haya sido monotemática? ¿Cuánto tiempo han pasado los invitados bailando? En serio, a partir del tercer tema, el mismo tipo de música harta. No castigues a tus invitados con horas y horas del constante ritmo del reggaeton: corchea con puntillo – semicorchea – corchea – corchea y así hasta agotar la barra libre.

2. Evita los temazos que conozcas sólo tú. Estoy seguro de que eres fan de un grupo raro que poca gente conoce y crees que sus canciones están más cerca de lo divino que de lo humano. El problema de estos temas es que si sólo los conoces tú, la gente va a dejar de bailar. Este no es el día de esos temazos. A mí me ocurrió: durante una boda no es el mejor momento para que tus amigos conozcan por primera vez a Astrud.

3. Si no tienes veinte años, no pongas temas de discoteca del último verano. Seamos francos: hoy en día la gente se casa más cerca de los treinta que de los veinte y dejó de ir a discotecas hace tiempo. Con esto quiero decir que, aunque el pasado año haya sido un año de temas gloriosos, esos temas no les van a gustar a un grupo de personas que tienen que escucharlo y enfrentarse a bailarlo por primera vez.

4. Recurre a los temas de tus primeras discotecas. ¿Recuerdas qué momentos tan felices aquellos en los que te arreglabas por primera vez para salir a bailar? ¿Esas canciones que te hacían saltar en la pista? Seguramente, la mayoría de tus amigos tenga tu edad y esos mismos temas, que ya tendrán unos quince años de antigüedad, les evoquen sensaciones agradables. Esos temas triunfan, aunque suenen a desfasado. Lo prometo.

5. A los amigos de tus padres también les gusta bailar. Sin entrar en el tema de si los amigos de tus padres deberían acudir a tu boda, si quieres que se animen, deberías ponerles temas de su época. Hay cosas estupendas que bailar de los años sesenta, setenta y ochenta. Ahora bien, si lo que quieres es discriminarlos y que se vayan pronto, castígales con Lady Gaga. No aguantarán mucho en el convite.

6. Sorprende con cosas que requieran cambiar el estilo de baile. En las discotecas, todo el mundo baila más o menos igual, y hay un momento en el que pones el automático. Pero si empiezas a poner cosas muy bailables y que requieren cambiar el estilo, animarás a la pista. Por ejemplo, rock’n’roll, foxtrot, charleston, pasodobles. Y, si la boda es de Sevilla, aunque suene rancio, nada sacará a más gente a la pista que unas sevillanas a tiempo.

7. Pide canciones que tengan coreografías. Curiosamente, a la gente le encanta, cuando se desinhibe, seguir las reglas de una coreografía, ya sea la de Follow the leader, Saturday Night, Mayonesa. O la banda sonora de Grease. No fallan.

8. Stop música deprimente. Entre los invitados de tu boda, habrá personas que se encuentren próximas a una ruptura sentimental: están en el punto opuesto a ti. Es muy duro ver cómo dos personas se juran amor eterno cuando tú has renunciado hace poco a ese amor eterno, pero acudes a la boda para participar en la alegría de tus amigos. No jodas a esas personas con temas de Ella baila sola, La oreja de Van Gogh y similares.

9. Usa temas de rescate. Este consejo es más para el DJ que para ti. De vez en cuando, los invitados claudican. Para ese momento, debes tener un tema preparado para que resuciten. Elige este tema con cariño: ¿compartes uno de esos temas “especiales y euforizantes” con tus amigos? En mi caso, el tema es el baile que Travolta se marca en Pulp Fiction: Pumpkin and Honey Bunny.

10. No censures lo que no escucharías en otra ocasión. Aunque parezca mentira, tras cierto grado de alcoholemia, a hombres hechos y derechos les apasiona escuchar a todo volumen a Raffaela Carrá, Madonna y Lady Gaga. No les des el disgusto de no tener ese tema para ellos por haberlo censurado previamente.

Por cierto. Yo de esto no tengo ni idea, pero me permito dar estos consejos porque, de vez en cuando, vas a bodas por ahí en las que parece que el que pincha tiene menos idea que tú.

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Después de aquel día en la iglesia, transcurrieron muchos años en los que mi fuerza de represión arrinconó mi capacidad especial en una esquina de mi cerebro, que por todos es sabido lo fuerte que puede ser esta fuerza, que permite ignorar convenientemente las pulsiones más secretas del alma, pero que, en un momento de imperfección final, es incapaz de hacer que estas pulsiones se olviden.

Durante este periodo, la puerta de casa se había convertido en el principal problema. Yo tenía que fingir que utilizaba la llave para abrirla, cuando sabía que su hoja no cedía por el efecto de la llave, sino por el simple contacto de la palma de mi mano sobre ella. Tuve que elaborar una complicada estrategia en la que tiraba del pomo de la puerta hacia mí, a la vez que giraba la llave en su cerradura, para engañar a cualquiera que pudiera fijarse en mí, haciendo parecer que era la llave que llevaba siempre conmigo la que desbloqueaba la entrada de mi propia casa.

Por cosas del destino, nadie quiso durante años darse cuenta de la farsa que ejecutaba varias veces cada día, y, si alguien llegó a darse cuenta, reprimió el pensamiendo de su descubrimiento con la misma fuerza que yo reprimía el mío para no querer ver mi verdad.

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