@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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En mi hospital, me llaman doctor. Doctor con minúscula, que Doctor con mayúscula yo sólo conozco a uno; o mejor dicho, no lo conozco, que no lo quiero conocer, que todo aquel que lo conoce y decide acompañarlo acaba teniendo que soportar terribles consecuencias por haber estado con él.

Inevitablemente me acuerdo del Doctor Who cuando, por un pasillo del hospital, alguien grita “¡Doctor!” y yo me doy la vuelta para ver un paciente que de repente se ha puesto azul o al que los ojos se le han comenzado a mover de forma incontrolada. En esos momentos, una voz interior me dice “Corre”.

Cada día, es una nueva aventura en la que se ven nuevas cosas raras. Sea como sea, cada noche puedo volver a mi Tardis, que tiene forma de casa, con cama de matrimonio, ducha con agua caliente y un jardín con plantas.

Algunas noches, me asomo a la ventana de mi Tardis para comprobar qué ha sido de las personas que un día me acompañaron y ver qué suerte han corrido. Experimento sentimientos contradictorios al querer compartir con ellos sus buenos momentos y al saber que estoy en un universo paralelo.

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Todo se remonta a cuando éramos monos y estábamos campando tranquilamente por la sabana africana.

Entonces llegaba un león hambriento y se acababa la paz: había que salir corriendo y subirse al árbol más cercano. Evidentemente, cuando eso ocurría, nuestro primitivo cerebro debía activarse y poner en marcha sus mecanismos que le advertían de un peligro inminente. Entre esos mecanismos, estaba el de aumentar nuestra atención respecto al equilibrio; que cuando salíamos corriendo y huyendo, aquel al que le fallaba el equilibrio se caía y se convertía en la cena del temido león.

De este modo, la evolución favoreció que los humanos desarrolláramos una compleja relación entre la zona del cerebro que se encarga de activarnos en caso de peligro (la amígdala) y los centros del equilibrio (los núcleos vestibulares).

Esta historia del león es, por supuesto, un cuento chino, o un cuento africano más bien; pero nos sirve para explicar muchas cosas. Hoy en día ya no hay leones hambrientos por las calles de las ciudades; los leones son otros. Les llamamos presión laboral, tensión familiar, crispación política, inestabilidad económica y así una larga lista que estoy seguro que cualquiera de ustedes podría completar.

Cualquiera de estos sucesos, en personas predispuestas, es capaz de activar la amígdala cerebral del mismo modo que hacía el león y, consecuentemente, alterar el funcionamiento de los núcleos vestibulares y provocar mareo e inestabilidad a las personas que lo sufren, provocando a su paso otros síntomas como depresión y ansiedades varias. “Mareo psicógeno”, le solemos llamar, aunque para ser psicógeno tiene una fisiopatología bastante bien conocida.

-Y todas las pruebas que me he hecho doctor, salen normales, pero yo le juro que estoy muy mareado y muy angustiado por todo esto. Y no estoy loco, doctor se lo prometo. ¿Sabe usted lo que me pasa?
-¿Le han contado a usted alguna vez el cuento del león? –respondo.