@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Uno de los mayores desafíos que he tenido que afrontar en mi vida profesional ha sido el tratamiento de la migraña vestibular.

Los mareos producidos por migraña son muy frecuentes en nuestro medio y tradicionalmente son infradiagnosticados e infratratados. Hemos discutido en otras ocasiones por qué la migraña vestibular se diagnostica poco en nuestro medio; sin embargo, nunca hemos hablado de por qué se trata poco y las dificultades que entraña su tratamiento.

Como buena migraña que es, la migraña vestibular tiene un tratamiento para las crisis y otro tratamiento profiláctico, que procura que las crisis ocurran con menos frecuencia y, que cuando estas sucedan, sean menos intensas de lo que suelen ser.

Los modernos libros de Otoneurología recomiendan cuatro medicamentos para el tratamiento de la migraña: propranolol, un viejo betabloqueante; amitriptilina, un clásico antidepresivo de la familia de los tricíclicos; flunarizina, un antagonista de calcio descubierto a finales de los 60 y topiramato, un antiepiléptico incorporado al mercado en los 90.

Cuando uno echa la vista atrás y observa los grupos farmacológicos a los que pertenecen estos fármacos (betabloqueantes, tricíclicos, antagonistas de calcio, antiepilépticos), se piensa un poco las cosas. Todos estos grupos de fármacos deben ser utilizados con bastante precaución y no están exentos de efectos secundarios frecuentes. Para colmo, como el tratamiento de la migraña vestibular tiene una decena de años de experiencia, ningún autor se posiciona claramente a favor de ninguno de los cuatro dichosos fármacos, dando tenues consejos para decidir entre uno y otro.

Yo he tenido ocasión de utilizar los cuatro y con los cuatro he experimentado efectos secundarios. A lo largo de los años que llevo tratando la migraña vestibular, me he decantado por flunarizina como primera opción. Los efectos secundarios de la flunarizina son frecuentes, pero se toleran bien (aumento del sueño, lo que no suele vivirse como un gran problema; aumento del peso, que sí suele vivirse como un gran problema en mi medio y depresión, más preocupante y que hay que controlar en las consultas). Además, la flunarizina tiene un precio intermedio entre los otros fármacos, pero es razonable (entre 3 y 5 euros al mes).

Utilizo propranolol en caso de comorbilidad con HTA; amitriptilina en caso de comorbilidad con depresión y topiramato como tratamiento de segunda línea, dado que es sensiblemente más caro y existe menos experiencia de uso.

Me encontraba muy satisfecho con los resultados que estaba consiguiendo con mi algoritmo terapéutico; sin embargo, nada perdura eternamente y no tardaron en llegar recomendaciones de expertos que aconsejaban utilizar propranolol como primera opción terapéutica. Propranolol es la opción más antigua y económica de las cuatro, sus efectos secundarios son aproximadamente igual de frecuentes que los de la flunarizina y consigue un buen control de las crisis pero, en el caso de la migraña vestibular, tiene un pequeño problema. Este problema es que, en ocasiones, el propranolol causa hipotensión ortostática como efecto secundario. Esto implica cambiar un tipo de mareos por otro tipo de mareos y además comenzar a realizar conjeturas diagnósticas acerca de si lo que está experimentando el paciente es un efecto secundario o mareos por enfermedades diferentes a la migraña vestibular.

Por tanto, no tengo muy claro qué hacer. Lo científicamente correcto sería incorporar el propranolol como primera opción terapéutica en mi práctica pero, por otro lado, ésta es una recomendación para migraña general, no para migraña vestibular. Otra opción es acogerme a la coletilla de la Medicina basada en la Evidencia e integrar la información científica con la de mi experiencia personal. En este caso, la flunarizina seguiría siendo el medicamento que debería utilizar en primer lugar.

Prometo actualizar este post con los resultados que obtengo, pase lo que pase.

PC: El autor reconoce no tener ningún conflicto de intereses con ninguna de las casas que fabrican los fármacos citados anteriormente. Vamos, en otras palabras, que nadie me paga por haber contado lo anterior. De todos modos, esto no es una publicación seria. Si quieren publicaciones serias, váyanse a PubMed. Yo sólo soy un entrenador Pokémon.

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Una de las cosas que he aprendido en el último año es que mi vida no es perfecta y que está bien que sea así.

No soy perfecto en el trabajo; intento ser lo mejor que puedo, pero no soy perfecto porque resulta que los médicos somos humanos. No tengo la mejor Tesis Doctoral de mi promoción; no está exenta de esfuerzo, pero dista mucho de ser perfecta. No soy el mejor entrenador Pokémon de España; soy bastante bueno, pero cuando voy ganando una competición nacional, va y me gana uno de Portugalete. No soy el mejor nieto, ni el mejor hijo, ni por supuesto el mejor novio.

Pero sí hay una cosa perfecta en mi vida: una cosa que se mire por donde se mire no admite crítica. Es el primer Arabesco de Debussy, si se puede decir que es mío; aunque lo he escuchado tantas veces que hay algo de él que me pertenece.

Me refiero a que la versión de mi disco es la perfecta; mi interpretación no lo es. Me he esforzado en tocarlo, durante cuatro años y, como otras cosas en mi vida, jamás me saldrá perfecto. Sólo a la mente de un genio se le puede ocurrir tocar tresillos con la mano derecha y corcheas simples con la izquierda y sólo un pianista bueno puede interpretarlo.

¡Pero yo no soy perfecto, ni tampoco tengo que demostrarlo ante nadie! Así que esta noche, como homenaje a mi imperfección, y para regodearme de ella, les dejo con mi mejor versión de una obra maestra. Con todos ustedes, el arabesco imperfecto.