@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Llegaron las cenas de Navidad y, como si el espíritu de sobriedad forzada del 2014 hubiera hecho mella en ellas, no hubo falsos abrazos, ni sonrisas forzadas, ni conversaciones fútiles; en su lugar, se hablaron de las cosas que siempre quisimos contar y que, por convencionalismos sociales, callamos.

En esta sociedad abierta, en la que las acrobacias sexuales se cuentan a voz en grito por la calle, llama la atención que siga habiendo tabúes, temas de los que da vergüenza hablar, especialmente cuando sentimos cierto deseo por exteriorizarlos.

El primero de ellos es la tristeza sin motivo, lo que los antiguos llamaban melancolía. Lo tenemos todo, comida y cama calientes, gente alrededor, salud, trabajo más o menos digno y, con la sensación de estar escupiéndole a la vida, hay días en los que sientes que te han arrancado el corazón, que lo han sumergido en un tarro de espesa bilis negra, que lo han limpiado violentamente con papel de estraza y que te lo han vuelto a meter en el pecho. Es injusto sentirse así, y uno es el primero que lo piensa, pero no se puede evitar. En esos días de melancolía, uno podría protagonizar la película del mismo nombre de Lars von Trier y durante la última escena gritar: “¿Veis? Yo tenía razón y todos estabais equivocados.”. En ocasiones, coges el teléfono y llamas a alguien, quedas para dar un paseo y cuando llegas y te preguntan cómo estás, sonríes, reprimes la amargura en algún lugar y respondes que sigues bien, con una hipocresía que se merecería un Goya.

El segundo tabú, del que pocos hablamos y el que especialmente a los varones abochorna, es la disforia postcoital. Sí, estoy hablando de esa sensación que te invade a veces, dos minutos después, y que Guille Milkyway, maestro de ceremonias en el sentido trágico de la vida del siglo XXI, describe cuando dice: “Hay que ver cómo mi amor se desvanece en el colchón; no me viene a la memoria cuándo pudo ser peor.”. Las pocas veces que he reunido agallas para hablar de esto con alguien cercano, todo el mundo ha confesado sentirlo más de una vez y, lo que es peor: no sentirlo pero reconocerlo en la otra persona. El arrepentimiento y el deseo de que nada hubiera ocurrido se achacan a la moral judeocristiana que nos vigila desde el superyo, aunque yo intento buscar cierto componente de esta sensación en la biología evolutiva y, como buen machito, negar que ni siquiera esa sensación se me pasa por la cabeza.

El último y, por razones evidentes, el más secreto es el inconformismo social. Mi pareja, mi amante, mis amigos están bien, pero ¿podrían estar mejor? Esto, evidentemente, no se puede contar a nadie, porque si a uno le dijeran, “Oye, Emilienko, que no estás nada mal en la faceta en la que te utilizo, pero que me llenas al 99% y me estoy planteando si no habría alguien por ahí que me llenara al 100%.”; en ese caso, pensaría que el que tengo enfrente es un estúpido engreído y pondría en seguida pies en polvorosa. ¿Cómo tratar este tabú social universal, tan ligado a la existencia optimizadora del ser humano? Nadie puede aguantar ser la otra parte de la conversación y, por tanto, el tema se convierte en el tabú eterno; por eso hemos de callarnos, porque, en estas situaciones, recibir un consejo amistoso, tendría menos sentido que adornar con una guinda escarchada un plato de espinacas con garbanzos.

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La mejor hora para visitar la Calzada de los Gigantes es durante la puesta de sol. A esa hora, ya se han ido los autobuses de turistas y no queda nadie.

Es muy práctico para hacerse autorretratos, porque los hexágonos tienen la superficie plana y uno puede dejar la cámara de fotos apoyada en ellos, poner el modo de autodisparo y, en los diez segundos que la cámara otorga, ponerse a trepar por los húmedos prismas para hacerse una foto, subirla a Instagram y conseguir muchos likes.

Eso sí, hay que tener cuidado para no caerse, que los prismas están mojados, es fácil caerse y romperse algo y allí, durante la noche, no hay nadie para pedir ayuda.

Tengo un centenar de fotos en el lugar, con el cielo de todos los colores posibles. Es un sitio tan fotogénico, que da cosa no gastar toda la memoria posible de la cámara en ese ejercicio de onanismo.

En el camino a la Calzada, vi muchas casas de irlandeses locales; la mayoría de ellas tenía banderas ondeando en la puerta. Algunas eran banderas inglesas y otras eran banderas irlandesas, propias de las distintas ideologías de Irlanda del Norte.

Me fui de allí sabiendo mucho de posados en el basalto, pero no me acabé de enterar cómo se encontraba el conflicto en el año 2014. Confieso que, a la vuelta, me sentí un poco tonto.