@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de 2. Hoenn

765

Capítulo 2×09

No hay nada interesante al norte de esta isla. Los vientos arrastran las cenizas del volcán del Monte Cenizo por su ladera septentrional, cubriéndolo todo de una capa de polvo que le da al paisaje de esta zona su característico color gris.

En Pueblo Pardal viven una veintena de personas. No es de extrañar, teniendo en cuenta que las características geográficas locales no lo convierten en un destino atractivo para el turismo y que desarrollar la agricultura bajo una lluvia de ceniza es, siendo optimista, imposible.

-Aquí el negocio local es la ceniza -me dijo Blanca, con quien había cruzado de Sur a Norte el Monte Cenizo aprendiendo lo que ella me enseñaba de Pokémon de fuego. Los lugareños recogen la ceniza que se deposita en las hojas de las plantas, con paciencia, metiéndola en unas bolsas especiales. Es un trabajo duro, pero delicado.
-¿Y qué hacen después con ella?
-La malvenden a los fabricantes de vidrio del Sur. La industria del vidrio transforma las toscas cenizas en finas piezas de arte.

Personas tristes con la cara gris se intuían entre los arbustos, recogiendo pacientemente la ceniza que la atmósfera depositaba en el lugar.

-Son los únicos recolectores de ceniza del mundo. La industria del vidrio es muy dependiente de ellos y ellos lo saben.
-Entonces, ¿por qué venden tan barato su laborioso trabajo? ¿Por qué no emprenden ellos y crean su propia industria de vidrio?
-Las reglas son más complejas de lo que puede parecer en un primer momento. Aquí nadie les prestará el dinero necesario para emprender y, por otro lado, cobran tan poco que jamás lo conseguirán reunir por méritos propios. Aquí no tienen nada más que hacer. Sólo pueden seguir recolectando la ceniza y esperar un cambio.

Capítulo 2×08

La crisis económica internacional también había llegado a Hoenn. Ustedes se preguntarán cómo fue esto posible, si en Hoenn nunca se conocieron gobiernos corruptos ni entidades bancarias usureras.

Como todo mundo fantasioso, el de los Pokémon responde a la imaginación de personas que vivimos en el mundo real. Cuando nuestros pensamientos catastrofistas acerca de la insostenibilidad del Sistema ocupan mucho tiempo en nuestra mente, incoscientemente se trasladan a nuestros sueños; y, en nuestro caso particular, ocurrió precisamente eso. Los habitantes de Hoenn se mostraban cada día más temerosos ante la incertidumbre de un futuro peor y engañados por la creencia común de que todo aquello era culpa suya, sin saber exactamente qué habían hecho para ser culpables.

Aunque todo eso a mí me preocupaba poco, la verdad. Yo por aquel entonces tenía otras preocupaciones, trepando las empinadas laderas del Monte Cenizo para llegar a Pueblo Lavacalda y poder competir contra el líder de gimnasio local, especializado en Pokémon de tipo fuego.

Cuando por fin alcancé mi destino, vi que una chica joven, que se encontraba encaramada sobre un montículo de arena, se encontraba arengando a la población de aquella localidad.

Un par de ojeadas me hicieron suponer que ella debía ser la nueva líder de gimnasio. Era muy joven para ser líder, eso era cierto, pero es verdad que el tipo fuego es uno de los más populares entre los entrenadores de nuevas generaciones, predilección muy respetable que personalmente nunca entendí: el tipo fuego es a mi gusto demasiado ofensivo y con poco potencial para la estrategia, por muy bonitas que sean las acrobacias con llamas que hacen estos Pokémon.

La población de Pueblo Lavacalda no era muy numerosa y sí bastante anciana. Para los que no conozcan la geografía de Hoenn, tengo que aclararles que Pueblo Lavacalda es un famoso lugar de retiro para personas mayores. Situado al Sur del Monte Cenizo, goza de sol, buen tiempo y aguas termales durante todo el año. Peor suerte tienen los que tienen que vivir al Norte del monte; el viento empuja hacia ellos las cenizas de este viejo volcán apagado, arruinando las cosechas, condenándolos a una economía de casi subsistencia y convirtiendo esta ladera en un sitio polvoriento en el que las enfermedades pulmonares restrictivas son un problema endémico.

Sí, yo había llegado a la cara del monte en la que vivían los privilegiados. Fue por eso por lo que me sorprendió el discurso de aquella joven chica.

“No es mi culpa. Yo no soy culpable de la crisis, como quieren hacernos creer. Estudié cuando el Sistema me dijo que tenía que estudiar, trabajo cuando el Sistema me dice que tengo que trabajar; y muy duramente, por cierto. ¿Cómo pueden entonces culpabilizarme de algo en lo que ni siquiera he intervenido?

Pero escuchadme bien, porque tampoco es vuestra culpa. Porque vosotros vivisteis dentro del sistema que os tocó y, en las pocas ocasiones que tuvisteis la ocasión para hacer algo para transformarlo, lo hicisteis. Necesitábais una vivienda, ¿quién no? Entonces pedisteis el dinero y, el que era responsable de estudiar si erais capaces de afrontarla, el que realmente sabe de cuentas, de préstamos y pagos, os engañó y os dio luz verde. ¿Sois acaso culpables por haber confiado?

¿Merecemos el miedo diario al paro, al hambre, a la intemperie? ¿Qué fue eso que tan mal hicimos para soportar recortes cada día mayores en Sanidad y Educación?

Sin embargo, sabed que aún tenemos una responsabilidad, porque los que aún tenemos para vivir dignamente debemos saber que al Norte, viven personas que sufren diariamente penurias mayores que las nuestras. Si nosotros somos perdedores, los hay que nunca llegaron a ganar. Y sí os digo que, si alguna culpa podemos tener de todo esto, fue el no denunciar en su día el secreto a voces que todos conocíamos: que para mantener nuestro Sistema a flote cuando éramos ricos, era necesario condenar a muchos a una pobreza infrahumana.”

¿Es ella la nueva líder de Gimnasio? -pregunté. No parece alcanzar la veintena de años. Eso quiere decir que tendría apenas quince cuando la crisis comenzó. ¿Cómo se llama?
Blanca -me respondió una lugareña entre la multitud.

Capítulo 2×07

Cuando era alumno de Psiquiatría, mi profesora, explicando el trastorno de personalidad disocial, concluyó el debate que suscitó entre los alumnos esta polémica enfermedad con una frase que se me quedó grabada:

-Pero, ¿qué esperáis de una sociedad en la que el que es bueno es tonto?

Según la Lógica clásica, si todo bueno es tonto, para ser listo es necesario ser malo y eso, forzosamente, implica una decisión muy difícil, que es elegir entre que los demás abusen de uno y volver a casa con la conciencia tranquila o bien tener un poco de picaresca, un poco de maldad azucarada, para sobrevivir en el día a día.

Tengo un zubat, uno de esos Pokémon venenosos con forma de gran murciélago. Mi zubat, que por cierto, se llama Ala Triste, es excepcional dentro de su clase y es el mejor Pokémon que he tenido la suerte de encontrar hasta ahora: es rápido, fuerte y prudente. Un análisis estadístico de sus cualidades me ha revelado que mi zubat tiene un percentil superior al 99,6; es decir, entre mil zubat, el mío estaría entre los cuatro primeros. Por si esto fuera poco es leal, obediente y me ha permitido ganar muchos combates contra entrenadores a nivel mundial.

Sin embargo, no hablo de mi zubat en voz muy alta, porque los zubat no son especialmente populares. Tienen la fea costumbre de esconderse en las cuevas y esperar silenciosamente a sus víctimas para abalanzarse sobre ellas y, cual vampiros, morderles y chuparles la vida.

Entonces, ¿mi zubat es malvado o sólo hace lo que debe para sobrevivir? En esta aventura Pokémon que es la vida, ¿se debe renunciar a dar mordiscos y pasar hambre buscando siempre lo éticamente correcto? ¿Es realmente necesario atacar de vez en cuando para seguir adelante?

Ésta es una de las preguntas que me estoy haciendo en esta parte del camino.