@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de 1. Johto y Kanto


Capítulo XX

Ciudad Malva estaba bastante cerca, pero una escarpada cordillera me separaba de ella. Tenía tres opciones para llegar a mi nuevo destino: dar un enorme rodeo cuya duración desconocía, aventurarme en las cuevas esperando encontrar una salida al otro lado de las montañas, o ponerme a trepar cuestas como una cabra.

Yo siempre he optado por el camino más prudente; no obstante, esta vez me dejé llevar por mis instintos y decidí ponerme a escalar la montaña. “Como guiado por una misteriosa fuerza“, dirían algunos cursis y tendrían razón.

Entre las rocas de aquel camino, se escondían personajes de aspecto bonachón, como el Graveler de la foto, que decidió seguirme en mi aventura. Los Graveler son Pokémon muy fuertes, aunque un poco tímidos, que adoptan la forma de piedras para mimetizarse y aparentar que son tipos duros e inquebrantables. Pero en realidad, lejos de su aspecto de criaturas peligrosas, son dadivosos y agradecidos con quienes les dan cariño. Yo doy fe.


Capítulo XIX

Querida Rocíoalma:

He decidido poner punto y final a mis aventuras en la región de Johto; vuelvo a mi tierra, pero llevándome, eso sí, todas las cosas que he aprendido aquí. Ahora mismo me encuentro al sur de Ciudad Endrino, en medio de un bosque de coníferas, y me dispongo a escalar las montañas oscuras en dirección a Ciudad Malva y Ciudad Trigal, donde tomaré el tren de vuelta a casa.

Buho, el Drowzee que me intercambiaste está muy bien, aunque entrenarlo es más difícil de lo que parecía en un primer momento. Al tratarse de un Pokémon de tipo psíquico, tengo que tener siempre la mente clara para evitar que utilice mis debilidades internas para confundirme (cosa que ya ha hecho en algunas ocasiones).

Espero que tú te encuentres bien. Recibí tu carta donde me dijiste que ibas a viajar al norte, a las zonas nevadas, para mejorar tu estrategia con Pokémon de tipo hielo. Cuídate mucho.

Te echa de menos tu amigo, Emilienko.


Capítulo XVIII

Tengo tendencia a ser prepotente. Mi experiencia vital me ha enseñado que nunca queda bien presumir en público de los méritos propios, a menos que lo hagas con amigos muy cercanos. Tampoco es educado hacerlo entre los compañeros de estudio ni de trabajo, pues puedes generar envidias que te den más problemas que alegrías.

Por esto, cuando conozco a alguien nuevo, cada vez me callo más datos de mi vida privada. No me malinterpretéis, no es que yo sea un tipo excepcional y altamente envidiable, pero la verdad es que hablar de cualquier logro que haya tenido, aunque haya sido mínimo, puede serme calificado de pedantería.

Así que hoy no os cuento más, sólo deciros que en mi viaje salí de las montañas y llegué a Ciudad Endrino. ¿Cómo? ¿El gimnasio y la batalla de allí? Ah, sí.. Sí, sí,… gané, sí.

Como conseguí vencer a dragones de tres metros con mis Pokémon, que no llegan a la altura de la rodilla, me lo guardo por obligada modestia.