@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de Médico en proceso

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La última etapa de la residencia empieza cuando redactas el currículum. Pones especial cuidado en que no se te olvide ningún curso, ninguna comunicación, ninguno de los artículos que has redactado. Quieres demostrar a todo el mundo en pocas hojas de papel todo lo que te has esforzado en esos últimos cuatro años que están próximos a acabarse.

El segundo paso es sentarse a pensar a dónde uno está dispuesto a irse y bajo qué condiciones. Ponderar la distancia y las características de un puesto de trabajo no es fácil, especialmente en esta época en la que vivimos en la que encontrar un contrato médico se asemeja casi a la odisea de Ulises.

Cuando comienzan a producirse las conversaciones te das cuenta de que de médico interno residente ya te queda muy poco. En general, todo el mundo es muy amable. Leen tu currículum con curiosidad y te preguntan por tu situación personal para los próximos meses. Sientes incluso un poco de pena por los que se disculpan diciendo que en otra época de mayor bonanza económica te habrían contratado y agradeces a los que para ayudarte te ofrecen lo poco que tienen.

Así es acabar una residencia en el año 2012.

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Llevo veinte años nadando en el desconocimiento.

Nadar es maravilloso. Es sensacional notar cómo el agua fluye por tu cuerpo, llevándose todo el estrés del día y comprobando cómo los problemas de fuera de la piscina huyen del agua. Incluso, cuando a veces se mete agua por la nariz, cada vez se hace más familiar esa sensación que produce el agua llena de cloro al explorar los recovecos de las fosas nasales.

Aunque en el instituto me suspendían la gimnasia, yo he nadado mucho. No soy especialmente rápido, pero cumplo obedientemente los programas de las clases, sin quejarme nunca ni por su dureza ni por su duración.

Eli es maravillosa. Es, sin duda, la mejor profesora que he tenido en toda mi vida. Yo nado todo lo que ella me manda, pacientemente, y resignándome a ser siempre el más lento de la calle.

-Emilio, me estoy dando cuenta de que no haces bien el agarre de crol -me dijo.

En los diferentes estilos de natación, cuando un brazo está debajo del agua, pasa por tres fases: agarre, tirón y empuje. La primera es el agarre, que rechaza el agua nada más entra el brazo en el agua y es fundamental para un estilo correcto. Parece que llevo veinte años nadando mal y nunca nadie se había dado cuenta. De repente, ya no soy tan lento.

Desde hace un par de días le he estado dando vueltas a la cabeza acerca de que si en Medicina no me puede ocurrir lo mismo, hasta que he llegado a la conclusión de que sí, que es así. Todo sanitario, en general, hay cosas que hace mal sin querer porque piensa que las está haciendo bien y no tiene a nadie que se las corrija.

No son raras las veces que durante mi estudio descubro correcciones a mi técnica médica habitual. Y también intento ser receptivo a los consejos de mis colegas (he dicho intento porque reconocer errores siempre escuece). Pero, ¿qué ocurrirá cuando, dentro de unos meses, no estén mis compañeros de siempre, esos que se molestan en decirme cosas como que mi agarre en crol es malo?

Todos los médicos hemos discutido en alguna ocasión con algún paciente; y el que diga que no o es que ha visto pocos o bien miente.

Hace algunas semanas me tocó a mí. Claro que no era la primera vez que me ocurría y, quizás por eso, lo vi venir: a veces puedes sentir cierta predisposición en un paciente hacia un enfrentamiento desde el primer momento de la consulta.

La experiencia es un grado y uno va aprendiendo con la práctica a evitar estas situaciones. Pero hay días en los que, tal vez porque te has levantado más irritable de lo normal o porque el paciente, con un comentario incisivo, te alcanza en tu punto débil, entras al trapo y la discusión se genera. Has caído en la trampa cuando piensas: “Tú, paciente, entras en una jungla que no es la tuya y tienes la osadía de plantarte ante el león y pisarle la cola”.

Si caes en el vórtice de la discusión, es muy difícil salir de él, porque las dos únicas escapatorias son la resignación o la huída y generalmente ninguna de las dos partes está dispuesta a ello. Yo suelo escapar indicando al paciente que, si tan descontento está con mi praxis, que me ponga una reclamación, que discutiendo no vamos a solucionar nada, que mejor nos centremos en solucionar su problema y, que si no, las reclamaciones se ponen en la planta baja.

No hubo reclamación, pero puedo asegurar que el enfado me duró a mí más que al paciente. En concreto, porque estuve ofuscado durante cuatro días.

Tanto me duró el enfado, que me planteé si el motivo de que no se me pasara era que yo no tenía razón. Pensando acerca de la situación, recapacité acerca de qué era lo que me había llevado a ella. Y pronto me di cuenta de que el motivo era que estaba intentando tratar una enfermedad en un paciente conflictivo, cuando lo que se debe hacer es tratar a un paciente conflictivo con una enfermedad.

“Ver al paciente como conjunto” y “ver a los enfermos y no a las enfermedades” son axiomas que nos repiten hasta la saciedad en la Facultad y en los cursos de formación complementaria. Pero no ha sido hasta hace unas semanas cuando no he comprendido lo que realmente significan.

No es sólo tratar una enfermedad en un paciente de tales características, sino tratar una enfermedad en un paciente de tales características que cuando lo estoy viendo se siente de tal modo debido a tal otro motivo.

Procuré en mis guardias siguientes prestar atención a este aspecto. Ya no se trataba de taponar la nariz de un paciente hipertenso con una epístaxis del mejor modo posible, sino de taponar la nariz de un paciente hipertenso que se encuentra irritable y nervioso porque le da miedo la sangre del mejor modo posible. Ya no se trataba de sajar un absceso periamigdalino en una joven estudiante sin antecedentes de interés del mejor modo posible, sino de sajar un absceso periamigdalino en una joven estudiante sin antecedentes de interés que está preocupada porque desde las últimas horas no es capaz de abrir la boca y no sabe si se le va a pasar del mejor modo posible.

No eres capaz de discutir con una persona si, desde el primer momento, estás en un nivel superior. Pero no un nivel superior de autoridad, sino en un nivel superior en la relación, cuando conviertes la predisposición a la discusión en otro problema que abordar y resolver durante la consulta.

Y no quiero pecar de cursi, ni tampoco mi intención es intentar aparentar ser buen médico, pero desde que me esfuerzo en encontrar las diferencias entre los pacientes y tratarlos según estas diferencias, las guardias, que a estas alturas de mi residencia, se me antojaban rutinarias y repetitivas, han recuperado la capacidad motivadora que perdieron hace tiempo.