@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de Médico en proceso

Estás explorando a un paciente y entonces te das cuenta de que vas a necesitar un TAC. Acabas la exploración y, cuando vas a coger el volante para solicitarlo, te paras en seco y le preguntas a tu ayudante:

-¿Cuántos TACs llevo pedidos ya hoy?
-Con éste hacen cinco.

En ese momento te detienes y te planteas de forma semiconsciente si el TAC que ibas a pedir era realmente necesario.

Algunos compañeros y yo, todos en los primeros años de nuestro ejercicio, hemos bautizado a esta situación “el síndrome del quinto TAC”, que consiste en un sentimiento de responsabilidad hacia el consumo de recursos que ocurre al haber indicado muchas veces una misma prueba complementaria en diferentes pacientes a lo largo de un mismo día.

Cuanto más cara sea la prueba que se solicita, antes se comienza a sufrir el síndrome del quinto TAC: respecto a los análisis de sangre, difícilmente comenzará a sufrirse antes de pedir el décimo; si hablamos de resonancias magnéticas, el sentimiento comenzará a partir de ordenar la tercera.

Los médicos somos educados en las limitaciones de los recursos del sistema sanitario: el presupuesto es finito y por tanto debe utilizarse de forma racional. Está bien que sepamos esto. Pero este hecho no implica que no se prescriba la prueba complementaria a quien realmente la necesita.

La prescripción responsable bien entendida significa no solicitar pruebas para aquel que no las necesita; pero eso es algo muy diferente a plantearse la necesidad de un estudio en aquellos en los que está indicado.

Aunque parezca muy obvio, es fácil caer en la trampa del síndrome del quinto TAC y escatimar en lo que es necesario, sobre todo en principiantes como nosotros. Afortunadamente, mis compañeros y yo hemos identificado este sentimiento semiconsciente, y pedimos ese quinto TAC mientras esté indicado, sin pensar en cuántas veces se hemos solicitado ya esa prueba a lo largo del día.

Inscripción en el LXI Congreso de Otorrinolaringología de Valencia (en tarifa de Residente y con mucha antelación): 171,10 euros.
Alojamiento de tres noches (en hotel no oficial más económico y en habitación doble compartida): 200 euros.
Avión Sevilla-Valencia (reservado con bastante antelación en low-cost): 77,74 euros.

En total, el precio de mi empeño y cabezonería por no ser subvencionado para asistir al Congreso es de 448,84 euros, sin incluir dietas ni taxis.

Si escribo esto no es por protestar del precio, que yo acudo a Valencia de forma completamente voluntaria. Si escribo esto es porque creo que es bueno que la población sepa que muchos médicos invertimos nuestro tiempo libre y nuestro dinero para mejorar nuestra formación.

Javier es uno de mis compañeros residentes de Otorrinolaringología. Hemos pasado bastante tiempo juntos trabajando en el hospital y hemos tenido tiempo para hablar de muchas cosas.

Trabajamos mucho buscando la calidad -le dije un día- pero no nos preocupamos apenas de la percepción de la calidad.

Una de las grandes injusticias de la asistencia médica es que lo contento que esté el paciente con el médico no siempre se corresponde con la calidad de la actuación del médico: se ven a menudo pacientes no tratados adecuadamente que hablan maravillas de su médico y pacientes con tratamientos brillantes que sólo tienen palabras negativas para él.

Si me preguntáis qué es más importante, si poner un tratamiento de calidad o que el paciente crea que está siendo tratado con calidad, me decanto por lo primero: es deseable tener a pacientes bien tratados y descontentos. Sin embargo, lo digo con la boca chica, pues se me vienen a la cabeza docenas de ejemplos en los que el paciente está recibiendo un tratamiento no muy acertado pero, al estar tan contento con la praxis del médico que le ha atendido, se encuentra mejor.

¿En qué debo trabajar entonces? -me preguntó Javier. ¿En hacer medicina de calidad o en ser un médico que haga creer a la gente que está recibiendo medicina de calidad? Es posible hacer las dos cosas a la vez pero, si durante la consulta estoy pensando en dar una apariencia o en causar una impresión positiva, no estoy todo lo concentrado que debería para decidir si debo hacer un TAC o no; o de decidirme por un tratamiento u otro.

No tengo una respuesta rotunda para la pregunta de Javier que sea aplicable universalmente. De hecho, le llevo dando vueltas a este texto meses antes de proponer mi solución.

Yo sugiero que el profesional no trabaje ni pensando en dar una asistencia de calidad ni pensando en dar una apariencia de asistencia de calidad. El profesional debe trabajar intentando fomentar su empatía. La empatía, esa virtud que es tan fácil de olvidar en esta profesión cada vez más deshumanizada (a mí me ocurre el primero), permitiría a la vez causar una buena impresión en el paciente, al percibir éste interés por parte del sanitario que le atiende. Por otro lado, al interiorizar mediante la empatía el problema del enfermo, no tendremos problemas para proponerle el tratamiento que creamos más acertado para él.

Pero claro, empatizar con los pacientes no sólo es difícil, sino que hace más probable que te lleves los problemas a casa. Quizás el truco sea trabajar sintiendo, y no actuando ni fingiendo.