@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Contemplé un rato la pestaña de aquella caja de medicinas, sin poder creerme que, al arrancar la solapa de la caja con prisas, se hubieran dejado el nombre del medicamento detrás.

Eran las tantas de la madrugada de mi segunda guardia consecutiva y tuve que ponerme a jugar a las adivinanzas.


La sesión clínica es ese momento terrible de la vida del médico residente en el que tiene que explicar un tema del que sabe muy poco a un grupo de médicos adjuntos que conocen profundamente ese tema en cuestión.

Es más o menos como ponerte delante de Stephen Hawking y explicarle que dos por dos son cuatro; o como convencer a Fernando Lázaro Carreter de que “haber” se escribe con H y con B.

Para añadir intensidad al asunto, las sesiones ocurren a la bonita hora de las ocho de la mañana; y a pesar de que tú a esa hora tienes el cuerpo cortado por los nervios y por haber dormido mal, los médicos adjuntos se sienten en plena forma y te realizan continuamente preguntas dificilísimas que normalmente no sabes responder.

Sólo espero no decir cosas que estén mal, como hice en mi última sesión…

Foto: Primera diapositiva de mi presentación.


No son raras las veces que, al preguntar la medicación que toma un paciente anciano, saca del bolsillo todas las pastillas.

Guardan las pastillas juntas, desordenadas, de forma que son difíciles de diferenciar.

El problema de los ancianos polimedicados es frecuente y creciente en número. Si al gran número de medicamentos que tienen que tomarse los ancianos, sumamos que no es raro que padezcan problemas de memoria, de vista y de tacto, obtenemos un lío de medicinas que puede tener consecuencias nada deseables: hipoglucemias, bajadas de tensión, hemorragias por exceso de anticoagulación, etcétera.

Por mi parte, me comprometo a partir de ahora a explicar mejor a mis pacientes el uso de los medicamentos que prescribo, especialmente antibióticos y corticoides.

Foto: Las pastillas de mi abuelo.