@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Como sabéis, llevaba mucho tiempo queriendo comprarme un Mac; pero debido a que son más caros que el resto de los ordenadores y a que no usan Windows, no acababa de decidirme.

El viernes pasado, (todo sea dicho de paso, después de haber asistido a la muerte repentina e inesperada de una paciente joven) me asaltó ese sentimiento que a veces sufrimos los médicos acerca de la fragilidad y brevedad de la vida y de la necesidad de vivir el momento. Así pues, ni corto ni perezoso, tras salir del hospital, me fui a la tienda Mac de Los Remedios y pagué una cantidad nada despreciable por mi nuevo ordenador.

Llegué a casa feliz. Ya sé que no está demasiado bien obtener felicidad con las cosas materiales; pero bueno, la verdad es que yo estaba bastante contento. Tal era mi alegría, que obligué a mis familiares a asistir al proceso de desembalado y de montaje del ordenador.

Pasé más de cuatro horas jugando con el nuevo sistema operativo, me fui a la cama, dormí pocas horas y a las siete de la mañana del sábado siguiente, muerto de impaciencia, me levanté para seguir probando mi nuevo juguetito.

Sin embargo, con la luz del día, me di cuenta de algo de lo que no me había percatado la noche antes: el cristal de la pantalla tenía un pequeño picotazo.


-Hazlo.
-Es mucho dinero.
-Hazlo. Cómpratelo.
-Tengo que ahorrar.
-Has estado trabajando desde que acabaste el MIR; no has tenido ningún regalo contigo mismo; ¡ni siquiera te has ido de vacaciones!
-Voy a tener muchos gastos en otoño, no debería despilfarrar mi dinero así.
-Necesitas un ordenador nuevo; tu portátil no vivirá mucho tiempo más.
-Déjame.
-Tú sabrás… tanto que te quejas del cambio climático y el portátil que tienes ahora se calienta tanto que seguro que el calor que genera ha fundido varias toneladas de hielo del Ártico.
-No estoy seguro de querer cambiarme a Mac.
-Sí estás seguro.
-No estoy seguro de confiar en una marca cuyo presidente acude a ruedas de prensa en vaqueros. Y no hay más que pensar.

Volví a casa con las manos vacías. Así supe, solo ante aquel escaparate de la tienda Mac, que me había condenado a ser un tacaño conmigo mismo para siempre.