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Cuando se llega a la veintena, el mítico juego de adolescentes de “beso, atrevimiento o verdad” se desglosa en tres juegos diferentes, que tienen en común que evalúan la capacidad personal de juicio y de toma rápida de decisiones.

Por ejemplo, el juego del beso consiste en encontrar el momento más adecuado para dar un beso a la persona deseada. La decisión de dar el beso ha de ser fugaz, pues si bien un beso en el momento justo puede ser muy placentero, adelantarse o retrasarse escasos segundos a este momento puede tener consecuencias catastróficas.

El juego del atrevimiento consiste en clasificar a las personas en una escala ordinal con seis puestos en función del coraje que demuestran en sus acciones cotidianas. Los grados 1 y 2, indeciso y tímido, no muestran atrevimiento suficiente en sus vidas. Valiente y osado, grados 3 y 4 respectivamente, poseen dosis óptimas; y por último, inconsciente e impulsivo, los grados 5 y 6, se caracterizan por un exceso.

El último juego, el juego de la verdad, consiste en aderezar lo que realmente pasa con las dosis mínimas de tacto, delicadeza e incluso hipocresía que permitan evitar al receptor un duro revés de realidad, pero que no hagan que el emisor sea etiquetado como falso.


El juego de los países consiste en adivinar la regla lógica que permite elaborar una cadena válida formada por los nombres de tres países. Por ejemplo, Níger seguido de Sudán y luego de Zaire es una cadena bien construída; sin embargo, Tanzania, Angola y Namibia, no.

Esta regla de construcción de cadenas es tan simple que cuesta trabajo descubrirla. Tras haber sido árbitro en muchas ocasiones, he comprobado que los niños encuentran la regla en pocos minutos sin dificultad ninguna, y que los adultos necesitan varias horas.

Tal vez deberíamos plantearnos las ventajas que tendría ver nuestro mundo con los detalles que sólo los niños pueden apreciar y que nosotros, los adultos, debido a nuestro aprendizaje vital, hemos ido despreciando.


El juego del monopolio es una versión peculiar del Monopoly ideada por los adultos.

La principal diferencia con el juego de mesa consiste en que los precios de compra y venta son fluctuantes, de modo que los títulos de propiedad se pueden adquirir a diferentes precios en función del número de participantes y de los terrenos que queden por vender. Esta nueva regla impuesta recibe el nombre de Ley de la Oferta y la Demanda.

Sin embargo, el espíritu básico del juego no ha sido alterado. Los jugadores pueden dar infinitas vueltas al tablero sin que encuentren la propiedad idónea en la que gastar sus ahorros. Además, el juego sigue premiando a aquellos que comenzaron a comprar desde el principio todas las calles a diestro y siniestro, siendo más probable que sean ellos los que consigan llegar a una meta que no está dibujada y que consiste en hacerse con el monopolio del tablero.