@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Era la una de la mañana y Jorge y yo estábamos tomando un refresco disfrutando del calor del mes de julio en nuestra capital. Aunque a esas horas lo más adecuado parece ponerse a ligar, ligar es aburrido y siempre lo mismo; así que nos quedamos hablando de Matemáticas, que a esas horas resulta estimulante.

-Oye, Jorge. Siempre se me olvida, ¿cómo se resolvía la tercera parte de la paradoja del Hotel del Infinito?

El Hotel del Infinito es un delicioso problema en tres partes ideado por el matemático alemán David Hilbert que dice así: “Érase una vez en la que decidieron construir el hotel más grande del mundo. Era tan grande, tan grande, que en el hotel había infinitas habitaciones. Su construcción fue una difícil tarea, pero consiguió terminarse.”

PARTE UNO

Un día, se encontraban todas las habitaciones ocupadas. Entonces llegó a la recepción un nuevo huésped, pidiendo una habitación para él. Aunque al principio, el recepcionista le dijo que el hotel estaba lleno, más tarde se le ocurrió una estratagema para conseguir alojarlo. Cogió el sistema de megafonía y pidió a todos los inquilinos que se trasladaran a la habitación superior: el que estaba en la habitación 1 debía pasar a la 2; el que estaba en la 2, a la 3; el que estaba en la 3 a la 4. En resumen, el huésped de la habitación “n” pasaba a la habitación “n+1”. Con este sistema, se consiguió liberar la habitación 1, que es donde se hospedó este último en llegar.

PARTE DOS

Todo se complicó al día siguiente cuando, estando el hotel de nuevo completamente lleno, llegó a la recepción un autobús que dentro transportaba a infinitos turistas. El método aplicado el día anterior no funcionaba, pero el recepcionista tuvo una idea feliz. Cogió de nuevo el micrófono y pidió a cada uno de los alojados que multiplicara por 2 su número de habitación y se trasladaran a la habitación cuyo número fuera el resultado de la multiplicación. Así, el número 1 se cambió a la habitación 2; el 2, a la 4; el 3, a la 6 y en definitiva el “n” a la “2n”. De este modo, consiguió dejar vacías todas las habitaciones impares. Como el número de habitaciones impares es infinito, allí alojó a todos los turistas del autobús.

PARTE TRES

La catástrofe ocurrió al tercer día cuando el recepcionista, encontrándose otra vez el hotel totalmente ocupado, tuvo que alojar a infinitos autobuses con infinitos turistas cada uno.

-Jorge, ¿cómo se resolvía esa parte?
-Ahora mismo, aquí, no me acuerdo. Pero creo que estaba relacionado con asignar números primos a los que llegan en los autobuses.

Tras pensar durante un rato y sin conseguir recordar la solución original, Jorge propuso una solución y yo otra diferente. Cada una tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pero os dejamos que meditéis el problema un par de días para ver si conseguís aportar un método mejor que el de Jorge o el mío.

Para que los guiris que viven en mi casa fueran dejando algún tipo de recuerdo de su estancia, decidí enmarcar un mapa mudo y colgarlo en la pared. Elegí los mapas de la editorial Vicens Vives, que los recordaba de mis clases de Geografía del colegio como los de mejor calidad, con sus países en colores agradables y sus fronteras precisas.

Más tarde, les di a cada uno de mis huéspedes una banderita hecha con papel de pegatina y un alfiler a modo de mástil, para que la clavaran en el mapa sobre su ciudad de origen. Poco a poco, el mapa se ha ido llenando de banderas que a mis visitas les encanta curiosear.

Sin embargo, uno de mis extranjeros puso un día una objeción:

-Sí, claro, yo pongo la banderita sobre mi ciudad, pero ¿te importaría hacerle un cambio? Verás, yo no me identifico con la bandera de mi país; prefiero marcar dónde vivo con la bandera de mi región.

La polémica estaba servida. A mí personalmente me daba igual que se marcara en el mapa con la insignia que le diera la gana, pero me daba un poco de reparo que, el próximo guiri que viniera de su mismo país se sintiera un poco incómodo al ver una zona de su nación con una bandera regional encima. No quería que a mi nuevo invitado le ocurriera lo mismo que me pasó a mí hace ocho años.

Hace ocho años, participé en un encuentro de jóvenes europeos en Alemania. Una de las actividades de presentación consistía en que cada uno de los países participantes colgara un gran pliego de papel en blanco en la sala común, para que cada uno de los participantes de los otros países escribiera sus opiniones sobre él.

Mi compañera Beatriz y yo cogimos un buen pedazo de papel de estraza, escribimos con letras mayúsculas ESPAÑA en la parte superior y dibujamos al lado del nombre una bandera roja y gualda. Colgamos el gran cartel en la pared y periódicamente íbamos a ver qué era lo que los otros participantes en el encuentro iban poniendo en él.

La mayoría de los participantes dibujaba toros, flamencas y castañuelas, que era lo que conocían de nuestro país. No me sorprendió mucho que nos conocieran por eso; lo raro habría sido que supieran algo de nuestra política económica, que no es especialmente brillante. Una mañana, amaneció el cartel con una gran bandera colgada encima: era una bandera gallega con una estrella roja en su mitad. Bajo ella, alguien había escrito GALICIA LIBRE.

Extrañados por lo sucedido, Beatriz y yo fuimos preguntando a mis compañeros si sabían quién había colgado eso en nuestro cartel y por qué. Una chica italiana se identificó como la autora.

-Lo he hecho yo. Lo he hecho porque el año pasado estuve de vacaciones en Galicia e hice unos amigos de allí que me enseñaron los motivos por los cuales Galicia debe ser una nación independiente y la opresión que España lleva ejerciendo tantos años sobre ella.

Quizás ahora habría actuado de otra manera. Pero con mis diecinueve añitos de entonces se me ocurrió responder:

-Ya. Bueno verás, no voy a pedirte que la quites, pero sí que me gustaría que supieras que no me resulta nada cómoda esta situación.

La chica no la quitó. Los monitores del encuentro decidieron que, como el objetivo del ejercicio era la libertad de expresión, no era adecuado retirar la bandera gallega aunque fuera independentista, aunque coincidieron que aquello era algo bastante violento para todos. La bandera se quedó clavada en el póster de España hasta el último día.

Volviendo al presente y a mi mapa, una vez que hubo ido mi invitado yo tenía tres opciones: dejar la bandera regional que él había colgado, sustituirla por una bandera nacional o guardarla en un cajón para evitar conflictos. ¿Cuál de las tres cosas habríais hecho vosotros?

-…entonces ahora vas a vivir con una inglesa. En fin, allá tú.
-¿Por qué?
-Bueno, ya sabes. Los ingleses no tienen fama de ser muy limpios.

Odio los estereotipos. Quizá porque soy andaluz y sé lo que es un estereotipo: todo un lastre con el que hay que cargar cuando uno sale fuera de casa. Si fuera madrileño y tuviera que aguantar la fama de chulito pensaría: “Dirán eso de mí porque tengo en mi ciudad muchas cosas de las que presumir“. Si fuera catalán y tuviera que aguantar la fama de tacaño pensaría: “Seguramente sea por la envidia de vivir en uno de los lugares de España más desarrollados económicamente“.

Ser andaluz y tener que soportar la fama de vago cuando resulta que trabajo 56 horas semanales en promedio y cuando sentarme en mi sofá se ha convertido en un lujo infrecuente me toca los órganos pares, por decirlo finamente.

Volviendo a la inglesa, lo triste del caso es que el comentario acerca de su higiene se me quedó grabado en el subconsciente. Eso es lo malo de los estereotipos y de los chistes racistas, homófobos y de leperos: tú siembra, que algo queda.

El caso es que dos días después de haber mantenido esa conversación, mientras pasaba por la puerta del dormitorio de la pobre chica, percibí un olor inconfundible. De allí dentro venía un intenso olor a sopa de tomate. Con cebollas. Sopa de tomate con cebollas.

Aquel olor se me fue convirtiendo en toda una obsesión y con poca solución: desde luego no podía entrar en su cuarto a buscar restos de comida y no me parecía cortés preguntarle si guardaba verduras debajo de la cama.

Llegó el día en el que la inglesa abandonó mi casa. Ni cinco minutos después de que se hubiera ido, me calcé un par de guantes dispuesto a desinfectar su habitación. Me dio bastante vergüenza comprobar que había sido la huésped más limpia que había tenido: ni siquiera encontré un triste pelo debajo de su cama.

Y seguramente os preguntaréis de dónde venía el olor. Tras un par de días, descubrí un trozo de cebolla, que seguramente a algún vecino de arriba se le habría caído por la ventana de la cocina. El trozo había aterrizado sobre una máquina de aire acondicionado y, con el calor que ésta desprendía, se había ido tostando lentamente.