@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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La humanidad está siendo aniquilada por una raza cruel que viene del espacio y sólo yo conozco el secreto para librarnos de su amenaza.

Justamente cuando me dispongo a iniciar mi ataque, se me aparece el líder de nuestros verdugos, que me propone unirme a su maquiavélico plan sobornándome con una vida eterna y libre de enfermedad para mí y para todos mis familiares y amigos.

Viendo que su oferta no es suficiente para aliarme con él, añade a su regalo un enamoramiento recíproco eterno y perfecto para toda la eternidad.

Suena mi móvil y despierto. Acaba de terminar una guardia de veinticuatro horas.

Nota mental: Los maratones de series de ciencia ficción pasan factura de un modo u otro.


He tenido varias veces ese sueño en el que me diagnostican de leucemia. Lo más curioso es que es un sueño por capítulos: cada noche mi historia con la enfermedad avanza un poquito.

El último episodio lo tuve hace unos meses. En él, estoy en la calle San Jacinto con una chica (¿quizás Rocío?), es Lunes Santo y está pasando el misterio de la hermandad de San Gonzalo. Es un poco paradójico soñar con tener leucemia y estar esperando a la Virgen de la Salud.

En esta ocasión no hay conversaciones; tan sólo pienso mientras veo la cofradía. Pienso en que en ese momento estoy experimentando un extraño sentimiento mezcla de fragilidad, incertidumbre y necesidad de disfrutar de una vida cuya duración desconozco.

Foto: Misterio de San Gonzalo en la calle San Jacinto.


-Hazlo.
-Es mucho dinero.
-Hazlo. Cómpratelo.
-Tengo que ahorrar.
-Has estado trabajando desde que acabaste el MIR; no has tenido ningún regalo contigo mismo; ¡ni siquiera te has ido de vacaciones!
-Voy a tener muchos gastos en otoño, no debería despilfarrar mi dinero así.
-Necesitas un ordenador nuevo; tu portátil no vivirá mucho tiempo más.
-Déjame.
-Tú sabrás… tanto que te quejas del cambio climático y el portátil que tienes ahora se calienta tanto que seguro que el calor que genera ha fundido varias toneladas de hielo del Ártico.
-No estoy seguro de querer cambiarme a Mac.
-Sí estás seguro.
-No estoy seguro de confiar en una marca cuyo presidente acude a ruedas de prensa en vaqueros. Y no hay más que pensar.

Volví a casa con las manos vacías. Así supe, solo ante aquel escaparate de la tienda Mac, que me había condenado a ser un tacaño conmigo mismo para siempre.