@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Exactamente no tengo claro cuándo comenzó esto. Sólo sé que cuando era niño no me pasaba y que en la adolescencia, sí. No me parece algo demasiado raro. En la adolescencia cambian muchas cosas del cuerpo. A mí me coincidió con el acné: se me llenó la cara de granos y espinillas y comencé a abrir puertas.

Claro que por aquel entonces yo no le daba demasiada importancia, porque me gustaba la delegada de tercero de BUP, que me sacaba tres años y que me ocupaba la mayor parte de mis pensamientos. Creo que la idea de mantener lo de mi capacidad en secreto vino precisamente por esta chica. Yo fantaseaba con decirle personalmente “Hey, oye, soy un tío estupendo, que te va a querer como nunca te ha querido nadie y que además, escúchalo bien, ¡soy capaz de abrir cualquier puerta cerrada sin usar la llave!”, y entonces ella se volvería loca y nos besaríamos durante horas y se convertiría en chica Marvel raptada por un supervillano, que la raptaría en una torre de la que yo la tendría que rescatar.

Nunca se lo dije; nunca tuve el valor de declararme. A ver, si la estáis imaginando estúpida, no era estúpida. De hecho, una vez me dirigió la palabra y me sonrió y me dijo que tocaba muy bien la guitarra. Pero no soy tonto; si me hubiera declarado, tengo claro que el acné habría tenido más peso que lo de las puertas y me habría dicho que no. A día de hoy, lo sigo teniendo claro. Es que por aquel entonces yo tenía mucho acné. Mucho.

Pero no era esto lo que yo quería contar. Es que son tantos años de silencio, que ahora me parece que quiero soltarlo todo de una vez. De lo que yo quería dejar testimonio hoy era de cómo me di cuenta de que era capaz de abrir cualquier puerta. De mi prueba de fuego.

Por aquel entonces, yo ya me había dado cuenta de que las cerraduras de las casas y los cerrojos de los portones no suponían ningún esfuerzo. Apoyaba la mano y cedían automáticamente. Pero claro, sólo sabía que funcionaba con cerraduras normales: el portón de la calle, la puerta de casa, el pestillo del cuarto de baño. Un día decidí que tenía que saber si realmente yo era capaz de abrir cualquier puerta.

Era un lunes de invierno por la tarde y dije que había quedado para ir al centro. Cogí el autobús y me bajé en la Puerta de Jerez. La estrategia había sido cuidadosamente planificada para no levantar ninguna sospecha. A paso intermedio, me dirigí a la capilla que está en esa plaza; nunca he sabido cómo se llama esa capilla. Los de Sevilla sabréis cuál es. Y también sabréis que tiene un gran portón y que da igual a qué hora se pase por allí: siempre está cerrado.

Bajé por las escaleras ante el portón, sin titubear en ningún momento. Y apoyé la mano sobre la puerta, como si realmente tuviera la llave y quisiese abrirla. Pude notar que estaba cerrada y, a la vez, cómo cedía ante mi mano hasta entreabrirse.

No me emocioné. Con el gesto indiferente y con calma simulada, me di la vuelta y rodeé la capilla para subir por la calle San Gregorio. Fue entonces cuando me invadió el agobio y eché a correr. Nunca me había dado cuenta antes de que esta calle era tan cuesta arriba. Callejeé por el barrio de Santa Cruz hasta salir a los Jardines de Murillo, con miedo a que alguien me hubiera visto y me pudiera estar siguiendo, hasta coger en la Diputación a la carrera el autobús de regreso a casa. Llegué, me encerré en mi cuarto y me coloqué en posición fetal sobre mi cama.

Aquel día lo supe: podía abrir cualquier cosa. El corazón me latía con tanta intensidad que me podía sentir los latidos en el cuello.

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En primer lugar, quiero dar las gracias a mi amigo Emilio por prestarme su blog para contar esta historia. Ya sé que, a día de hoy, es gratuito abrirse un blog en cualquier plataforma, pero es un rollo comenzar en el anonimato, sin apenas lectores y sin impacto ninguno en internet. Mi historia tiene impacto suficiente como para merecerse un comienzo mejor.

Ya he cumplido los treinta años. No quiero decirles exactamente la edad que tengo, ni tampoco mi nombre, porque esta ciudad es pequeña y se me reconocería en seguida. Porque eso sí lo he decidido, desde ya les digo que nací en Sevilla y que sigo viviendo en esta ciudad.

Como no tengo nombre y eso es de mala educación, he decidido apodarme Keyman para ustedes. Sobre mi apodo quiero aclarar dos cosas. Para empezar, significa eso, hombre-llave. En segundo lugar, se pronuncia “quiman” con acento en la i. No se pronuncia “queiman”, que me recuerda a caiman o a queimada. No, no. Es “quiman”. Como He-Man. Yo soy de los ochenta.

Pero yo no me parezco a He-Man. Ni siquiera tengo el mismo pelo. Yo soy moreno y mileurista; es decir, me corto el pelo en casa con maquinilla. Tampoco tengo ni sus pectorales ni sus abdominales. Los pectorales son para los que pudieron ir al gimnasio en los primeros años de la Universidad y los abdominales para los que salen en ese programa de mediodía de Telecinco en el que un montón de tías se disputan a un chaval que las va seleccionando poniendo nota a las citas que mantiene con ellas.

Volviendo a lo que me traía por aquí, yo quiero ser conocido como Keyman porque soy capaz de abrir puertas cerradas. Da igual que le den dos vueltas a la llave, que pongan un cerrojo o que bloqueen la puerta con una clave de seguridad, que yo la abriré. Soy el Uri Geller de las puertas. Un poco mejor que Uri Geller. En internet dicen que lo de que Uri Geller doblaba cucharas era un truco y que lo de que ponía relojes a andar se debía a la batería residual de las pilas gastadas.

En lo mío no hay ni trampa ni cartón. Yo abro cualquier puerta cerrada. Sólo tengo que apoyar la mano en la hoja y ésta se abre. Mi técnica sólo tiene un problema. Luego soy incapaz de cerrar lo que abro.

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Que, de repente, millones de españoles se pregunten qué es la prima de riesgo, es Indignación, con mayúscula.

No me gusta que se identifique la Indignación con el movimiento 15M porque, en un país en la situación que tenía España en el año 2011, el movimiento 15M no fue nada más que la expresión pública de unas preocupaciones que se venían gestando desde hacía tiempo.

Yo fui parte de ambas, tanto de la Indignación como del 15M y, un año después del inicio del movimiento, sigo indignado.

Indignado, por ejemplo, de que haya calado en la mente de los españoles que la culpa de la situación actual era que “habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades” cuando, durante la época de bonanza, los mismos que ahora nos culpan eran los que aplaudían nuestro crecimiento económico.

Indignado, por ejemplo, de que de repente, el sistema sanitario español, que nos hacía sentir orgullosos y generosos por su capacidad de otorgar atención universal a cualquier ciudadano del mundo, haya pasado a sentirse como algo que sólo se merecen los que “hacen algo productivo por este país”.

Indignado, por ejemplo, de que comience a verse necesario restringir el derecho de reunión para evitar disturbios, disipando las manifestaciones como herramienta para expresar malestar.

Al menos aún nos queda la libertad de expresión. Esta semana de aniversario, yo brindaré por ella sacando la banda blanca de papel, con mi nombre escrito en ella con letras rojas, que nos identificaba a los sanitarios del 15M en Sevilla.