@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de Pesadillas

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La cuadrilla de defensa se organiza en el salón de casa, donde esta tarde nos reunimos una veintena de personas que esperamos con impaciencia a Jorge.

Jorge llega cargado con una saca llena de rifles y nos reparte uno a cada uno pero, conforme me tiende el mío, veo cómo le tiembla sutilmente la mano. A mí, que no se me da bien fingir, se me palidece la cara y cambia la expresión, puesto que el bueno de Jorge está siendo controlado por esa idea rara, que nadie sabe qué es, pero que causa que los cuerpos tiemblen.

Agarro el rifle y dudo por un momento en dispararle, aunque al final decido no hacerlo, que yo asesino no soy, y prefiero salir huyendo escalando por el ojo de patio. Tres pisos trepando por las rejas y aún me duelen los brazos y eso que esto ocurrió ayer y pasó en sueños.

De repente, estoy infiltrado en una reunión de magnates de algo en Nueva York, de esos que deciden el futuro de la Humanidad, donde todos ya tiemblan. Estos señores tiemblan mucho, tiemblan más que Jorge, tiemblan tanto que a algunos les salen disparados sus brazos y piernas y han tenido que cosérselos al cuerpo como mejor han podido.

Estos magnates discuten sobre si deberían tomar medidas para que toda la especie humana comience a temblar o bien si es suficiente con que sólo tiemblen unos pocos y estos exploten laboralmente a los que nunca temblaron.

Mientras elucubro cómo hacer frente a la amenaza, descubro que una mujer alta y delgada con el pelo corto intenta hacer como la que tiembla. Es otra infiltrada en la reunión, al igual que yo, y mira que hay personas en el mundo, resulta que es Rosa Taberner, una de las tres dermatólogas del MIR 2.0.

Rosa lleva puesto un aparato que la hace temblar y en el que cree que está la solución para salvar el planeta. Ella y yo nos reconocemos, me lleva aparte en la reunión y se dispone a explicarme qué debo hacer para terminar con esta locura.

Pero antes de que me explique su plan, le pido permiso para ir al cuarto de baño; que esto es un sueño, que son las seis y media de la mañana y que mi vejiga del mundo real se cree con el derecho de enviar también mensajes a mi subconsciente.

Junto a la pared del cuarto de baño está mi vecino José Antonio, que piensa que esto de que toda la humanidad tiemble es un error, que el acaba de ir al baño y que lo ha puesto todo perdido. José Antonio tiene la solución para terminar con el problema de la población temblante, que consiste en que todos, los que tiemblan y los que no, de repente se den cuenta de que todo es un sueño. A la de una, a la de dos y a la de tres.


Cuando abro los ojos, ya hay algo de luz en el cielo. Me gusta soñar con historias, sobre todo si estas tienen un final y especialmente si el final es bueno.

Mientras pienso sobre qué ha querido decir mi sueño, me doy cuenta de que el hecho de que toda la humanidad despierte de una vez de un disparatado sueño político y se dé cuenta de que estaba cometiendo un error no es un hecho poco común.

Se me ocurren decenas de ejemplos, tanto nacionales como internacionales, en los que poblaciones han otorgado votos de confianza a políticos con ideas ridículas y, de repente, a la de una, a la de dos y a la de tres, todos descubren que ha sido un error e intentan despertarse.

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Todos nos encontramos en esa pequeña sala, todos los vivos, todos los que ya murieron y todos los que aún tienen que nacer, a los que llaman nascituri.

La sala es pequeña, pero nadie se pregunta cómo nos las apañamos para caber allí; esto ocurrirá en el futuro y, en el futuro, nuevos adelantos habrán sido descubiertos que permitirán esta y cosas aún más raras para los ojos de los que somos habitantes del siglo XXI.

El momento que todos esperan se producirá en breve. Nos explican que los sujetos tendremos que agruparnos en parejas: cada miembro de la pareja liberará al otro miembro de su existencia en el tiempo; esto sólo se puede hacer de dos en dos. Con este ritual, cada humano dejará de experimentar su existencia en el tiempo de forma lineal y comenzará a percibir su vida como un todo, en el que nacimiento, vida y muerte suceden a la vez, para siempre, si es que siempre es un término que se pueda utilizar cuando ya no se sabe lo que es el tiempo.

Las parejas comienzan a formarse rápido, ya no queda nadie libre cercano a mí. Empiezo a moverme desesperado, buscando a alguien desparejado en un laberinto de inmóviles parejas humanas que ya se han escapado del tiempo.

El sueño se transforma en pesadilla cuando comprendo algo de en lo que nadie había reparado antes: la suma de vivos, muertos y nascituri es impar; por tanto, forzosamente, tendrá que existir un humano que quedará desparejado y, consecuentemente, anclado a su existencia temporal sin ninguna posibilidad de escapar de ella.

No se puede explicar con palabras la angustia que siento en esos primeros segundos de saber que soy el último humano en el tiempo, atrapado allí solo para la eternidad con la única compañía del extraño dibujo de las paredes de la sala. Afortunadamente, siempre soy capaz de despertarme por las mañanas en mi cama y abandonar ese extraño futuro.

El examen me había salido perfecto. Claro que todos dicen lo mismo de sus suspensos en el examen práctico de conducir, pero en esta ocasión, siendo objetivo, mi ejercicio había sido impecable.

-Tendrá que hacerlo otra vez -dijo la examinadora, sin mirarme a los ojos, mientras me extendía el resguardo suspenso.
-Pero, ¿por qué? ¿Qué he hecho mal? -respondí.
-Inseguridad en general.
-¿He conducido de forma insegura?
-No tengo que darle explicaciones, pero no es esa inseguridad. Usted desprende inseguridad en general. Tiene que ir más rápido y resolver sus conflictos de circulación de forma más favorable para usted.

Iba a responderle que dónde venía eso en el código, pero la experiencia de muchos años de aquella mujer me dejó con la palabra en la boca, plantado en el sitio y lleno de rabia, mientras ella se marchaba. Entonces me ocurrió por primera vez.

Lo noté en mi pelo, que por su propia cuenta abandonó su posición habitual: dejó de estar sumisamente peinado hacia la derecha y atrás para caer hacia ambos lados con una raya en medio, como lo llevaban los abusones de los colegios en los años noventa. Y sin quererlo, me quité las gafas.

Es difícil saber por qué uno es capaz de reconocer ciertos procesos que afectan a su cuerpo por primera vez, pero a todo el mundo le ha ocurrido en alguna ocasión. Como cuando los niños asocian los cambios en su cuerpo con el inicio normal de su propia adolescencia o como cuando la necesidad de leer ese libro desde más lejos avisan al cincuentón de una presbicia incipiente.

Yo supe que toda la rabia que sentía en aquel momento había provocado que Él saliera en ese momento por primera vez, encerrando a mi personalidad habitual en cualquier cirvunvolución escondida de alguno de mis lóbulos cerebrales.

-Conque tengo que ir más rápido y resolver mis conflictos de forma más favorable, ¿no? ¿Pues sabes lo que te digo? -dijo Él usando mis propias cuerdas vocales y contra mi voluntad.
-No lo digas, no lo digas -intenté reprimirlo.
-Espero que no tengas familia, ni que tú tampoco nunca te pongas enferma y te tengas que operar. Porque intentaré operarte más rápido y resolver los conflictos que aparezcan durante la cirugía de la forma más favorable para mí.
-Por favor, ¿por qué has dicho eso? Es antideontológico, aparte de seguramente ilegal.
-¿Te has enterado bien,…
-¡Cállate, no digas esa palabra, por favor!
-…ZORRA? ¡Mi examen era para aprobarlo! ¡Créeme que yo sé más de exámenes que tú! ¡Aprobé exámenes en alemán!, ¿te enteras? ¡¡Aprobé una dura Farmacología después de meses de memorización de nombres imposibles!! ¡¡¡Aprobé temarios de manuales de más de dos mil páginas, moléstate en enterarte de mis notas de Fisiología y Pediatría!!!

Aunque el hecho de haber aprobado la Pediatría implica que ya estoy en quinto de carrera. Y para entonces, ¿yo no había conseguido ya el carnet de conducir?

El calor es tan sofocante a las cuatro de la mañana que me despierto con sed. Bebo agua de la botella del frigorífico y vuelvo a la cama. No me preocupa mucho soñar con un síndrome disociativo de doble personalidad que evidentemente no tengo, pero antes de meterme en la cama me aseguro de que no se me ha pasado la fecha de renovar el dichoso carnet de conducir. Se ve que sigo sin superar del todo el haber aprobado a la tercera.