@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Teoría de sifones: quinto antipostulado

Cuando yo nací, la calle Tetuán no era peatonal. Recuerdo los enfados de los habitantes de los barrios del sur y del oeste durante los primeros meses, cuando tenían que andar hasta el Ayuntamiento para coger el autobús.

Ahora que paso mis horas en la calle San Fernando, observo también los disgustos de los ciudadanos con la segunda peatonalización del centro. Espero que se calmen rápido, sobre todo antes de que desaparezca el asfalto de Menéndez Pelayo y el centro quede definitivamente libre de coches.

Los peatones y las bicicletas, cosas buenas, llegaron un día de golpe, despertando el recelo de la población. Lo mismo ocurrió con el euro, los móviles, los videojuegos y los bolígrafos de tinta líquida. Llegaron, sí, pero a costa de olvidar muchas otras cosas que había antes y que nadie echó de menos: las barberías, las señales de Stop, la leche en bolsas, las fachadas pintadas.

¿Tanto han cambiado la vida desde que eras pequeño?
Depende de cómo lo mires. Hay muchas cosas que yo conocí y que quien nace hoy no verá jamás. Tampoco pasa nada, porque las cosas se van porque ya no hacen falta, pero cuando yo era un niño… cuando yo era un niño, había sifones.


Teoría de sifones: cuarto antipostulado

-Hola, soy yo. ¿Vas a salir esta noche? (…) ¿Por dónde vas a estar? (…) Bueno, vale, yo estoy en casa, no sé si voy a salir, luego si acaso a eso te llamo.

-Hola, soy yo otra vez, que al final sí he salido. ¿Tú has salido al final? (…) ¿Y dónde estás ahora? (…) De acuerdo, pues voy para allá.

-Hola, que soy yo. (…) Mira que no consigo aparcar, que voy a tardar un poco más. (…) Vale, vais a seguir ahí, ¿no? (…) Venga, te dejo que estoy en un semáforo.

-Hola, soy yo, que estoy en la puerta. (…) Ah, ¿qué estáis dentro? (…) Pues no, no había entrado, es que creía que íbais a estar en la puerta. (…) No, salid vosotros, ¿no? (…) Bueno, pues entro yo.

La llegada de la telefonía móvil, uno de los grandes inventos de la última década, supuso una revolución social considerable, porque con pulsar pocos botones podías localizar a cualquiera de tus contactos en pocos segundos. Sin embargo, no fueron pocos los que demonizaron este invento, profetizando que nos íbamos a volver imbéciles con estos aparatitos.

Yo no sé si me he vuelto imbécil o lo fui desde el principio; el caso es que no me acuerdo de lo que yo hacía antes de que hubiera móviles para quedar con mis amigos.


Teoría de sifones: tercer antipostulado

La llegada del euro a Europa generó uno de los mayores odios hacia los gobiernos de los últimos años. Aunque no hace tanto tiempo desde que esto sucedió, ahora nos parece que el motivo de la euroaversión fue la temida subida de precios. Pero esto no fue así, porque en los primeros momentos, los precios se mantuvieron.

El auténtico motivo del odio durante las primeras semanas era la calidad de la propia moneda: los céntimos rojos se ensuciaban demasiado pronto, los ancianos se iban a formar un lío con las monedas de diez y veinte, era posible hacer que la circunferencia central de la moneda de euro girara dentro de la corona dorada sin salirse de su sitio. La crítica más absurda de todas la escuché en la televisión alemana, cuando aseguraron que las nuevas monedas eran peores que las anteriores porque la temperatura de fusión del nuevo metal era menor.

Lo realmente increible fue que después de encontrar tantos defectos a los euros casi nadie protestara por que el motivo de la cara de una moneda en el siglo XXI fuera el rey don Juan Carlos.