@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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En Berlín, los hospitales son silenciosos. En realidad, toda Alemania es silenciosa, pero los hospitales destacan por un silencio sobrecogedor, casi angustiante. Incluso los celadores bajando a los enfermos de las ambulancias lo hacen sin hacer ruido. Eso sí, al igual que en España, aparentando seguridad, uno se puede colar en un hospital para curiosear sin que nadie le pregunte a dónde va.

En Berlín, es difícil encontrar una red WiFi gratuita, mucho más que en otras ciudades de Europa. Pero lejos de ser esto un inconveniente, ha resultado ser muy liberador para poder desconectar (nunca mejor dicho).

En Berlín, ni el oeste parece tan rico ni el este parece tan pobre. Mucho tuve que patearme Berlín Este hasta encontrar un edificio de la época previa a la caída del Muro que aún estuviese sin restaurar. Eso sí, cuando lo hallé, pude meterme por sus patios interiores, por sus oscuras escaleras y sus pobres descansillos, paladeando cierto regusto a Historia Contemporánea que sé que cada vez será más difícil de encontrar.

En Berlín, la publicidad del tabaco es agresiva. En concreto, me impresionó un anuncio en una parada de autobús (¿está permitido eso en España?), que decía “¿Dejarlo o volver a dejarlo?”. Esta aparentemente inocente frase debilita los argumentos de los fumadores en fase contemplativa que se comienzan a plantear abandonar su hábito. Es una puñalada vil hacia una población diana muy concreta.

En Berlín, se puede tomar el sol en pelotas en el parque delante del Parlamento o de la residencia de la canciller sin que pase nada. Y aunque mi cuadriculada mente me hace ver esa actitud poco adecuada, nada me impidió imaginar la cara de nuestros José Luis y Sonsoles al despertar un día y mirar por la ventana de su dormitorio, descubriendo en la Moncloa a decenas de madrileños mostrando sin pudores la genitalidad nacional.

En Berlín, te puede morder un perro doméstico que nunca haya ido al veterinario. A mí en España nunca me había mordido un perro. Quizás aquí vayan más atados o haya sido simplemente mala suerte, sin más. Menudo hematoma en la pierna me traigo de recuerdo.

En Berlín, la palabra “Sommer” no debería ser traducida al español como “Verano”. Dejar la noche berlinesa en la que un jersey no está de más para entrar en los cuarenta grados de mi ciudad despoja de todo significado a Sommer.

El guía que le tocó a nuestro grupo no era malo. Los malos fuimos nosotros.

Turquía es muy grande y un viaje por todo el país implica necesariamente muchas horas de autobús. Nosotros siempre nos sentábamos al final, para no tener que escuchar las explicaciones del guía, que no nos gustaban mucho. Al principio, lo escuchábamos por cortesía; los últimos días, estábamos deseando que soltase el micro y nos dejase dormir.

Es verdad que en julio en Turquía hace mucho calor. El guía quiso advertirnos de esto con una desafortunada frase:

-Traigan por favor al autobús ropa adecuada, porque hoy será un día muy… …caliente.

Todos nos sonreímos ante su error, pero por respeto nadie dijo nada. Entonces a mí se me vino a la cabeza esa antigua canción de Rafaella Carrá: “Caliente, caliente“, que fue la que desencadenó todo.

Llegados a este punto, hay que aclarar que muchos de nosotros fuimos de esos que, durante los años de instituto, nos sentábamos en las primeras filas del autobús, cerca del profesor, y que nos perdíamos lo que ocurría en las animadas filas de atrás. Parece que en este viaje habíamos decidido recuperar el tiempo perdido.

Propuse a mis amigos que cantásemos juntos la canción de Rafaella. Eso nos animó tanto que comenzamos a jugar gritando a mis juegos de la adolescencia, hasta que el guía tuvo que parar sus explicaciones para preguntar:

-¿Qué está haciendo el grupo de médicos?

Era la intensivista que, en mitad de mi juego de los animales, imitaba a un koala trepando por un árbol mientras que la uróloga corría desinhibida por el pasillo del autobús tras haberse convertido en una mosca de cocina.

El juego el que más éxito tuvo fue el de círculos y triángulos que, con los acalorados debates que suele producir hizo que, no sólo nosotros, sino que más de medio autobús acabara defendiendo su propia identidad:

-Y si se fijan a la derecha, pueden ver… por favor, grupo de médicos y gente que se les ha unido, ¿les importa callarse un momento?
-¡Círculo! ¡¡Yo soy círculo!! -se defendía Gloria como podía, a voz en grito- ¡No me votéis, que os vais a equivocar! Y si me votáis, votad luego a Paco, ¡que él seguro que es triángulo!

Fin de la serie DELICIAS DE TURQUÍA

La urbanización de Pamukkale fue una barbaridad medioambiental como otras muchas que ha cometido la Humanidad.

-Al parecer, este lugar se formó hace mucho tiempo sobre unas fuentes termales ricas en carbonato de calcio -comenté en el autobús. El agua, al evaporarse durante siglos, ha ido haciendo que el carbonato cálcico se precipite de esta forma tan especial.
-¿Dónde has leído eso? -me preguntó alguien.
-En la Wikipedia. Me la he estudiado antes de salir de España. También dice que al final del siglo XX se construyeron hoteles en la cima de la montaña, que usaban el agua de las termas y que deterioraron mucho las piscinas naturales. Por eso, los hoteles se acabaron demoliendo y se construyeron encima de donde estaban unas piscinas artificiales, que son a las que nos van a dejar entrar hoy.
-¿Y dice algo más la Wikipedia?
-Sí. Que estas aguas termales son ligeramente radiactivas.

Cuando llegué, no me decepcioné, porque antes de llegar ya me había hecho a la idea de que el lugar era más pequeño de lo que parecía en las fotos de las agencias de viaje.

-Esto de las montañas blancas y la radiactividad, ¿sabéis a qué me recuerda? -preguntó Manolo. A los depósitos de fosfoyeso de Huelva.

Al volver a España, me estudié en la Wikipedia qué era eso de los depósitos de fosfoyeso de los que nunca había oído hablar. El fosfoyeso es un desecho que se produce durante la síntesis de ácido fosfórico. Si entráis en Google Earth, al este de Huelva, en la orilla del río Tinto, hay una inmensa mancha blanca, tan grande como media ciudad, formada por fosfoyesos. Para empeorar la cosa, los fosfoyesos tienen restos de radio y uranio y, por lo tanto, también son radiactivos.

¿No hablábamos hoy de barbaridades medioambientales cometidas por la humanidad? Pues ahí están todavía los depósitos de fosfoyeso de Huelva.