@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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La mejor hora para visitar la Calzada de los Gigantes es durante la puesta de sol. A esa hora, ya se han ido los autobuses de turistas y no queda nadie.

Es muy práctico para hacerse autorretratos, porque los hexágonos tienen la superficie plana y uno puede dejar la cámara de fotos apoyada en ellos, poner el modo de autodisparo y, en los diez segundos que la cámara otorga, ponerse a trepar por los húmedos prismas para hacerse una foto, subirla a Instagram y conseguir muchos likes.

Eso sí, hay que tener cuidado para no caerse, que los prismas están mojados, es fácil caerse y romperse algo y allí, durante la noche, no hay nadie para pedir ayuda.

Tengo un centenar de fotos en el lugar, con el cielo de todos los colores posibles. Es un sitio tan fotogénico, que da cosa no gastar toda la memoria posible de la cámara en ese ejercicio de onanismo.

En el camino a la Calzada, vi muchas casas de irlandeses locales; la mayoría de ellas tenía banderas ondeando en la puerta. Algunas eran banderas inglesas y otras eran banderas irlandesas, propias de las distintas ideologías de Irlanda del Norte.

Me fui de allí sabiendo mucho de posados en el basalto, pero no me acabé de enterar cómo se encontraba el conflicto en el año 2014. Confieso que, a la vuelta, me sentí un poco tonto.

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La primera vez que ves medicamentos a la venta en un supermercado estadounidense, se te cruzan algunas neuronas situadas en lo más profundo del cerebro y te quedas bizco.

Proviniendo de un país con un sistema de salud tan proteccionista como es España, cuesta trabajo comprender que no hagan falta recetas para comprar ciertos medicamentos, así como la publicidad tan agresiva que incita a adquirirlos.

Los antihistamínicos, por ejemplo, están todos juntos en la sección de síntomas de la vía aérea superior y presumen de quitar mejor los síntomas que los que se sitúan un metro más allá en la misma balda. En España, los sanitarios no tenemos muy claro si, en términos de efectividad para reducir los síntomas, existen antihistamínicos mejores que otros. En Estados Unidos, dicha discusión se traslada a la ciudadanía, que no sólo debe decidir qué antihistamínico comprar, sino que tiene la libertad de decidir cuándo tomarlo.

En el caso de los inhibidores de la bomba de protones, esomeprazol es la estrella en todos los supermercados y no sólo se encuentra en la sección de medicamentos, sino que puede ser encontrado… …junto a la comida mejicana. Un mensaje práctico y sencillo, pero ¿tiene la población general la capacidad de hacer un balance riesgo-beneficio efectivo y eficiente a la hora de protegerse el estómago? En el caso de síntomas farígneos por reflujo, ¿cuántos americanos elevarán el cabecero de la cama antes de tomar protectores? Y lo que es más interesante: ¿cuántos tendrán a alguien que les diga que es la primera medida que adoptar frente al reflujo?

La vacuna de la gripe, finalmente, tampoco necesita mucha prescripción. Vas a supermercado y allí te la ponen amablemente, tras haber abonado las tasas correspondientes. Sin recomendaciones, sin grupos de riesgo. A la carta.

Mientras tanto, ha llegado el otoño a España y los síntomas de reflujo derivados de la dieta estival se han ido sustituyendo por los catarros de vías altas. Aquí hace falta pasar por el médico para tener una prescripción de los medicamentos anteriores. Los médicos nos quejamos de la poca educación para la salud que tiene nuestra población, lo cual es completamente cierto; pero, mientras nos quejamos, olvidamos que nuestro sistema, muchas veces congestionado por una demanda por problemas banales de salud que no requieren, estrictamente hablando, asistencia médica, protege de una sobremedicación absurda.

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A veces me canso de escuchar hablar sobre las bondades de la dieta mediterránea. “Bebe dos litros de agua al día”, “toma cinco raciones de frutas y verduras diarias”, “los azúcares deben ser muy ocasionales”. Europa, como civilización más antigua que América, ha heredado el complejo de hermana mayor y se enfrenta a la obligación de dar ejemplo; pero, ¿a qué precio?

Ser los dueños de eso llamado dieta mediterránea nos ha traído mucha salud cardiovascular, pero también muchas otras cosas no tan buenas. Por ejemplo, no recuerdo cuándo fue la última vez que me comí un helado sin sentirme culpable. Tú, lector, que estás ahora mismo leyendo este texto, ¿podrías recordar cuándo fue la última vez que te comiste un donut sin pensar que no era comida sana?

Esta locura de comer saludablemente está repercutiendo, de una forma más o menos consciente, en todos nosotros. Parece que hubiésemos olvidado que comer es uno de los mayores placeres de los humanos. Si a la mayoría de la población nos afecta saltarnos un día la dieta, ¿cómo afectará a las personas que padecen de trastornos alimentarios? ¿Qué papel ha jugado la imposición de la dieta mediterránea en estas patologías?

Cuando estuve en Idaho, recordé lo maravilloso que es comer. Bollos rellenos de crema de queso; bocadillos de lascas de carne especiada y frita; hamburguesas con queso y más queso; huevos y no uno, sino dos y hasta tres; ensaladas en jugosas salsas; frutas recién cogidas de su árbol; batidos de helado que ponían a prueba tu saciedad y bebidas deliciosamente azucaradas.

Pero lo mejor no fue la comida. Lo mejor fue dejar atrás la culpabilidad.