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Estás dentro de Delicias de Turquía

El guía que le tocó a nuestro grupo no era malo. Los malos fuimos nosotros.

Turquía es muy grande y un viaje por todo el país implica necesariamente muchas horas de autobús. Nosotros siempre nos sentábamos al final, para no tener que escuchar las explicaciones del guía, que no nos gustaban mucho. Al principio, lo escuchábamos por cortesía; los últimos días, estábamos deseando que soltase el micro y nos dejase dormir.

Es verdad que en julio en Turquía hace mucho calor. El guía quiso advertirnos de esto con una desafortunada frase:

-Traigan por favor al autobús ropa adecuada, porque hoy será un día muy… …caliente.

Todos nos sonreímos ante su error, pero por respeto nadie dijo nada. Entonces a mí se me vino a la cabeza esa antigua canción de Rafaella Carrá: “Caliente, caliente“, que fue la que desencadenó todo.

Llegados a este punto, hay que aclarar que muchos de nosotros fuimos de esos que, durante los años de instituto, nos sentábamos en las primeras filas del autobús, cerca del profesor, y que nos perdíamos lo que ocurría en las animadas filas de atrás. Parece que en este viaje habíamos decidido recuperar el tiempo perdido.

Propuse a mis amigos que cantásemos juntos la canción de Rafaella. Eso nos animó tanto que comenzamos a jugar gritando a mis juegos de la adolescencia, hasta que el guía tuvo que parar sus explicaciones para preguntar:

-¿Qué está haciendo el grupo de médicos?

Era la intensivista que, en mitad de mi juego de los animales, imitaba a un koala trepando por un árbol mientras que la uróloga corría desinhibida por el pasillo del autobús tras haberse convertido en una mosca de cocina.

El juego el que más éxito tuvo fue el de círculos y triángulos que, con los acalorados debates que suele producir hizo que, no sólo nosotros, sino que más de medio autobús acabara defendiendo su propia identidad:

Y si se fijan a la derecha, pueden ver… por favor, grupo de médicos y gente que se les ha unido, ¿les importa callarse un momento?
¡Círculo! ¡¡Yo soy círculo!! -se defendía Gloria como podía, a voz en grito- ¡No me votéis, que os vais a equivocar! Y si me votáis, votad luego a Paco, ¡que él seguro que es triángulo!

Fin de la serie DELICIAS DE TURQUÍA

La urbanización de Pamukkale fue una barbaridad medioambiental como otras muchas que ha cometido la Humanidad.

Al parecer, este lugar se formó hace mucho tiempo sobre unas fuentes termales ricas en carbonato de calcio -comenté en el autobús. El agua, al evaporarse durante siglos, ha ido haciendo que el carbonato cálcico se precipite de esta forma tan especial.
¿Dónde has leído eso? -me preguntó alguien.
En la Wikipedia. Me la he estudiado antes de salir de España. También dice que al final del siglo XX se construyeron hoteles en la cima de la montaña, que usaban el agua de las termas y que deterioraron mucho las piscinas naturales. Por eso, los hoteles se acabaron demoliendo y se construyeron encima de donde estaban unas piscinas artificiales, que son a las que nos van a dejar entrar hoy.
¿Y dice algo más la Wikipedia?
Sí. Que estas aguas termales son ligeramente radiactivas.

Cuando llegué, no me decepcioné, porque antes de llegar ya me había hecho a la idea de que el lugar era más pequeño de lo que parecía en las fotos de las agencias de viaje.

Esto de las montañas blancas y la radiactividad, ¿sabéis a qué me recuerda? -preguntó Manolo. A los depósitos de fosfoyeso de Huelva.

Al volver a España, me estudié en la Wikipedia qué era eso de los depósitos de fosfoyeso de los que nunca había oído hablar. El fosfoyeso es un desecho que se produce durante la síntesis de ácido fosfórico. Si entráis en Google Earth, al este de Huelva, en la orilla del río Tinto, hay una inmensa mancha blanca, tan grande como media ciudad, formada por fosfoyesos. Para empeorar la cosa, los fosfoyesos tienen restos de radio y uranio y, por lo tanto, también son radiactivos.

¿No hablábamos hoy de barbaridades medioambientales cometidas por la humanidad? Pues ahí están todavía los depósitos de fosfoyeso de Huelva.

Los que me conocen saben que no soy una persona caprichosa. Por eso, algunos de mis compañeros de viaje se sorprendieron de que me hubiese ido de Estambul sin haber caído en la tentación de comprarme algo.

Sin embargo, yo ya llevaba al viaje una idea desde casa: quería traerme un kilim para decorar mi dormitorio. Por eso, esperé pacientemente a que llegara esa visita a la tienda de alfombras en la que tarde o temprano te embaucan durante un viaje organizado a Turquía. Incluso había diseñado una estrategia para seguir en la tienda.

Como en Turquía es costumbre regatear con los turistas, quería fingir no estar interesado en comprar nada, mirar como el que no quiere la cosa los kilims de la tienda, preguntar desinteresadamente cuánto costaban, hacer como que me iba y esperar a que el vendedor viniera detrás de mí a hacerme una oferta mejor. No es que fuera una estrategia brillante, pero mis compañeros de viaje habían conseguido con ella precios más que interesantes.

Lamentablemente, no funcionó.

-Mira, Emilio, aquí venden kilims, ¿tú no tenías muchas ganas llevarte uno a casa?
-Bueno, no sé, muchas ganas no,…
-Sí, sí que las tenías, que nos lo dijiste en Estambul, venga cómprate uno, no seas tan agarrado. ¿Para qué quieres el dinero?
-No sé, es que estos kilims no me gustan mucho,…

Era una mentira; de reojo había visto un kilim que me había encantado.

-Sí, venga, elige uno que sea bonito y cómpratelo; vamos a buscar a un vendedor.

Los vendedores ya se habían dado cuenta hace tiempo de mis intenciones, vinieron varios a mí y mi plan de conseguir un buen precio se frustró completamente.