@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de Delicias de Turquía

Conforme te vas acercando a la Mezquita Azul, no sólo es la belleza del lugar la que te embriaga, sino también el extraño olor que el edificio desprende. A bastantes metros del edificio, ya comienzas a notar un olor suave, que se va intensificando conforme te acercas y que antes de entrar te golpea duramente en la cara: sí, la Mezquita Azul huele mucho a pies.

Es una sensación indescriptible; afortunadamente, como el olfato se acostumbra a todo, en unos minutos dejas de sentir asco por el aire que respiras y puedes ponerte a contemplar las cúpulas.

Más tarde, cuando me quité los zapatos en el hotel, comprobé cómo aquel olor de la moqueta de la Mezquita Azul se había quedado impregnado en mis calcetines. No entendía nada. Creía que los musulmanes, antes de sus oraciones, se lavaban los pies en la ablución previa al rezo; ¿de dónde venía entonces ese olor?

En ese momento, me di cuenta de que la moqueta no se había contaminado por los pies de los creyentes; sino por los de los miles de turistas que todos los días pasamos por allí, que, tras haber pateado media Estambul, nos quitamos los zapatos y no nos lavamos los pies.

Siempre supe que el turismo acaba degradando los destinos turísticos, pero nunca pensé que yo mismo iba a contribuir a una degradación tan terrible.

Desde luego, Estambul no era lo que me esperaba; es mucho más europea de lo que creía.

Estambul no está en medio del desierto, no hay dunas ni palmeras, y los turcos no llevan fez. Estambul está en un sitio paradisiaco, en el que no hace mucho calor y donde la humedad es perfecta. Estambul está llena de árboles, flores y jardines y no es raro encontrar turcos rubios de ojos claros. Me gusta derribar mis propios estereotipos.

Sin embargo, hay un tipo de europeización que no me ha gustado descubrir: a Estambul no le falta su calle comercial, de esas que hay en cualquier ciudad del primer mundo, con sus franquicias de la cadena Zara y su correspondiente tienda Nike.

No sabría decir por qué, pero me ha incomodado que allí pueda comprar las mismas zapatillas de deporte que venden a tres manzanas de mi casa.

Siempre se me olvida algo. La última vez que estuve en Marbella, olvidé el pijama; en Lisboa y en Venecia, el cepillo de dientes; en Roma, la ropa de abrigo. Tengo que asimilar que mañana, a estas horas, cuando esté en Estambul, seguramente echaré algo de menos.

No me preocupa mucho. Petra, una antigua compañera de viaje, me enseñó el binomio mágico para recorrer el mundo: “Passport-Money”.

Si llevas un pasaporte en regla y suficiente dinero encima, nunca tienes problema viajando -decía.

Hasta ahora, siempre he conseguido volver sano y salvo a casa, quizás porque siempre he vigilado mucho en el extranjero tanto mi dinero como mi pasaporte.