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Estás dentro de La antigua Yugoslavia


Un rock’n’roll para la antigua Yugoslavia (7/10)

¿De verdad que quieres ir a los Puños? -me preguntó extrañada la doctora V.- Ya no va nadie allí.

Los Bubañ son tres grandes puños de piedra de treinta metros de alto en medio de un bosque de coníferas de las afueras de Nis. Estos puños fueron un regalo de los Estados Unidos a Yugoslavia al acabar la Segunda Guerra Mundial.

Todos los años había una fiesta alrededor de los Bubañ para celebrar el fin de la Guerra Mundial… …hasta que volvió la guerra en el año 1991. Desde entonces nadie va allí. Los caminos, que a través del bosque conducían a los tres monumentos, ya han sido cerrados por la naturaleza. Entre los puños, en lo que antes era un suelo de piedra y mosaicos, ahora crece la hierba.

Y la doctora V. tiene razón: ya no va nadie allí.


Un rock’n’roll para la antigua Yugoslavia (6/10)

Me llamo Emilio y estuve becado en un hospital del sur de Serbia durante un mes. Hoy no esperes historias terribles acerca de la desgracia humana, porque no las vas a encontrar. La antigua Yugoslavia es un país menos desarrollado que el nuestro, pero no es el tercer mundo.

Evidentemente, allí no gastaban las mismas pijadas que usamos nosotros, como el PET-TAC o los anticuerpos monoclonales. Sin embargo, este hospital estaba dotado con quirófanos con anestesistas, ecógrafos en cada planta y medicación suficiente como para evitar morir por una infección y sin acceso a un antibiótico.

Durante la guerra, el hospital fue bombardeado, pero no en su totalidad, sólo derrumbaron algunas zonas del mismo. Cuando yo estuve, no había ascensor para llegar a la planta de Cardiología; era todo un castigo ver a los pobres insuficientes cardiacos subir lentamente la escalera hasta la tercera planta. El servicio de Anatomía Patológica estaba bajo mínimos; los cirujanos se quejaban porque tenían recursos para extirpar un tumor, pero al no poder analizarlo, nunca estaban seguros de lo que habían quitado.

No había cocina hospitalaria, y los pacientes eran alimentados con la comida que sus familiares les traían de casa. El servicio de cateterismos era muy bueno, sólo que en vez de desechar el material una vez utilizado, limpiaban los catéteres de una intervención a otra para poder atender al doble de pacientes sin que ello supusiera hundir los presupuestos.

Como ves, mi hospital no era Puerta de Hierro, pero tampoco funcionaba tan mal como para dedicarle un reportaje en el dominical de “El País”.


Un rock’n’roll para la antigua Yugoslavia (5/10)

Siempre he tenido la certeza de que a Bojan, mi amigo de Macedonia, le gustaría vivir en la Unión Europea. Creo que nunca fue partidario de una separación de Yugoslavia; asegura que la solución de los problemas no es ni crear fronteras ni huir de ellas.

Mis padres me mandaron a vivir a Australia cuando tenía doce años -dijo. Estuve algún tiempo viviendo allí como emigrante, ayudando en la cocina del restaurante de un familiar. Hasta que un día me di cuenta de que había sido un cobarde y decidí volver.

La foto está tomada desde el fuerte de Skopje, la capital de Macedonia, y en ella se aprecia la realidad de esta ciudad parcheada, en la que los arrabales (hay uno para cada etnia) se intercalan entre las escasas zonas de negocios.

Ahora mi nuevo y diminuto país ha sufrido dos guerras civiles, estoy embargado dentro de él y no puedo abandonarlo -continuó. Pero mientras me quedo aquí, confío en que sea mi generación la que entierre los odios que hoy todavía hay entre bosnios, serbios, albaneses, macedonios, grecomacedonios y kosovares.