@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de Viajes

866

No recuerdo cuánto me costó exactamente el vuelo para llegar al Estado de las Patatas, pero sí sé que fue lo más caro del viaje, que duraba nada más y nada menos que 21 horas. Sea como sea, me parecía un tiempo lo suficientemente elevado para desajustar mi reloj biológico, así que decidí darle una ayuda química con zolpidem.

El zolpidem es uno de los hipnóticos más potentes que se pueden encontrar en las farmacias. Ya lo había probado otras veces y me había proporcionado un sueño agradable, así como una deliciosa sensación de amnesia mientras duraba su efecto. Pensé en que era el fármaco ideal para tomarlo y cruzar El Charco en un agradable trance.

Rafa, mi erre mayor, decía que todo me pasaba a mí y, en mitad del viaje, en algún punto por encima del Océano Atlántico, ocurre lo que pasa en lás películas: piden un médico en primera. En ese momento, yo no estaba en condiciones de atender pacientes, pero ¿qué hacer? ¿Cómo negarme a una llamada de auxilio? Como pude, me arrastré por el pasillo hasta primera, con cara de zombie, sin afeitar y envuelto en una vieja sudadera de C&A llena de bolitas tras muchos lavados. Afortunadamente, cuando llegué allí, ya había otros médicos, americanos y con camisas decentes; era sólo una crisis de ansiedad y pude retirarme a mi asiento.

No hablamos hoy de automedicación en médicos (que tiene mucho que criticar y que daría para muchas entradas) ni tampoco de la conveniencia de regular químicamente el ciclo circadiano. De lo que quiero hablar es: ¿tiene sentido que, durante un viaje en avión, la tripulación tenga que recurrir a los presuntos pasajeros médicos para atender una emergencia? ¿Qué habría ocurrido si hubiese sido el único médico, la emergencia hubiera sido grave y yo me encontrara seriamente indispuesto para actuar? ¿Hasta donde llega nuestra responsabilidad con la sociedad?

865

He viajado por media Europa, por países hostiles y gentiles, por paisajes bonitos y contaminados, por ciudades grandes y por pueblos pequeños; pero nunca me había ocurrido lo que me pasó en Belfast.

La autopista que conduce al centro de Belfast está llena de coches, pero en cuanto uno aparca en el centro, la ciudad se convierte en fantasma. No había nadie por las calles, y era un martes de agosto a las cuatro de la tarde. De acuerdo, en España tampoco hay nadie por las calles un martes de agosto a las cuatro de la tarde, pero lo de allí no era normal. Ni un ruido, ni un coche, ni un rastro de actividad en los edificios. Nada. Daba miedo.

Tras mucho andar, encontramos a algún peatón lejano, pero cuando quisimos acercarnos a ellos para preguntarles cómo llegar al Ayuntamiento de la ciudad, apretaban el paso y nos esquivaban. Fue al final una señora, que iba cargada con bolsas, a la que pudimos abordar para que nos diera las señas. No fue precisamente amable.

El Ayuntamiento de Belfast es grande y bonito. No es una ciudad fea Belfast. El tiempo era agradable y el aire estaba limpio. Sin embargo, todas las fotos que pudimos hacer del Ayuntamiento salen estropeadas: dos adolescentes, las únicas personas de la plaza además de nosotros, que estaban sentados en la puerta posaban haciendo la peineta en todas las instantáneas que intenté coger.

Tras algunos pasos más por aquella ciudad vacía ocurrió algo extraño. Tres personas venían por nosotros por una avenida en dirección opuesta a nosotros. Jorge se emocionó, pues de todas las personas que hay en el mundo, en aquella ciudad solitaria, resulta que eran actores de Juego de Tronos. Yo no sigo mucho la serie, pero Jorge es muy devoto de ella, así que se acercó a los actores y les pidió una foto. Los actores, en medio de la soledad de la avenida, se negaron, siguieron adelante y nos dejaron con un palmo de narices.

Llegaba la hora de la cena y comenzamos a buscar un sitio para cenar. Entonces nos cruzamos con una pandilla de adolescentes que, justo al pasar frente a nosotros, escupieron en el suelo a mis pies. Nunca sabré si fue intencionado o no; no me paré para comprobarlo.

Tras semejantes experiencias, nos largamos en coche de aquella ciudad, cambiando la idea de la cena en un pub de Belfast por la de un sandwich precocinado en cualquier gasolinera del camino.

Podría decir que nunca volveré a Belfast, pero la vida es muy larga y nunca se sabe las vueltas que uno puede dar. Sin entrar a opinar acerca de los sucesos políticos que se han vivido allí durante los últimos años, diré que se nota que Belfast es una ciudad que ha estado muy fastiada. Mientras me iba de allí, deseé que, en un futuro cercano, se pueda respirar otro aire en la ciudad.

En Berlín, los hospitales son silenciosos. En realidad, toda Alemania es silenciosa, pero los hospitales destacan por un silencio sobrecogedor, casi angustiante. Incluso los celadores bajando a los enfermos de las ambulancias lo hacen sin hacer ruido. Eso sí, al igual que en España, aparentando seguridad, uno se puede colar en un hospital para curiosear sin que nadie le pregunte a dónde va.

En Berlín, es difícil encontrar una red WiFi gratuita, mucho más que en otras ciudades de Europa. Pero lejos de ser esto un inconveniente, ha resultado ser muy liberador para poder desconectar (nunca mejor dicho).

En Berlín, ni el oeste parece tan rico ni el este parece tan pobre. Mucho tuve que patearme Berlín Este hasta encontrar un edificio de la época previa a la caída del Muro que aún estuviese sin restaurar. Eso sí, cuando lo hallé, pude meterme por sus patios interiores, por sus oscuras escaleras y sus pobres descansillos, paladeando cierto regusto a Historia Contemporánea que sé que cada vez será más difícil de encontrar.

En Berlín, la publicidad del tabaco es agresiva. En concreto, me impresionó un anuncio en una parada de autobús (¿está permitido eso en España?), que decía “¿Dejarlo o volver a dejarlo?”. Esta aparentemente inocente frase debilita los argumentos de los fumadores en fase contemplativa que se comienzan a plantear abandonar su hábito. Es una puñalada vil hacia una población diana muy concreta.

En Berlín, se puede tomar el sol en pelotas en el parque delante del Parlamento o de la residencia de la canciller sin que pase nada. Y aunque mi cuadriculada mente me hace ver esa actitud poco adecuada, nada me impidió imaginar la cara de nuestros José Luis y Sonsoles al despertar un día y mirar por la ventana de su dormitorio, descubriendo en la Moncloa a decenas de madrileños mostrando sin pudores la genitalidad nacional.

En Berlín, te puede morder un perro doméstico que nunca haya ido al veterinario. A mí en España nunca me había mordido un perro. Quizás aquí vayan más atados o haya sido simplemente mala suerte, sin más. Menudo hematoma en la pierna me traigo de recuerdo.

En Berlín, la palabra “Sommer” no debería ser traducida al español como “Verano”. Dejar la noche berlinesa en la que un jersey no está de más para entrar en los cuarenta grados de mi ciudad despoja de todo significado a Sommer.