@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Digo tantas veces al cabo del día y a tanta gente que deje de fumar, que a veces me siento frustrado cuando compruebo cómo la adicción al tabaco me gana la mayoría de las batallas.

Esto ya lo sabía; ya me lo enseñaron durante la carrera: «el consejo oral anti-tabaco de un médico consigue que demasiados pocos pacientes dejen de fumar; sin embargo, funcionará en algunos casos». A pesar de esto, yo sigo recomendando que se deje de fumar, y a la vez cruzo los dedos para que el paciente que tengo delante sea de ésos que tendrán la suerte de no sólo oírme, sino también de escucharme, y por tanto de plantearse el dejar de fumar.

Cuando se apagan las luces de la consulta hasta el día siguiente, cuelgo la bata y pierdo mi traje de médico, camuflándome entre la multitud de la ciudad y conociendo la realidad de los fumadores reales. Parece que sin bata blanca, los fumadores te hacen aún menos caso cuando les aconsejas que dejen de fumar.

Yo sé que es malo, pero me gusta -dicen y continúan plácidamente su cigarrillo en cualquiera de los veladores de la ciudad, inconscientes de las excusas que la adicción al tabaco pone en su boca.

A veces es hasta peor: tus amigos fumadores tienen una neumonía y dejan de fumar, y te lo dicen, y te pones contento, y les das la enhorabuena, y te prometen que nunca más volverán. He conocido a tres personas en esta situación. Los tres volvieron a fumar antes del año.

Otros, que saben que no apruebas su adicción, dejan de fumar delante de ti, pero el olor a tabaco los delata. Creen que te están engañando, pero no te engañan. Se engañan ellos.

Pero a veces hay casos de éxito. Son aquellos que te dijeron que iban a dejarlo, que estaban planificando un día y, que cuando éste llegara, no lo comentarían más. Ese día llega y notas ha llegado porque, cuando todos los demás se levantan a fumar, algunos antiguos fumadores ahora se quedan sentados.

Yo no digo nada y sigo actuando con normalidad en esos momentos, pero me alegro en mi interior. Si la vida fuera una película, en esos momentos debería sonar una canción.

Tengo amigos estupendos, de veintimuchos años, que antes se fumaban un par de cigarrillos diarios, coincidiendo con los momentos de diversión, pero que ahora fuman un paquete diario, haciendo cualquier cosa por un cigarro.

Tengo amigos estupendos, de treintaypocos años, con los que tomaba cerveza cuando antes salíamos por ahí, y que ahora se beben cuatro cubatas entre semana porque tomarse sólo uno les sabe a poco.

Veo en la consulta todos los días a pacientes de cincuenta años, con manchas en el pulmón y tumores en la laringe; con cirrosis descompasadas y aliento que huele a alcohol; con mal estado de salud.

Me da miedo pensar que mis amigos y mis pacientes sean las mismas personas, en diferentes momentos de sus vidas. Por eso, suelo animar a mis amigos a dejar de fumar y a beber menos. Tengo muy poco éxito.

Me falta un eslabón en mi cadena; no sé que ocurre durante la década de los cuarenta años. Ojalá ese eslabón que me falta no sirva para unir a mis amigos con mis pacientes. Por favor, que no sea así.

Llamo a Manu ayer a las 21:05.

-Hola Manu.
-Hola.
-¿Cómo estás? ¿Qué tal tu noche de ayer?
-Bien ¿y la tuya que tal?
-Bien…
-¿Sólo bien? ¿No me cuentas nada más?
-No… bueno en realidad no hay mucho que contar…
-¿No?
-No. Desde anoche ya se ha acabado todo.
-Ah, vaya, lo siento.
-Sí… bueno, yo te llamaba por si te apetecía quedar esta noche para tomar una cerveza.
-Ay, es que ya he quedado.
-Ah, bueno, pues no pasa nada, ya nos tomamos la cerveza otro día.
-Pero, ¿estás bien?
-Sí, sí,… hombre, tampoco es que esté dando saltos de alegría, pero no estoy demasiado mal.
-Es que me sabe mal dejarte así…
-No te preocupes, ya quedamos otro día la semana que viene, que tengamos más tiempo.
-Bueno, hasta luego.
-Adios, un abrazo.

Me llama Manu a las 21:10.

-Voy para tu casa. Llevo la moto y dos cascos. Vístete que nos vamos a tomar una cerveza al centro.

Manu vino a mi casa con la moto y dos cascos. Compramos pescaíto y cervezas y nos lo comimos literalmente tirados en la calle, en las escaleras del Archivo de Indias que dan a la Catedral, viendo a los guiris pasar. Fue una noche deliciosa, de esas noches de verano en las que sopla aire fresquito. Para recordarla, hice esta foto de recuerdo.