@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Las primeras prácticas que hice de estudiante fueron las de Ginecología.

Aún recuerdo lo impactante que me resultaban aquellas consultas: mujeres que, tras unas preguntas, eran invitadas a desnudarse de cintura para abajo para sentarse en el potro de exploración, con las piernas separadas y sin poder apoyar el trasero, exponiendo su genitalidad a varios desconocidos y recibiendo en esta posición desagradables exploraciones que se continuaban con peores diagnósticos: “parece que alguien te ha contagiado algo“, “creemos que tu feto no está todo lo bien que debería“, “tienes una lesión ahí de la que te vamos a tomar una biopsia“.

En aquel equipo de ginecólogos, había excelentes profesionales que ayudaban a que este difícil trago fuera más llevadero. Sin embargo, todo aquello me resultaba tan impresionante, que a menudo les contaba a mis compañeros de cursos inferiores lo mal que lo pasaban las pacientes allí. Un día, una amiga me dijo:

-Para mí, el ginecólogo es una experiencia tan horrible que nunca voy al de la Seguridad Social. Visito a uno privado, donde el trato es diferente. Estoy sola en la sala de espera, que no tiene sillas de plástico, sino cómodos sillones. La auxiliar siempre me sonríe, se sabe mi nombre de pila y me ofrece un café.

De lo que no se daba cuenta mi amiga era de que el acto médico que le ofrecía su ginecólogo privado consistía en casi lo mismo que el acto de la Seguridad Social. Su ginecólogo le invitaba a café, sí, pero en su visita seguían existiendo el potro, el pico de pato y las malas noticias.

La moraleja de esta historia es que la sala de espera del médico es un lugar muy importante, al que los médicos apenas le prestamos atención, y que influye mucho sobre la experiencia del usuario de los servicios de salud. Estoy interesado en mejorar las vivencias de mis pacientes, pero creo que el secreto del éxito no se esconde en ofrecer café gratis en las salas de espera ni tampoco en instalar mullidos sillones. En llamar a los pacientes por su nombre propio, quizás sí. Y también en reflexionar un poco acerca de cómo tratamos a los pacientes en este lugar, en el que no solemos pensar.

Os dejo con tres preguntas para que os planteéis si os apetece:

1º ¿Por qué dejamos que coincidan en la sala de espera varios pacientes con cáncer? Si uno de ellos está muy deteriorado, ¿qué piensa en ese momento el que aún continúa bien e incluso con posibilidades de curación? ¿Tendrá ese hombre la misma enfermedad que yo? ¿Acabaré yo como él?

2º Si sabemos que un niño que grita y llora en la consulta contagiará de su miedo a otros niños que lo escuchen desde la sala de espera, ¿por qué situamos las salas de espera tan cercanas a las consultas? ¿Por qué dejamos que a tan temprana edad asocien la consulta del médico al dolor y a la enfermedad?

3º ¿Por qué a estas alturas aún nos extraña que recibamos a algunos pacientes de Urgencias muy agresivos, cuando los hemos puesto a esperar en una sala llena de personas ansiosas y con dolor e incluso algunos muy cercanos a la muerte?

Leí una vez que los gorilas tienen una percepción del tiempo diferente a la que tenemos los humanos.

Nosotros vemos nuestra vida como un camino por el que andamos: el futuro queda delante y el pasado detrás. Sin embargo, los gorilas perciben su vida al revés, como un camino por el que van andando de espaldas. Para ellos, el pasado está delante, porque son capaces de verlo y el futuro, que es desconocido, está a sus espaldas.

Según esta comparación, los humanos andamos por nuestra vida ciegos. Quizás deberíamos aprender de los gorilas y ver más nuestro pasado; poder echar la vista atrás de vez en cuando, ser felices por lo vivido y no preocuparse tanto por el futuro.

Conclusión a la que llegué tras hablar con un paciente con cáncer.

Cuando ingreso a un paciente de urgencias, normalmente lo dejo en dieta absoluta; esto es, sin comer nada por boca. Esto lo hago porque es posible que, en las próximas horas, este paciente tenga que entrar en quirófano y a los anestesistas no le hace mucha gracia dormir a una persona que tiene el estómago lleno.

Es un poco más difícil cuando el paciente es diabético. Me da mucho miedo no darle de comer a un diabético, porque que se me puede hipoglucemiar antes de una operación. Por eso, normalmente, le pongo sueros con glucosa intravenosos, para evitar la hipoglucemia.

Sin embargo, lo que hago es sustituir un peligro por otro: con los sueros elimino el riesgo de hipoglucemia, pero introduzco el riesgo de hiperglucemia, y no sé cual es peor. En estos casos, no me queda otra que acompañar esos sueros glucosados pinchazos de insulina para evitar subidas de azúcar.

El mundo de las insulinas es complejo y farragoso. Hay muchos tipos de insulina, unas son rápidas y otras lentas; unas tienen más vida media que otras. En medio de mi aprendizaje de insulinización, un día descubrí una insulina especial: la insulina glargina, o “Lantus“, que es su nombre comercial.

La insulina glargina es estupenda. Un solo pinchazo al día asegura niveles de glucosa aceptables con un muy bajo riesgo de hipoglucemias. La glargina me facilita el trabajo.

Hace un mes, llegó una noticia que ha caído como una bomba. Se ha anunciado que podría ser que los pacientes tratados con insulina glargina tengan más riesgo de desarrollar cáncer.

No es algo demasiado raro. Al fin y al cabo, la insulina trabaja quitando azúcar de la sangre de un modo muy simple: le dice a las células del cuerpo “¡hay mucha azúcar en sangre! ¡empezad a comérosla ya!“. Así las células comen glucosa y crecen. Pero supongo que eso lo harán tanto las células normales como las cancerígenas…

No sé. Desde luego, ahora mismo la Agencia Europea del Medicamento ha dicho que: “la insulina es un tratamiento eficaz y seguro y no existe evidencia de que cause cáncer. Los resultados de los estudios, en caso de confirmarse, sugieren que determinados análogos de la insulina de duración prolongada podrían estimular el desarrollo de un cáncer ya iniciado“.

Ahora mi pregunta es: ¿comienzo a prescribir otras insulinas con más riesgos de hipoglucemia o sigo utilizando la glargina, que es más segura a corto plazo pero tiene un dudoso y leve riesgo de cáncer a la larga?