@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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La mejor hora para visitar la Calzada de los Gigantes es durante la puesta de sol. A esa hora, ya se han ido los autobuses de turistas y no queda nadie.

Es muy práctico para hacerse autorretratos, porque los hexágonos tienen la superficie plana y uno puede dejar la cámara de fotos apoyada en ellos, poner el modo de autodisparo y, en los diez segundos que la cámara otorga, ponerse a trepar por los húmedos prismas para hacerse una foto, subirla a Instagram y conseguir muchos likes.

Eso sí, hay que tener cuidado para no caerse, que los prismas están mojados, es fácil caerse y romperse algo y allí, durante la noche, no hay nadie para pedir ayuda.

Tengo un centenar de fotos en el lugar, con el cielo de todos los colores posibles. Es un sitio tan fotogénico, que da cosa no gastar toda la memoria posible de la cámara en ese ejercicio de onanismo.

En el camino a la Calzada, vi muchas casas de irlandeses locales; la mayoría de ellas tenía banderas ondeando en la puerta. Algunas eran banderas inglesas y otras eran banderas irlandesas, propias de las distintas ideologías de Irlanda del Norte.

Me fui de allí sabiendo mucho de posados en el basalto, pero no me acabé de enterar cómo se encontraba el conflicto en el año 2014. Confieso que, a la vuelta, me sentí un poco tonto.

En ocasiones, un paciente me pilla con los cables cruzados y recibe de mí una contestación brusca o una explicación rápida. Incluso en un par de ocasiones he llegado a discutir con pacientes.

Me ocurre siempre entre las tres y las cuatro y media de la madrugada y con enfermos de Urgencias. Después de una cansada guardia en la que por fin me meto en la cama, me destroza los nervios levantarme a la media hora con el corazón en un puño porque acaba de sonarme el busca.

He aprendido a no irritarme en estas conversaciones nocturnas con los pacientes: tomo aire despacio y pienso que si el paciente ha venido a Urgencias a esas horas es porque está muy agobiado y que por lo tanto hay que ayudarle. A veces, esto no es suficiente y tengo que recurrir a pensamientos del tipo que “quiero ser un médico bueno y paciente” o incluso a que “me están pagando por estar de guardia“.

A pesar de esto, es posible que ganen la partida de la paciencia ideas opuestas del tipo “¿por qué no se tomó un ibuprofeno y me dejó dormir?“, “¿por qué come cosas a la que sabe que es alérgico?“, “¿por qué viene si ha dejado de sangrar?” y “¿por que no vino hoy a las siete de la tarde?“.

Esos días en los que los pensamientos negativos son más fuertes que los positivos son aquellos en los que los pacientes me cogen con los cables cruzados. Espero que, con el paso de los años, sean cada vez menos.