@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Para ir al Congreso Ibérico de Otoneurología, que viene a ser como la reunión anual de los otorrinos a los que nos gustan los mareos, hace falta presentar obligatoriamente un trabajo.

Tras el último congreso, que fue hace dos años, me quedé sin ideas para presentar. Quería seguir asistiendo al Congreso como fuera, así que empecé a exprimirme las neuronas para sacar algo adelante.

Pero no es fácil hacer trabajos dedicándose uno exclusivamente a la medicina privada: por un lado, no tenía acceso ni a fondos de investigación ni tampoco a la Biblioteca Virtual; por otro lado, es difícil extrapolar conclusiones obtenidas de pacientes que acuden a una consulta privada a la población general.

Un día se me ocurrió una idea. De forma bastante simplificada: la idea que tuve consistía un estudio bastante simple para analizar si se diferenciaban en algo los pacientes con vértigo que se curan de los que no se curan.

Le comenté mi idea a otras dos jóvenes otoneurólogas a las que había conocido de congreso en congreso y se ofrecieron a realizar el estudio en sus hospitales también. Así, sin darnos cuenta, habíamos comenzado un estudio prospectivo multicéntrico, aunque no fuéramos muy conscientes de ello.

Estuvimos dos años recogiendo datos de pacientes de tres hospitales, los analizamos y presenté los resultados hace un par de semanas en Lisboa. Nos dimos cuenta de que habíamos hecho bastantes cosas mal, pero que la idea no era mala. Así que decidimos comenzar de nuevo.

En los últimos días no he parado. A nuestros tres hospitales, se han añadido otros dos. Hemos estudiado los errores que cometimos y hemos repasado la bibliografía disponible. De repente, vamos a lanzarnos a hacer investigación clínica.

Nunca había pensado que algo así pudiera hacerme tanta ilusión. Me siento como un niño con zapatos nuevos. O con un videojuego nuevo. Bueno, en definitiva, que estoy ilusionadísimo.

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La noticia del día de ayer fue que una ciudadana, tras haber reunido tropecientas mil firmas, consiguió que se debatiera en el Congreso un sistema gratuito de préstamo de libros de texto, que se hiciera una propuesta firme ¡y que se aprobara!

Todos debemos alegrarnos; es una buena noticia. En primer lugar, porque habla mucho a favor de la soberanía popular y de una accesibilidad al Congreso que muchos creíamos inexistente. En segundo lugar, porque es una política que promueve el consumo racional; que los libros son papel, que el papel sale de los árboles y que los árboles son un tesoro.

Sin embargo, hay algo que no me gusta de esta medida.

Quizás penséis que es que frenar el consumo implica también frenar la economía. ¡Pobre industria editorial, que ahora venderá menos y se verá obligada a reestructurar de nuevo su empresa, con lo que ello puede conllevar! Pues no. No es eso lo que no me gusta. Quiero decir, que este argumento es algo que también me he planteado, pero no es lo que más me preocupa.

Creo que en el presupuesto de toda familia debe haber una partida dedicada a la educación. Por supuesto, no es una partida de máxima prioridad. Primero siempre se debe ahorrar para comida y para cama. Pero debe ser una partida que toda economía familiar debería tener en cuenta en el país en el que me gustaría vivir. Ahorrar para comprar libros es propio de una sociedad inquieta intelectualmente y creo que hay que educar a la población en la importancia de este hecho.

El último libro que compré me costó unos 80 euros: el “Vestibular Rehabilitation” de Herdman. Llevo algunos meses ahorrando para comprar “Apnea del sueño y roncopatía” de Friedman, que vale algo más de 200 euros. ¿Cómo me mantendría actualizado como médico si no fuera ahorrando para comprar libros?

Pero no ocurre solo en mi profesión. ¿Acaso un pequeño tendero no debería comprar y leer de vez en cuando un libro de contabilidad; los profesores, de nuevos métodos docentes y los constructores, de seguridad en el trabajo?

Los libros de texto no sólo educan por su contenido; ya comienzan a hacerlo desde el momento en el que se comienza a ahorrar para su compra.

La frase que más me ha gustado del congreso de Madrid, la escuché una vez que el congreso había sido clausurado. Los congresos tienen cosas así. Y la frase fue ésta: “En Medicina, cuando crees que lo tienes todo bajo control, siempre llega una situación que te sobrepasa y que, con un bofetón de humildad, te deja en el sitio que te corresponde“.

Reconozco que lo que me sucedió no me había pasado nunca. Mira que he hablado en todo tipo de foros de los más variados temas y ante públicos más numerosos, pero jamás me había quedado en blanco durante una exposición.

No me explico cómo ocurrió. Todo comenzó bien, me presenté y comencé mi exposición de la forma que tantas veces la había ensayado; lo difícil, el arrancar, lo había superado. Fue al cambiar de diapositiva, cuando me correspondía explicar el análisis estadístico al que tanto cariño le había puesto, el punto fuerte del trabajo, cuando me bloqueé.

Conocéis esa sensación, clavos fríos que entran por tobillos y muñecas, mente en blanco, sensación de que todo estaba mal. Cinco segundos. Diez segundos. Pánico. Tomé una decisión: avanzar. Si era incapaz de explicar aquella diapositiva, ya llegaría otra de la que pudiera hablar. Y llegó, y la expliqué. Eran las conclusiones.

Evidentemente, mi exposición quedó coja. En el mundo científico, no se pueden sacar conclusiones sin haber primero explicado cómo llegar a ellas. Afortunadamente, durante las preguntas, pude defender mi trabajo razonadamente bien; al menos para tener tres años de experiencia profesional en el mundo de la Otoneurología.

La Otoneurología siempre ha sido una de mis partes favoritas de la especialidad: la ciencia de los vértigos y los mareos, el complejo mundo del oído interno posterior. Es completamente diferente al resto de la Otorrinolaringología debido a que los diagnósticos son complejos de realizar y a que el lenguaje específico es complejo, farragoso y, en ocasiones, de difícil comprensión para iniciados.

Mis progresos en Otoneurología me recuerdan a cuando estudiaba alemán. Yo estaba muy satisfecho con mi nivel tras superar el tercer año del idioma pero, evidentemente, carecía de la preparación necesaria para charlar con Hermann Hesse. Y me acababa de dar cuenta.