@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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¿Cuántos años han pasado ya desde el desalojo de Casas Viejas? Uno, dos, tres, cuatro y pico; eso es: cuatro años y pico.

Más de mil días con sus mil noches sin que nadie agradezca a aquel colectivo que, en medio de un barrio consumido por el narcotráfico, la prostitución y la dependencia, apostó por crear un lugar de acceso libre y gratuito para la discusión política y las artes escénicas.

-Eran “okupas”- dirán con el paso del tiempo. Okupas que molestaban con su ruido cada noche y que tuvieron que ser desalojados brutalmente por la Policía una mañana de diciembre de 2007.

Así se escribirá la Historia. Y, mientras tanto, ese mismo solar que alojó el centro cultural que impulsó parte del cambio del sector norte del centro de esta ciudad hasta convertirlo en el lugar idílico que es hoy, son ruinas tapiadas. Hoy es un solar que se incorporó demasiado tarde al proceso de especulación inmobiliaria y que, a día de hoy, se ha sido convertido en terreno muerto.

No tengo claro quiénes fueron los malos.

Llueve. Si llueve no hay cofradías en Sevilla. Y esto da lugar a dos actitudes muy diferentes en mi barrio.

Por un lado, están a los que esta situación les crea una profunda congoja. No sé cómo se habrá tomado el dueño de la ferretería que no haya salido la Macarena; él, a quién ya le he escuchado en varias ocasiones a lo largo del año comentar las reuniones de la Junta de Gobierno de esta Hermandad. Mejor suerte ha tenido el de la recova; ése que adorna su tienda con fotos de la Amargura; que ellos han podido salir este año.

En el extremo opuesto, están los que se alegran de que se suspendan las cofradías, que no son pocos, y a los que también es fácil tener oportunidades de escuchar.

-No hay derecho a que durante una semana no pueda meter o sacar el coche de mi propio garaje. No hay derecho. Ojalá llueva toda la semana.

Tengo que decir que yo estoy más próximo a los primeros que a estos segundos. No porque no me solidarice con ellos, que yo también sufro las dificultades para llegar a mi propia casa durante esta semana; sino porque cuando decidí vivir en el centro, sabía que la Semana Santa implicaba forzosamente problemas en el acceso a mi domicilio durante bastantes días.

He vivido en muchos sitios de esta ciudad mía. Estuve años cerca del campo de la Feria, tolerando una semana de mañanas, tardes y noches de ruidos, y encontrando amantes, orinas y vómitos diariamente en mi propio portal. También residí años cerca de un estadio de fútbol, que cada dos semanas sigue congregando a miles de seguidores que han celebrado bastantes trofeos de competiciones a nivel europeo hasta altas horas de la noche (no me pregunten qué copa era, que no tengo ni idea, y con esto se pueden hacer una idea de lo que a mí me interesa este deporte).

Pero cada vez que he vivido en uno de estos sitios, he sido consciente de antemano de las incomodidades que suponen las concentraciones masivas de personas que se producen de forma periódica y, por tanto, las he tolerado estoicamente.

Por eso, cada vez me molesta más que haya personas que no duden en manifestar públicamente su alegría de que este año se suspendan las cofradías, argumentando las incomodidades que éstas les suponen y sin tener en cuenta a las personas que llevan el año entero preparándose para estas fechas. Procesiones en el centro de Sevilla lleva habiendo muchos siglos y, vivir en el centro, supone aceptar su existencia.

-Lo que te pasa te está bien empleado, porque deberías dejar que tus inquilinos guiris utilizaran, si así lo quieren, sus dormitorios para otras cosas que no son estrictamente dormir -me dice Laura.
-Lo que te está ocurriendo se llama Efecto Campamento -sigue Luis. ¿Tú nunca fuiste de campamento cuando eras adolescente? La última noche siempre se desataban los instintos más naturales de la gente: hay besos, abrazos y todo lo demás.
-Pues seré muy anticuado, pero me parece una falta de respeto hacia mí -digo yo enfadado. Los guiris están en mi casa de intercambio; han solicitado vivir con una familia española. Si les hubiera tocado en suerte una familia tradicional, con padre, madre e hijos, no meterían a escondidas en mi casa a sus amantes la última noche. Además, como se van a ir en escasas horas, no hay nada que yo pueda hacer.

El caso es que la última noche que alguno de mis guiris va a pasar en mi casa debo estar preparado. No es la primera vez que, después de despertarme con ruidos de somieres y palabras ininteligibles en diversos idiomas, mientras voy a oscuras a beber agua a la cocina, recibo un susto mortal de un alemán rubio de casi dos metros o de una amable coreana que me saluda inclinándose educadamente ante mí y a los que no había visto nunca.

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