@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Qué año tan raro éste.

Sólo hay dos cosas que puedo recordar: haber pasado muchas horas trabajando y haber jugado muchas horas a Pokémon. No me atrevería a decir si este año ha sido bueno o malo, porque un año no es una de ese tipo de cosas que se pueden resumir en términos como “bueno” o “malo”. Pero sí que ha sido un año jodidamente difícil.

Esta tarde de julio, mientras escucho Radiohead frente a mi ordenador, miro este blog con incredulidad: cada vez con entradas más separadas en el tiempo, como si ya no tuviera tantas cosas que compartir con el Mundo, y, yo me pregunto, todas esas inquietudes que yo tenía antes, ¿ahora dónde están?

Qué año tan raro éste.

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Ahora, miremos hacia detrás un año. Allí estabais muchos de vosotros deseándome lo mejor para el nuevo año que entraba. Tuvo algo de mágico cumplir 28 años un día 28.

En lo laboral, gracias a los que me pasasteis el bisturí en el último año. A los que me dejasteis vuestras mastoides, tímpanos, tabiques y laringes para que ejecutara lo que llevaba estudiando los tres años anteriores. Y cuando por fin acaba mi residencia, en plena crisis económica, tengo que aprender que la Medicina Privada puede tener muchas cosas positivas.

En lo sentimental, acabó ese párrafo que estaba poniéndose farragoso. Punto y aparte. Intro. Intro. Nuevo párrafo. Un párrafo corto. Intro. Intro. Entonces, en lugar de comenzar otro nuevo párrafo, alguien le dio la vuelta a la página y, con su sonrisa espectacular, comenzó a escribir un nuevo capítulo con letra firme y clara.

Y de repente, todo se vuelve mejor, los proyectos se consolidan, el MIR 2.0, la Telemedicina, la Tesis, el nuevo blog, la familia, los amigos.

Ahora, miremos adelante. Hay otro año lleno de oportunidades que descubrir.

Esta foto cumple hoy diez años.

Nunca planifiqué qué haría el día que cumplí los dieciocho y, sin embargo, nunca podré olvidar aquel día: aquella despedida del campamento de política europea de Heppenheim, comiendo tarta de chocolate mientras me cantaban el “Glückliches Geburtstag”, abrazando a tanta gente de la que no quería pensar que probablemente no volviera a ver, esforzándome por contener las lágrimas porque, como todo el mundo sabe, los hombres no lloran. Y, a partir de aquel día, yo ya era un hombre.

Tampoco olvidaré las muchas horas de tren y coche que siguieron a aquella fiesta, leyendo un ejemplar añoso de Tom Sawyer, hasta llegar a Walchensee, en Austria, donde se me esperaba para celebrar una fiesta de cumpleaños con cerveza rubia, salchichas, tartas de todos los sabores, una orquesta bávara que no paraba de tocar con sus trompetas “Bye, bye, Fräulein” y para terminar nadando en un lago, a oscuras, bajo la luna llena, y para colmo, enamorado.

Seguramente, si lo hubiera planificado, no habría sido tan perfecto.

Si la foto cumple hoy diez años, quiere decir que yo hoy cumplo veintiocho. Veintiocho. Mi número favorito. No es que tenga nada especial; ni siquiera la descomposición en factores primos (siete por dos al cuadrado) parece especial. Pero siempre pensé que cumplir veintiocho años un día veintiocho tendría algo de especial.

No he hecho planes para hoy. Antes de ayer, quedé con Paco y Caro, con Joaquín y Pilar. A altas horas de la noche, Carlos me hablaba de Milan Kundera y Slavoj Zizek con la misma naturalidad que un niño le cuenta a otro cualquier detalle sin importancia. Ayer cené con Rafi y Elena, con Javi y los Joses. Antes de ayer y ayer, en diversos momentos de las veladas, me dolieron las mejillas de llevar mucho tiempo sonriendo.

Fue mientras cruzaba Reyes Católicos, a la altura de Zaragoza, al dar las doce de la noche, cuando se pusieron a cantar en voz alta el cumpleaños feliz y cuando el móvil y las redes sociales se comenzaban a volver locos de contener mensajes de felicitaciones. Con el dolor de las mejillas, me di cuenta de que no hacen falta planes complejos para sentirse dichoso cuando sabes que en los últimos diez años te has seguido rodeando de gente que te quiere.