@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Muchos médicos que no lo han probado argumentan en contra del modelo teleasistencial que, al facilitar la comunicación del paciente con el médico, crea a enfermos mucho más dependientes y, consecuentemente, se aumenta la carga de trabajo.

Yo, que soy como Santo Tomás, que hasta que no meta el dedo en la llaga no me lo creo, he tenido que facilitar mi correo, mi Facebook y mi Twitter a bastantes pacientes para probar el modelo y para acabar admitiendo que, efectivamente, con este sistema existe una tendencia a crear pacientes dependientes del médico. Esto es un gran problema porque, hoy en día, en nuestro Sistema, procuramos que el paciente asuma un peso importante de su propio cuidado en la medida de lo posible. ¿Entonces el modelo de teleasistencia que estoy ensayando, que pretende una relación directa médico-paciente, da un paso hacia atrás?

Lamentablemente, no estoy aún en situación para responder de forma rotunda esta pregunta, pero seguramente la respuesta sea gris. No todos los pacientes son candidatos al modelo. Por ejemplo, he notado una tendencia a que los pacientes que consultan por rinitis e insuficiencia respiratoria nasal me piden por correo revisiones más precoces que, tras producirse, no han alterado en ningún caso mi plan terapéutico. Así, he decidido que estos pacientes no serán candidatos de momento a continuar con mi experimento.

Sin embargo, en la mayoría de la patología no he encontrado que se cree ese temido aumento de la dependencia, al menos por el momento. Les mantendré informados acerca de tan inquietante cuestión.

Ayer se me quemó el router y me quedé sin internet. Jamás se me había ocurrido lo difícil que es hoy en día estar una tarde entera en casa sin poder entrar en la red.

La primera dificultad llegó cuando me di cuenta de que, sin internet, no tenía forma de enterarme del número de teléfono de incidencias de mi compañía telefónica. Cuando por fin (tras casi una hora) conseguí llamarles, me dijeron que tardarían por lo menos 48 horas en traerme un router nuevo y que todo ese tiempo estaría sin internet.

Pensé en salir de casa para distraerme. La mejor forma que tengo para encontrar a mis amigos a última hora es meterme en Gmail y leer las cadenas de quedada. Fui al ordenador y cuando me senté frente a él, recordé que no tenía internet.

Entonces cogí algunos artículos de Medicina que tenía pendientes de estudiar y que sorprendentemente estaban en formato papel. Cogí mi subrayador amarillo y señalé las referencias que me parecían más interesantes. Volví al ordenador para buscar las referencias y frente a la pantalla recordé de nuevo que no tenía internet.

Puse la tele después de varios años para comprobar que ya no conocía ninguno de los programas que ponían. Tras ver a Risto Mejide meterse con media humanidad, me ilusioné al recordar que seguramente ya estaría on-line el siguiente capítulo de The Big Bang Theory, pero, esta vez, antes de levantarme del sofá recordé que no tenía internet.

Me puse a jugar al Mario Kart en la Wii; pero tuve que competir contra la computadora en vez de contra los viciados conductores japoneses que se pasan los días pegados a su volante inalámbrico. Aquello no tenía ni la mitad de emoción, así que lo dejé pronto. Todo por no tener internet.

Así que me pasé la noche entera leyendo un libro (un libro de papel, no un ebook). Es “La casa de Dios” de Samuel Shem, que me prestó Enrique la semana pasada. Está bastante bien. Os lo recomiendo.

Menos mal que tengo una conexión de emergencia desde la cual puedo actualizar el blog, que si no, me da algo.