@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Hay algo que me preocupa últimamente: ¿estoy donde debo estar? ¿Me gustaría más estar en otro sitio?

A veces me sorprendo imaginando cómo sería mi vida si hubiera querido ser juez. La carrera de Derecho la habría afrontado de la misma forma que la carrera de Medicina seguramente. Y después, ¿habría sido capaz de superar las oposiciones a Judicatura conservando mi salud mental? Y, si hubiera podido llegar tan lejos, ¿cómo sería mi vida en unos juzgados? Si me las arreglo todos los días para salir del hospital varias horas más tarde de lo que prevé mi agenda, ¿me pasaría lo mismo?

Y, saliendo de allí con un maletín lleno de problemas, ¿me cuestionaría cómo sería mi vida siendo médico?

-A este paciente lo vamos a dejar “en dieta” hasta que mañana se haga el TAC, así que le voy a prescribir su sueroterapia. ¿Te importa írsela poniendo, Teresa?
-No, ahora mismo lo hago.

A la pobre Teresa casi le da algo cuando descubre a un señor pequeñito y barbudo dentro dentro de una botella de suero fisiológico.

-Emilienko, ¿puedes venir, por favor? Hay un problema.
-¿Qué pasa?
-Hay algo vivo dentro de la botella de suero.

Teresa tenía razón. Parecía que había algo vivo, y nos dio por estimularlo haciéndole molestas señales de luz con el otoscopio de pared. Así conseguimos despertar a un genio que vivía dentro de esa botella: “el genio de la botella de suero”, como él mismo dijo llamarse.

Hay que explicar que no le hizo mucha gracia que le interrumpiéramos su sueño milenario, porque nada más espabilarse, comenzó a soltar insultos en alguna lengua muerta hace muchos años. No le preguntamos cuánto tiempo llevaba metido ahí porque nos parecía de mala educación y además porque nos constaba que el pedido de sueros era de esa misma semana. No parecía haber explicación racional que explicara cómo un genio milenario había acabado pasando sus días flotando en agua con sal.

-¿Podemos pedirte deseos? -le pregunté deseoso de que convirtiera mi Nintendo DS en una Nintendo DS XL; pero, antes de que pudiera formularlo, me interrumpió.
-En realidad, deseos propios no concedo. Sin embargo, sí que podéis pedir algo para el hospital: algo que queráis mejorar de éste, una sola cosa, aunque parezca imposible de realizar.

A Teresa y a mí nos pareció una responsabilidad muy grande como para decidirla rápidamente; así que escondimos al genio de la botella de suero detrás de las ampollas de beta-bloqueantes, donde seguro que no miraba nadie, acordando haber decidido nuestro deseo al día siguiente. A estas horas de la tarde, aún no tengo ni idea de qué pedir.

Si vosotros pudiérais cambiar una cosa, una sola cosa del sistema sanitario, aunque fuera imposible, ¿cuál sería?