@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estábamos en el cumpleaños de Enrique, Elena y yo, cuando ella se puso a hablar de uno de los temas médicos que más le apasionan: el VIH y el SIDA.

De repente, se hizo el silencio y muchas personas de esa fiesta se pusieron a escuchar lo que ella decía, porque era muy interesante. Y yo pensé: esto habría que grabarlo, porque seguro que bastante gente querría escucharlo.

Fui masticando la idea hasta que decidí invitarla a casa y grabarnos. Hacer un podcast. Y el resultado está aquí.

Enrique me ha prestado “La Casa de Dios” de Samuel Shem.

El año pasado, el adjunto de las sillas me dijo que era un libro de lectura imprescindible para cualquier médico y que él me recomendaba que lo leyera. Después de haberlo terminado, no sé si me ha gustado. El libro habla de la miseria de un hospital americano de los años setenta. No hace tanto énfasis en las penurias de los enfermos como en las triquiñuelas de los médicos para evitar tratar los problemas conflictivos de los pacientes.

Todos los médicos de la Casa de Dios me resultan odiosos: desde el que adorna las historias clínicas para que parezca que el paciente pertenece a otra especialidad y así poder quitárselo de en medio hasta la que se preocupa tanto por sus pacientes que nunca les deja que se mueran, pasando por el que levanta las camas para que el enfermo se caiga durante la noche y poder “largarlo” a Traumatología y el que sólo piensa en su aventura sexual con la enfermera.

En el libro, lo peor que le puede tocar a un residente es atender a un gomer. El gomer es ese paciente anciano y demenciado que ingresa en el hospital con varias enfermedades, todas ellas descompensadas, pero que no ponen en riesgo su vida. Al gomer le quedan aún muchos años de vida pese a tener la cabeza perdida. El gomer es fácil de ingresar, pero, por la complejidad de sus enfermedades, difícil de dar de alta. Pasará meses en el hospital y seguramente de poco le servirá el ingreso.

Hace unos días coincidí en una guardia con una residente de primer año encantadora.

-¿Cómo te va la guardia? -le pregunté.
-Mal. He perdido mucho tiempo con una paciente, voy con retraso y ni siquiera sé qué es lo mejor que puedo hacer con ella.

Miré a la paciente y caí en lo que estaba ocurriendo: la paciente era una gomer. El adjunto de las sillas tenía razón, evidentemente el libro ha cambiado mi forma de ver el hospital, pero no sé si para mejor o para peor.