@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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La noticia del día de ayer fue que una ciudadana, tras haber reunido tropecientas mil firmas, consiguió que se debatiera en el Congreso un sistema gratuito de préstamo de libros de texto, que se hiciera una propuesta firme ¡y que se aprobara!

Todos debemos alegrarnos; es una buena noticia. En primer lugar, porque habla mucho a favor de la soberanía popular y de una accesibilidad al Congreso que muchos creíamos inexistente. En segundo lugar, porque es una política que promueve el consumo racional; que los libros son papel, que el papel sale de los árboles y que los árboles son un tesoro.

Sin embargo, hay algo que no me gusta de esta medida.

Quizás penséis que es que frenar el consumo implica también frenar la economía. ¡Pobre industria editorial, que ahora venderá menos y se verá obligada a reestructurar de nuevo su empresa, con lo que ello puede conllevar! Pues no. No es eso lo que no me gusta. Quiero decir, que este argumento es algo que también me he planteado, pero no es lo que más me preocupa.

Creo que en el presupuesto de toda familia debe haber una partida dedicada a la educación. Por supuesto, no es una partida de máxima prioridad. Primero siempre se debe ahorrar para comida y para cama. Pero debe ser una partida que toda economía familiar debería tener en cuenta en el país en el que me gustaría vivir. Ahorrar para comprar libros es propio de una sociedad inquieta intelectualmente y creo que hay que educar a la población en la importancia de este hecho.

El último libro que compré me costó unos 80 euros: el “Vestibular Rehabilitation” de Herdman. Llevo algunos meses ahorrando para comprar “Apnea del sueño y roncopatía” de Friedman, que vale algo más de 200 euros. ¿Cómo me mantendría actualizado como médico si no fuera ahorrando para comprar libros?

Pero no ocurre solo en mi profesión. ¿Acaso un pequeño tendero no debería comprar y leer de vez en cuando un libro de contabilidad; los profesores, de nuevos métodos docentes y los constructores, de seguridad en el trabajo?

Los libros de texto no sólo educan por su contenido; ya comienzan a hacerlo desde el momento en el que se comienza a ahorrar para su compra.

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Una de las cosas que más me gusta de vivir en un barrio “alternativo” es que tienes vecinos fuera de lo común; Elia lleva tres años elaborando pan para los vecinos.

Me gusta mucho el pan de Elia, porque no se parece al pan que habitualmente se compra en las panaderías: es un pan denso y jugoso, con mucho sabor, a diferencia del pan industrial, que es más liviano y seco. Elia dice que el pan le sale así porque usa harina ecológica y masa madre en lugar de levadura; yo, que siempre fui un poco escéptico acerca de los productos ecológicos, simplemente estoy contento de desayunar un pan rico por las mañanas que tarda una semana en ponerse duro.

Me daba cierta rabia que un producto que yo considero tan bueno sólo lo disfrutáramos cinco o seis vecinos, así que hace un mes le propuse a Elia ayudarle con su proyecto.

Yo creo en ella, creo en su producto y quiero animarla para que dé un paso más allá. Elia, que ha estado tres años con una idea, es uno de esos jóvenes de este país que necesita apoyo para desarrollar su proyecto y a los que ni el Estado ni los bancos son capaces de responder bien a sus necesidades.

Hace unos días, Ángel comentaba en su blog qué era para él el dinero; para mí está claro: el dinero es algo que se necesita para vivir. Pero el dinero que no se gasta es un simple apunte contable, es un dinero que no existe como tal, es un número que un día escribió un banquero en una cuenta.

Yo soy médico y no tengo nada que ver con el mundo del pan, pero sí que puedo asesorarla sobre muchas cosas: la vida del trabajador autónomo, la contabilidad de una pequeña empresa o la estrategia en redes sociales e incluso hacer la pequeña inversión que necesita para montar su negocio.

Colaborar con Elia en la medida de mis posibilidades es lo que un humilde servidor aporta al país para salir de la crisis y quizás sea el comienzo de un nuevo modelo en el que las personas aportamos nuestros conocimientos para crear una realidad económica diferente.

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El pasado jueves estuve escuchando una conferencia para jóvenes emprendedores de la mano de José Luis Manzanares, presidente de la empresa sevillana e internacional Ayesa. Me pareció una arenga muy buena para los jóvenes que luchamos cada día por nuestros proyectos, animándonos a seguir adelante y advirtiéndonos de los errores en los que fácilmente podíamos caer por nuestra inexperiencia.

Sin embargo, hubo una parte de su discurso que me dejó muy pensativo. Manzanares dijo que en la sociedad actual se había exagerado la importancia del ocio en la vida personal. Que trabajar para ganar un dinero para después poder invertirlo en ocio era una visión equivocada de la vida.

Yo, tal vez al igual que vosotros, fui educado bajo el viejo refrán “Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar”. Me lo repitieron los mayores, en la escuela y fuera de ella. Pero, ¿y si fuera falso?

Por ejemplo: ahora yo soy médico autónomo. Eso me otorga cierta flexibilidad de horarios y capacidad de organizar mi trabajo. Yo decido cuánto y cómo. Curiosamente, eso ha implicado que dedique muchas horas a mi trabajo de médico, más de las que estaba acostumbrado a echar cuando trabajaba en la Sanidad Pública. Prácticamente, ahora vivo para trabajar. Eso no me hace más feliz pero, curiosamente, ¡más infeliz tampoco! Y me hace sentir realizado porque, al ser yo mi propio jefe, me permite desarrollar algunas de mis expectativas vitales.

Por otra parte, el enfoque contrario, trabajar para vivir, no parece demasiado bueno para la salud de la economía. Parece que esta visión convierte el trabajo en una obligación, en una pesada carga cruelmente impuesta para poder hacer lo que realmente importa en la vida, que es cultivar la vida fuera del trabajo: familia y casa; juegos y aficiones.

¿Cuál debe ser el enfoque correcto? ¿Es realmente buena esa idea que nos inculcaron en nuestra infancia en la que nos vendían que había que ponderar nuestra vida personal por encima de la profesional? ¿O se trata de una estratagema interesada de “los que están arriba” para mentalizarnos de que debemos ser más productivos, más competitivos en el mercado global, sacrificando lo realmente valioso? ¿Nacimos para trabajar o para descansar del trabajo?

Prometo seguir pensando en este tema.

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