@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Hace diez años, unos alumnos de tercero de Medicina de toda Europa, entre los que yo me encontraba, jugábamos a encontrar algún fármaco que fuera completamente inocuo, algo que se pudiera tomar cualquier persona sin temor a sufrir un efecto secundario. Tras un largo debate, llegamos a la conclusión de que dicho fármaco era el omeprazol porque, ¿qué de malo puede tener inhibir la bomba de protones para que el pH del estómago fuera menos ácido?

Claro que, por aquel entonces, el omeprazol era una fiesta. En las clases de Aparato Digestivo, se explicaba la triple terapia contra el Helicobacter Pylori como la panacea contra la úlcera de estómago; mientras que en en el temario de Cirugía Digestiva, el apartado de cirugía del reflujo gastroesofágico era tratado como la medicina más demodé que uno pudiera practicar.

Con semejante educación, de las facultades españolas salimos generaciones de médicos empeñados en inhibir hasta la extenuación a la pobre bomba de protones del estómago, que era intuida como la mayor amenaza contra la integridad de un organismo sano que uno pudiera imaginar. Como otorrinolaringólogo, pronto aprendí que ese moco situado en la parte inferior de la garganta, que tanta gente se nota, se trataba de reflujo y, aunque la evidencia no se posicionaba nada a favor de esta práctica, se podía tratar con omeprazol.

Pero pronto aparecieron voces que alertaron sobre si esta furia omeprazolística tenía algún sentido. El omeprazol servía para todo. Por ejemplo, una faringitis sin criterios de antibioterapia, en una persona joven, sin patología gástrica, era tratada con ibuprofeno durante un par de días y, de paso, para evitar alguna posible y remota lesión gástrica por ibuprofeno, acompañarlo de omeprazol. Esta práctica no era buena ni necesaria, pero la dichosa medicina defensiva estaba presente para recordar la innecesaria prescripción de un protector gástrico. Siempre había algún médico que conocía a un médico que conocía a otro médico que fue denunciado por ocasionar una hemorragia gástrica al prescribir antiinflamatorios sin la omnipresente protección de estómago.

Si, por cualquier casual, a veces se olvidaba la prescripción, el propio paciente la recordaba:

-¿Debo tomar un protector gástrico con esta pastilla?

Sin embargo, desde hace unos meses, algo ha cambiado. Los pacientes se muestran reacios a tomar la protección, incluso en casos en los que está más que justificada, y no sé bien por qué.

-Prefiero no tomarlo porque he escuchado que causa demencia y, además, cuando uno deja de tomarlo, se pone peor.

¿En qué momento ha calado esa idea en el ideario colectivo y por qué lo ha hecho de forma tan profunda? ¿Ha aparecido en alguna película o en un artículo megacompartido de Facebook? ¿Lo ha dicho Mariló Montero en cualquiera de sus referenciadas afirmaciones médicas?

El debate vuelve a la mesa y revistas importantes como el BMJ comienzan a cuestionar el papel de los protectores gástricos frente a la cirugía en los casos de reflujo grave.

Mi mente, que en ocasiones se vuelve suspicaz, sospecha de que pronto nuevos protectores podrán aparecer e interesa desprestigiar a los actuales; por eso te digo, oh, omeprazol, que muchas gracias por tu omnipresencia en los botiquines españoles durante todos estos años, pero me temo que te queda poco para que ardas en el ácido del infierno.

Satanizar a la industria farmacéutica sin reconocer todo lo bueno que ésta hace por nosotros es tan ridículo como esa famosa escena de “La vida de Brian” en la que los judíos hablan de los romanos.

Sí, actualmente la industria farmacéutica hace muchas cosas mal, pero es la responsable de que podemos comprar paracetamol en cualquier farmacia, de que en el hospital hayan desaparecido las infecciones decimonónicas gracias a los modernos antibióticos y de que los europeos con VIH consigan mantener su carga viral en niveles indetectables.

Los representantes de laboratorio, bajo mi punto de vista, son necesarios también. Ellos nos informan de los nuevos productos y las nuevas presentaciones de fármacos disponibles en el mercado que, mediante la literatura médica, no son fáciles de conocer. Sin embargo, entre ciertos sectores de los sanitarios, nos despiertan cierto recelo, dado que siempre nos queda la duda de que nos quieran dar gato por liebre: a veces, dan información sesgada y otras, mienten.

En mi experiencia profesional, he conocido a bastantes representantes de laboratorio; los he recibido a todos en mi consulta y de algunos me ha gustado más su estilo que de otros. Con esta experiencia, me permito elaborar cinco consejos que creo que, de seguirse, podrían mejorar la relación sanitario-farmacéutica actual.

1 Nuestra relación es comercial. No somos amigos, aunque eso no quiere decir que no podamos mantener una relación cordial. Vienes a visitarme porque quieres venderme tu producto; ésa es la principal premisa de nuestra relación y debe quedar clara desde el primer momento.

2 No necesito bibliografía. A los sanitarios de las últimas promociones universitarias se nos ha enseñado cómo hacer búsqueda de bibliografía y cómo realizar revisiones de artículos de forma crítica. No necesito un artículo de un ensayo clínico donde se diga que tu producto es mejor que el de la competencia porque, de entrada, ése artículo me merece la misma confianza que esos anuncios de “mi detergente lava más blanco”.

3 Tampoco necesito pichigüilis. Los pichigüilis son pequeñas chucherías publicitarias que se regalan a los médicos, normalmente de escaso valor (bolígrafos, llaveros y cosas así). Es verdad que el sueldo de los sanitarios no es espectacular, pero desde luego podemos permitirnos pagar de nuestro bolsillo las cosas que regalas. Si el objetivo del pichigüili es hacer publicidad, no te preocupes: si tu producto es bueno, no olvidaré recetarlo; si es malo, un bolígrafo no me hará cambiar de opinión.

4 Háblame de tus propias cosas malas. Me da muy mala impresión que intenten convencerme de que un fármaco no tiene ningún efecto secundario. La impresión es aún peor si se recalca que el fármaco de la competencia sí tiene este tipo de efectos. Sería mucho mejor que me dijeras que tu fármaco, como cualquier otro, tiene efectos secundarios, que son tal y cual, y por qué el balance riesgo-beneficio se inclina hacia su utilización.

5 Respeta mi criterio de prescripción. Receto lo que creo más conveniente para mi paciente, integrando las pruebas científicas disponibles con mi experiencia personal. Si te enteras de que aconsejo tu fármaco, pregúntame por qué lo hago y qué experiencia estoy teniendo con él. Si, por el contrario, sabes que no lo estoy enviando, pregúntame abiertamente el motivo. Pero, sea cual sea tu caso, respeta mi libertad.

Escribo esta actualización porque creo, con la ingenuidad de un médico joven, que nuestra relación puede cambiar para mejor: hacia una mejor comprensión de ambas partes a través de la transparencia.

Hace unos días, al entrar en el vagón del metro, vi a una adolescente, de entre 16 y 20 años, que leía con gran atención lo que parecía ser el prospecto de un medicamento. Mi curiosidad médica me pudo y, sigilosamente, me coloqué cerca de ella para espiar cuál era el medicamento en cuestión.

“…los gestágenos son hormonas sexuales femeninas…”, pude leer de reojo.

-Ah, muy bien -pensé. Esta chica seguramente está planteándose comenzar a tomar anticonceptivos orales. Me alegra ver que las adolescentes de hoy en día se toman la anticoncepción de forma natural y sin tabúes; de hecho, a ésta no parece avergonzarle el hecho de que algún pasajero del metro pueda enterarse de que toma la píldora. Se nota que los jóvenes tienen una buena educación sexual y…
-No sé, ¡esto tiene demasiados efectos secundarios! -interumpió la chica, sacándome de mis pensamientos.

Entonces, bruscamente, le dio el prospecto a un amigo suyo y pude leer en él perfectamente: “Norlevo, levonorgestrel“. Vaya. No eran anticonceptivos, sino la píldora del día después.

En ese momento comencé a preguntarme si la educación sexual de los jóvenes no era tan buena como yo creía y si nos debemos plantear aún muchas cosas acerca de la educación sexual.