@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Me despierto esta mañana y leo en El País un artículo acerca de que cada vez son más los médicos que, debido a la escasez de trabajo y a la precariedad laboral, se ven obligados a irse al extranjero. El año pasado, por estas alturas, ya comentamos en este blog este triste fenómeno. En los últimos 12 meses, la emigración médica, en lugar de ir disminuyendo, ha aumentado.

Quizás los lectores de El País, que se enfrenten durante el día de hoy a este artículo no sean del todo conscientes de la gravedad del problema. Al fin y al cabo, los médicos hemos sido tradicionalmente un colectivo con salarios superiores a la media española y con una tasa muy baja de desempleo; por eso muchos nos acusarán de llorones que hemos tardado mucho tiempo en notar en nuestras propias carnes los momentos de dificultad económica que atraviesa España.

Tal vez esto sea justo y por eso el artículo de El País debería haber recalcado más por qué la emigración del personal sanitario fuera de España es un problema tan grande.

Para empezar, los médicos hemos sido muy caros. Yo pagaba mil euros de matrícula universitaria cada año para estudiar Medicina, pero era consciente de que el coste real de mi carrera era muy superior a ese. El dinero para pagar mis estudios salió del bolsillo de todos ustedes. Ustedes invirtieron en mí con un propósito: que yo en un futuro consiguiera devolverle la salud a aquel que la perdiera. Un médico, con su trabajo, no produce riqueza directamente; pero si el médico consigue curar a un enfermo que ha dejado de producir riqueza, de forma indirecta contribuye a mejorar la economía del país.

¿Recuerdan ese juego llamado Age of Empires? Todas las tropas debían contar con monje que las curara mientras se encontraban en el campo de batalla; sin ese monje, la legión tarde o temprano acabaría muriendo. Producir monjes constaba mucho oro de los recursos del jugador, pero merecían sobradamente la pena. Los médicos somos en la vida real el equivalente a esos monjes del Age of Empires. Sin nosotros, la sociedad se va poniendo enferma y cada vez es menos productiva.

En el Age of Empires, si tu ejército era muy grande, requería muchos monjes. Del mismo modo, España necesita un número adecuado de médicos que permitan tiempos de consulta adecuados. Si los médicos no disponen del tiempo de consulta suficiente para cada paciente, comenzarán a hacer apaños. Hacen falta más médicos para descongestionar las consultas. El tiempo extra de cada visita es una inversión necesaria en educación sanitaria que redundará en una mayor productividad del trabajador.

Para finalizar, no tenemos que olvidar que la emigración de los médicos españoles adolece además de los mismos inconvenientes que la de cualquier español: se trata de una persona más que dejará de comprar en nuestros comercios, de visitar nuestros restaurantes, de ingresar en nuestros bancos y, en definitiva, de potenciar la economía interna del país. La emigración de cualquier español nos vuelve a todos los demás un poco más pobres.

Por todo esto, es necesario el artículo de El País de hoy.

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Capítulo 2×12

-¿Y el contrato está bien?
-Está bien. Está bien. Desde luego está mejor que cualquier cosa que pudiera haber encontrado por aquí.
-En una ciudad nueva, en un país nuevo.
-¿Te enfada eso?
-Me alegro por ti. Pero me enfada la situación. Me enfada que uno de los mejores expedientes de nuestra universidad se tenga que ir, tenga que emplear su talento para el bien de otros; que la educación que se invirtió en ti no la vayamos a disfrutar.
-Pero es lo que hay hoy en día.
-Ya.

Silencio.

-El club de entrenadores Pokémon no va a ser lo mismo sin ti. ¿Quién se encargará ahora de los Pokémon de agua?
-Pero el club puede seguir abierto por internet. Eso no tiene por qué cambiar.
-No es sólo el club, es todo lo que ha conllevado el club en estos… ¿cuántos? ¿cinco años? ¿Te acuerdas de cuando te enseñé a nadar? No era admisible que un experto en Pokémon de agua no supiera nadar.
-Ni la cantidad de fotos que nos hemos echado después de los combates para que las publicaras en el blog en los lugares más inverosímiles de la ciudad.
-¿Y de la época de Perdidos? ¿Cuando nos hicimos los polos de la iniciativa Dharma?
-O de cuando vimos la saga de Harry Potter.
-Ni de tu apoyo mientras que yo estudiaba el MIR.
-Ni de cuando programamos juntos el blog sobre energías renovables.
-O de las noches de verano en la Alameda resolviendo problemas de matemáticas.
-El Evento Blog España, el MangaFest,…
-Los días de discotecas hasta las tantas.
-Cuando trabajaba dando clases de Step y os colaba en el gimnasio.
-Cuando te llamaba a las tantas de la noche porque me remordía algo en la conciencia.
-Los correos sobre dudas médicas.
-Y todo eso se acaba porque aquí no hay trabajo para ti. Por esta jodida crisis de la que no tenemos culpa ni tú ni yo.

Se marchó por una de las bocacalles de la Alameda, con su Magikarp y su Staryu. Era una noche fría y húmeda de invierno. Te vamos a echar de menos, Vientoblanco.

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Los buenos médicos se iban. Cada semana llegaba la noticia de una nueva emigración.

-Se van. ¡Se van!
-Pero, ¿adónde van?
-Al Norte. A Europa. A América. Se van.
-Pero, ¿a hacer qué?
-A trabajar. Los buscan ahí fuera. Los que ya están fuera informan de las ofertas a los que aún quedan dentro. Se van.

Algunos partían en silencio; otros celebraban estruendosas fiestas para conmemorar su marcha.

Él había leído mucho y a ella le gustaba comer nísperos, porque la parte dulce compensaba la ácida y, por otro lado, la escasez de pulpa se les perdonaba por la recompensa de poder plantar el hueso. Eran pareja de médicos y su ida era definitiva.

Fue una fiesta muy bonita. Sacaron a su terraza todos los muebles que no podían transportar, para que sus compañeros del hospital se quedaran con ellos. La médico que sabía de fibromialgia se quedó con un pequeño armarito de cajones; un joven internista acabó apadrinando el viejo teclado a pilas de cinco octavas y la chica de enfermedades infecciosas, unas viejas botas que habían utilizado para sembrar cactus.

Todo el mundo se fue y nadie quiso un viejo Robbins de Anatomía Patológica ni la hamaca de dos plazas.

La delicada oncóloga supo que yo quería llevarme los árboles. Me dijo que si nadie se los llevaba, nadie los regaría y se morirían bajo el sol del verano. Nunca habría apostado que ella tendría fuerza para levantar un limonero de dos metros con su tiesto; se veía que estaba acostumbrada a hacer esfuerzos sobrehumanos para mantener vidas.

Con la ayuda de una decena de médicos, el limonero llegó a mi patio. Un níspero mediano, de los que habían sido sembrados por la pareja de emigrantes, llegó también. Estaba quemado. A la mañana siguiente de la partida de mis viejos compañeros, podé las hojas muertas. Con una velocidad asombrosa, aparecieron nuevos brotes que en diez días se convirtieron en hojas verdes, frescas.