@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

A todos menos a uno nos hacía ilusión ir a un baño turco en Estambul. Paco era el más reticente a ir, porque no le gustaba la idea de desnudarse completamente y de que un turco lo fregara con una esponja.

Elegimos el baño turco más turístico de todos, el de Cemberlitas, y pagamos por una limpieza total con masaje. Aunque yo aparentaba estar muy seguro de mí mismo, cuando me vi desnudo y envuelto en una minúscula toalla por los pasillos del hamam con mi amigo el cardiólogo, me di cuenta de que en ese momento me podía pasar cualquier cosa que no me gustara y de que no iba a poder hacer nada para evitarlo.

Mediante gestos, nos indicaron al cardiólogo y a mí que nos tumbáramos boca abajo en una gran losa de mármol caliente. Aquello era todo lo cómodo que puede resultar una loseta de mármol caliente. Cuando mi cuerpo se empezó a acostumbrar al calor, un “palanganazo” de agua hirviendo me sorprendió por la espalda. Era el bañista, que había llegado para fregarme. Sin ningún reparo, me frotó y enjabonó entero; eso sí, sin quitarme la pequeña toalla. Hay que decir, que él no se movía para nada; cuando quería limpiarme alguna zona del cuerpo que le quedara lejos, me deslizaba a empujones por la piedra, aprovechando que estaba enjabonado y que podía hacerme resbalar por ella sin problemas. No sé si soy muy sensible, pero aquello dolía. Palabra.

La limpieza no duró mucho, pero a mí se me hizo larguísima, sobre todo porque cuando el bañista se cansaba, alternaba la esponja con palanganas de agua helada o agua hirviendo indistintamente. Cuando hubo acabado de fregarme a su antojo, se empeñó en crujirme todas las articulaciones de mi cuerpo: tobillos, rodillas, caderas, columna,… y entonces ocurrió. Me agarró el brazo y lo llevó rápidamente con fuerza hacia el lado contrario. Estuvo así un segundo, que me pareció una eternidad por el dolor intenso y tras esto, devolvió el brazo a donde debía estar. No me podía creer lo que acababa de hacerme. ¡Me había luxado el hombro y lo había vuelto a colocar en su lugar! Lo miré con ojos de terror, pero me di cuenta de que no podía hacer nada para evitar que me luxara también el hombro contrario. Y lo hizo.

Soporté la última palangana de agua hirviendo y me condujeron junto al cardiólogo a la sala de masajes. Allí me esperaba el segundo turco, que parecía más joven y bastante más fuerte. En teoría, ahora llegaba la parte relajante de la visita. El masajista me puso boca abajo y comenzó a tocarme el pie, subiendo hacia arriba. Al llegar al gemelo, descubrió algo que no le gustó: una contractura muscular que yo jamás había notado que tuviera. El masajista decidió que esa contractura se iba a quedar en Turquía. Con los pulgares, comenzó a masajear la contractura arriba y abajo. Aquello también dolía, y comencé a gemir de dolor, pero de repente me callé. Pensé que quizás, el masajista podría creer que estaba gimiendo de placer y que iba a meterme en algún problema serio, así que apreté los dientes y aguanté el dolor lo mejor que pude.

Un rato después, el masajista olvidó mis piernas y continuó subiendo. Aquello era relajante, pero poco a poco, se fue acercando peligrosamente a la parte final de mi aparato digestivo. Entonces quise preguntarle hasta dónde pensaba llegar, pero como el masajista sólo hablaba turco, no tuve otra que dejarme hacer. Afortunadamente, no ocurrió nada; cuando llegó a donde la espalda pierde el nombre, dió un salto y continuó subiendo.

Encontró otros muchos puntos dolorosos: las lumbares, el cuello, la zona entre el índice y el pulgar y el otro gemelo, que también estaba contracturado. No me tocó los genitales, que estuvieron tapados durante todo el masaje con aquella gastada toalla; sin embargo, sí que llegó a tocar zonas bastante cercanas a ellos.

Después, me hundió el abdomen hasta casi provocarme arcadas. Consiguió meter la mano y separarme el músculo pectoral de la caja torácica. Me crujió la nariz y para terminar me lavó el pelo. Fue todo un detalle que no me arrancara un mechón como remate final.

Me levanté, me duché, busqué a mis amigos y me vestí como pude. Creo que nunca tendré claro si me gustó la experiencia o no. Por cierto, el que acabó más satisfecho fue Paco, que insistió en repetir cualquier otro día de nuestras vacaciones.

Todas las guías de Estambul recomiendan evitar los barquitos privados que te llevan por el Bósforo y por el Cuerno de Oro, argumentando que pueden ser muy peligrosos.

Como éramos un grupo grande, aquel día llegamos tarde al puerto de Estambul y perdimos el último crucero que salía del muelle principal. Entonces se nos acercó un turco y nos ofreció su barco privado.

Yo soy bastante desconfiado cuando estoy en el extranjero y no me gustó mucho la idea, pero al resto de mis compañeros les encantó, por lo que negociamos un viaje por todo el Cuerno de Oro de dos horas y pico de duración a un precio bastante más económico que el del barco oficial.

Menos mal que nadie se fio de mis prejuicios y contratamos el barco privado; porque si por mí hubiera sido, me habría perdido el crucero más bonito de mi vida. Así, este turco nos llevó hasta el escondido y solitario muelle número 6 y nos metió en el diminuto barco de un divertido jubilado que decía llamarse Alí Babá y que chapurreaba el inglés, el francés, el alemán, el español y el árabe.

Alí Babá nos llevó hasta el final del Cuerno, al cementerio de Eyüp y el café de Pierre Lotti. Durante el viaje se puso el sol y comprobamos por qué al Cuerno le llaman “de Oro”.

Tras el viaje, lo único que nos pidió fue que si habíamos quedado contentos con su servicio, que diéramos en España buenas referencias de él. Como así fue, os digo que a Alí Babá lo podéis encontrar en el muelle número 6, cerca del puente Galata.

 

Conforme te vas acercando a la Mezquita Azul, no sólo es la belleza del lugar la que te embriaga, sino también el extraño olor que el edificio desprende. A bastantes metros del edificio, ya comienzas a notar un olor suave, que se va intensificando conforme te acercas y que antes de entrar te golpea duramente en la cara: sí, la Mezquita Azul huele mucho a pies.

Es una sensación indescriptible; afortunadamente, como el olfato se acostumbra a todo, en unos minutos dejas de sentir asco por el aire que respiras y puedes ponerte a contemplar las cúpulas.

Más tarde, cuando me quité los zapatos en el hotel, comprobé cómo aquel olor de la moqueta de la Mezquita Azul se había quedado impregnado en mis calcetines. No entendía nada. Creía que los musulmanes, antes de sus oraciones, se lavaban los pies en la ablución previa al rezo; ¿de dónde venía entonces ese olor?

En ese momento, me di cuenta de que la moqueta no se había contaminado por los pies de los creyentes; sino por los de los miles de turistas que todos los días pasamos por allí, que, tras haber pateado media Estambul, nos quitamos los zapatos y no nos lavamos los pies.

Siempre supe que el turismo acaba degradando los destinos turísticos, pero nunca pensé que yo mismo iba a contribuir a una degradación tan terrible.

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