@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Son las cuatro de la mañana de un jueves y yo estoy durmiendo tranquilamente en mi cama cuando me despiertan los gritos de terror de la inglesa y la alemana que ahora viven conmigo. Me levanto de un salto y me las encuentro abrazadas la una a la otra y agazapadas en una esquina del pasillo.

-¿Qué ocurre? -les pregunto.
-Es el gas -responde la inglesa. Acabamos de utilizar la cocina y creemos que va a explotar.
-Qué tontería. ¿Por qué iba a explotar?
-Yo trabajo de técnico de gas en Inglaterra. Y sé que las tomas de gas son muy peligrosas cuando

¡! ************ ¿?

Sigue siendo de noche y de repente me encuentro tendido en el sillón de Cristina, la vecina de al lado.

-¿Qué ha ocurrido? ¿Ha explotado el gas?

La inglesa y la alemana se miran la una a la otra, preocupadas.

-No, Emilienko, el gas no ha explotado. Lo que pasa es que has perdido el conocimiento, no sabíamos qué hacer y te hemos traído a casa de la vecina.
-¿Está todo bien entonces?
-Sí, sí.
-¿Dónde está Cristina?
-No está en casa, se ha ido de vacaciones.
-¿Y cómo os las habéis aviado para entrar?
-Cristina nos dejó una copia de sus llaves la semana pasada antes de irse por si había algún imprevisto.
-¿Podemos volver a casa?

Al salir al descansillo, me encuentro a Fernando, el vecino de enfrente, apoyado en la puerta de su casa, desnudo y envuelto en una pequeña toalla de baño.

-Buenas noches, Emilienko, ¿estás ya mejor?
-Sí…
-Nosotras nos vamos al apartamento de arriba, que esta noche vamos a dormir allí.
-¿Al piso de arriba? ¿Por qué? -pregunto extrañado de las relaciones tan raras que han hecho mis guiris con los vecinos.
-Al piso de arriba porque estamos viviendo allí -responde la inglesa.
-Compraste el piso de arriba, ¿no recuerdas? -continúa la alemana- Pensaste que con el dinero de los alquileres de las habitaciones podías permitirte pagar su hipoteca. Y ahora deberías descansar. Métete en la cama.
-Yo te acompaño -dice Fernando.

Le respondo a Fernando que no es necesario, que puedo llegar sólo y que, por favor, que se ponga algo de ropa, que es muy tarde y se va a enfriar. Entonces él me pregunta si realmente no quiero que me acompañe a la cama, y me guiña un ojo. Aunque mi barrio es de gente alternativa, no me esperaba ese comportamiento de un señor que es un padre de una familia numerosa tradicional.

Me disculpo educadamente con él y me apresuro a abrir la puerta de mi casa. Entonces se me cae el alma al suelo, porque el salón ha cambiado drásticamente. Sin querer, se me ocurre una teoría que explica todas estas cosas tan extrañas que están pasando durante esta noche.

Veréis, antes de meterme en la obra de la casa, barajaba dos proyectos diferentes para el salón, el número uno y el número dos. Ambos me gustaban mucho, así que aleatoriamente elegí el proyecto uno. Pero al entrar en mi salón, me doy cuenta de que la obra se ha realizado según el proyecto dos.

Y en ese momento entiendo que el gas sí que ha explotado, que esa misma noche ha debido producirse un accidente en el que seguramente yo haya muerto y que automáticamente he sido transportado a uno de estos universos paralelos que salen en las películas, en los que todas las cosas ocurren del revés. Me empiezo a poner nervioso y se me ocurre una idea para comprobar mi teoría.

-Fernando.
-Dime -me responde, sonriendo, mientras se reajusta la toalla que difícilmente le tapa.
-Tus hijos… ¿están bien?
-¿Mis hijos? Yo no tengo hijos. Yo tengo sobrinos, rey.

Cierro la puerta con Fernando fuera y asumo que me encuentro en un universo paralelo. Me pongo a mirar por la ventanta, intentando recordar cómo se las arreglaban en estas historias para volver al universo de origen.

Sin saber por qué, estoy de nuevo en mi cama y acaba de sonar el despertador. No tengo claro dónde estoy. Sólo sé que tengo que ir a trabajar y que espero que sea de otorrino, porque en ese otro universo seguro que soy ginecólogo y a ver quién es el guapo que a éstas alturas se acuerda de cómo se hace una cesárea.

Y por esto que le acabo de explicar, creo que sería mejor que usted se quedase ingresado en el hospital este fin de año, porque así le podemos controlar en caso de que…

Teléfono. Es la tercera vez que me llaman en los cinco minutos que llevo hablando con este paciente, así que decido cogerlo no vaya a ser que sea para algo importante.

¿Me permite un momento? -le pregunto al paciente, mientras que el pobre se resigna a estar ingresado la noche del 31. ¿Sí?
Hola, Emilio, te llamo de la cocina.
Ah, hola, dime.
No te habré interrumpido en quirófano como otras veces, ¿no?
No, no, dime…
Verás, te quería preguntar, ¿dónde está la toma del gas?
¿Qué toma del gas?
No sé si te acuerdas, tú encargaste un fogón de gas; para eso hace falta que lleven una tubería del gas a la cocina.
Ehh… no sé… -entonces recuerdo que, la última vez que estuve en la obra, no vi ninguna tubería de gas en la cocina. Un momento, que llamo a mi constructor.
No, si no hace falta, nosotros te vamos a terminar de montar la cocina y ya tu constructor se encarga de hacer que llegue allí la tubería.

El día 31 me di cuenta de que la obra no se acabaría nunca.