@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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He viajado por media Europa, por países hostiles y gentiles, por paisajes bonitos y contaminados, por ciudades grandes y por pueblos pequeños; pero nunca me había ocurrido lo que me pasó en Belfast.

La autopista que conduce al centro de Belfast está llena de coches, pero en cuanto uno aparca en el centro, la ciudad se convierte en fantasma. No había nadie por las calles, y era un martes de agosto a las cuatro de la tarde. De acuerdo, en España tampoco hay nadie por las calles un martes de agosto a las cuatro de la tarde, pero lo de allí no era normal. Ni un ruido, ni un coche, ni un rastro de actividad en los edificios. Nada. Daba miedo.

Tras mucho andar, encontramos a algún peatón lejano, pero cuando quisimos acercarnos a ellos para preguntarles cómo llegar al Ayuntamiento de la ciudad, apretaban el paso y nos esquivaban. Fue al final una señora, que iba cargada con bolsas, a la que pudimos abordar para que nos diera las señas. No fue precisamente amable.

El Ayuntamiento de Belfast es grande y bonito. No es una ciudad fea Belfast. El tiempo era agradable y el aire estaba limpio. Sin embargo, todas las fotos que pudimos hacer del Ayuntamiento salen estropeadas: dos adolescentes, las únicas personas de la plaza además de nosotros, que estaban sentados en la puerta posaban haciendo la peineta en todas las instantáneas que intenté coger.

Tras algunos pasos más por aquella ciudad vacía ocurrió algo extraño. Tres personas venían por nosotros por una avenida en dirección opuesta a nosotros. Jorge se emocionó, pues de todas las personas que hay en el mundo, en aquella ciudad solitaria, resulta que eran actores de Juego de Tronos. Yo no sigo mucho la serie, pero Jorge es muy devoto de ella, así que se acercó a los actores y les pidió una foto. Los actores, en medio de la soledad de la avenida, se negaron, siguieron adelante y nos dejaron con un palmo de narices.

Llegaba la hora de la cena y comenzamos a buscar un sitio para cenar. Entonces nos cruzamos con una pandilla de adolescentes que, justo al pasar frente a nosotros, escupieron en el suelo a mis pies. Nunca sabré si fue intencionado o no; no me paré para comprobarlo.

Tras semejantes experiencias, nos largamos en coche de aquella ciudad, cambiando la idea de la cena en un pub de Belfast por la de un sandwich precocinado en cualquier gasolinera del camino.

Podría decir que nunca volveré a Belfast, pero la vida es muy larga y nunca se sabe las vueltas que uno puede dar. Sin entrar a opinar acerca de los sucesos políticos que se han vivido allí durante los últimos años, diré que se nota que Belfast es una ciudad que ha estado muy fastiada. Mientras me iba de allí, deseé que, en un futuro cercano, se pueda respirar otro aire en la ciudad.