@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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España camina diariamente por el Pantano de la Tristeza, como hicieron Atreyu y su caballito en La Historia Interminable.

Hace unos meses, sentí que empezaba a hundirme en el lodo, que ya no podía mover las rodillas, así que pedí la ayuda de mis amigos, que para eso están, para hacer juntos el camino, los días de sol y cuando se nubla.

Pero en nuestra lucha para sacarme del fango, me di cuenta de que ellos también luchan para mantenerse a flote. La tristeza invade a mis amigos, a muchos, a demasiados de ellos. La tristeza invade a una España que lucha por no hundirse en el pantano. Sacamos a los que podemos del fango, mientras vemos como otros se hunden irremediablemente.

Si nos paramos un poco a pensarlo, es lógico que nos encontremos así. La primera vez que escuché hablar de la crisis fue mi primer día de trabajo. El gobierno de Zapatero, por aquel entonces, ni siquiera reconocía el problema incipiente. Entonces tenía 24 años, ahora tengo 30. Con esto quiero decir que, durante la cuarta parte de mi vida y durante toda mi vida laboral, he sido bombardeado con mensajes de desesperanza, diariamente. ¿Qué precio estamos pagando por soportar cada día esta situación?

Yo no sé demasiado de Psicología, pero estoy seguro de que eso a mi generación ha tenido que influirle de algún modo. Conozco a muy pocos de mi edad que se encuentren satisfechos con su trabajo y a ninguno que no le tenga miedo al futuro. La prudencia y la austeridad se vuelven obligatorias; la esperanza, que es la última que te abandona, a veces se va de vacaciones.

España lucha diariamente por flotar en el Pantano de la Tristeza. Deberíamos sentirnos orgullosos, a pesar de todo.

Parece que es el tema de moda en las guardias, que las personas que llevan años trabajando en el hospital, aunque hayan sido pocas veces las que han hablado conmigo, me miran y me preguntan que cómo llevo el último año de residencia, que qué me voy a llevar de este periodo y si tengo pensado qué hacer cuando termine.

Deben notar de algún modo que me quedan meses para terminar; quizás mi gesto se haya ido endureciendo después de escuchar tantas historias de dolor, tal vez sea la actitud que tomo ante los problemas o simplemente es que suponen mi final después de verme ya muchos años por los mismos pasillos.

En cualquier caso, yo ya no soy el mismo. El hospital ha ido cambiando mi forma de pensar como si ésta fuera un material tenaz, pero finalmente maleable; como cuando Bastian en “La historia interminable” vive en la Casa del Cambio y la fuerza transformadora de ésta hace que él deje de ser el que en un primer momento fue.

Mi cambio lo he notado en muchas cosas, algunas buenas y otras malas; y como adularme me gusta lo justo, yo prefiero contar las malas, para que no caigan en los mismos errores que yo. En concreto, en número de tres.

La primera de ellas quizás sea la más grave y la que más me preocupa, que es la ceguera ante lo que no está bien. Es de suponer que cuando uno entra en el hospital de residente, joven e idealista, habiendo trabajado poco o nada como sanitario, la perspectiva de la enfermedad sea más cercana a la del enfermo que a la del médico que lleva años ejerciendo. En ese primer tiempo, se percibe mejor lo que hacen a los enfermos sufrir y se puede decir claramente “esto está mal; esto no se está haciendo pensando en el enfermo en primer lugar”.

Con el paso del tiempo, uno se va acostumbrando irremediablemente a ver la enfermedad desde el otro lado, el del sanitario, y se pone una venda ante el sufrimiento humano, cayendo en los errores que un día criticó. Yo ya sabía que durante los primeros meses de trabajo debería haber escrito en un papel lo que me parecía que estaba mal hecho. Hoy ya me he acostumbrado a esos malos hábitos, los veo con normalidad, soy incapaz de identificarlos y lo que es peor de todo: ni siquiera recuerdo cuáles eran.